Salud mental: preocupa el aumento del uso de psicofármacos en niños y adolescentes
El uso de psicofármacos en niños y adolescentes en Argentina genera creciente preocupación entre los especialistas en salud mental. Aunque la medicación es una herramienta útil para estabilizar cuadros agudos, existe una tendencia a priorizarla sobre el acompañamiento psicoterapéutico, lo que podría limitar la efectividad de los tratamientos a largo plazo.
Un caso que ilustra esta dinámica es el de Anelisse, una adolescente de 14 años diagnosticada con trastorno del estado de ánimo y depresión. Sus padres, buscando una mejoría rápida, recurrieron a un psiquiatra que indicó tratamiento farmacológico. Si bien la medicación produjo progresos iniciales, la familia manifestó su deseo de sostener solo los fármacos e incluso aumentar la dosis, en lugar de sumar psicoterapia. El profesional debió aclarar que el avance tendría un límite sin un abordaje psicológico integral, que finalmente se implementó con éxito.
Demanda creciente y escasez de especialistas
La situación de Anelisse no es aislada. Los expertos consultados por LA NACION coinciden en que el aumento de la medicación psiquiátrica en adolescentes es la punta del iceberg de una crisis de salud mental más profunda. La pandemia de COVID-19 exacerbó los casos que llegan a los consultorios, tanto por una mayor incidencia como por un incremento en los diagnósticos.
Sin embargo, las familias enfrentan múltiples barreras para acceder a tratamientos psicoterapéuticos completos. La escasez de psiquiatras infantojuveniles es alarmante: en Argentina hay solo 454 especialistas activos para atender a niños, niñas y adolescentes, lo que representa cuatro por cada 100.000 menores. A esto se suma la dificultad para conseguir turnos con psicólogos, la alta demanda que colapsa agendas, los horarios acotados de los adolescentes por sus compromisos escolares y los altos costos de los tratamientos que no siempre son cubiertos por obras sociales o prepagas.
“El aumento de casos es real. Pero también hay que decir que hay una demanda social de resolución inmediata por parte de las familias. Antes los padres tenían más reticencia para medicar a los hijos, ahora incluso son ellos los que proponen si no se les puede dar algo.”
Así lo describe Marina Manzione, psicóloga especialista en niñez y adolescencia, quien también señala que muchos padres relatan haber utilizado ellos mismos psicofármacos para regular sus propias crisis, lo que genera un patrón de búsqueda de soluciones rápidas.
Datos y perspectivas de los expertos
Un informe reciente de la Universidad del País Vasco, en España, relevó que en 2024 un 35,1% de pacientes de 14 a 25 años con diagnósticos de ansiedad o depresión recibían medicación en los 30 días posteriores, frente a un 24,4% en 2018. Aunque en Argentina no hay datos actualizados tan precisos, la situación es considerada similar.
En el inicio de la pandemia, se registró un aumento en la venta de risperidona y aripiprazol, los dos psicofármacos más indicados en niños y adolescentes. La venta de aripiprazol creció un 13% y la de risperidona un 1% con picos del 5% en 2021, según la consultora Iqvia. No obstante, es difícil determinar la proporción exacta correspondiente a menores, ya que no son drogas exclusivamente pediátricas.
Andrea Abadi, psiquiatra y directora del Departamento Infantojuvenil de Ineco, explica que estos son “neurolépticos atípicos” que funcionan como reguladores conductuales, pero insiste: “la medicación no es todo el tratamiento, es apenas un fertilizante para que la psicoterapia funcione”. Abadi también destaca el rol del ámbito educativo, donde muchos colegios no están preparados para tolerar problemas de conducta, lo que lleva a la medicalización de algunos chicos para que puedan permanecer más horas en la escuela.
Por su parte, Juana Poulisis, psiquiatra infantojuvenil y magíster en Psiconeurofarmacología, compara el aumento de diagnósticos con la aparición de más estrellas al construir mejores telescopios. Poulisis subraya la importancia de diferenciar entre medicación positiva (no adictiva) y aquella que solo apaga el síntoma. Afirma que los psiquiatras infantojuveniles intentan no hipermedicar y priorizan estrategias no farmacológicas para la regulación emocional y de la ansiedad, utilizando psicofármacos solo cuando es estrictamente necesario y siempre en conjunto con abordaje psicológico.
En síntesis, la creciente medicalización de la salud mental infantojuvenil en Argentina responde a una compleja interacción de factores: el aumento de casos, la demanda de inmediatez de los padres, la escasez de profesionales y la falta de redes de contención social, lo que requiere un enfoque integral y políticas públicas que garanticen el acceso a tratamientos completos y sostenibles.

