Sociedad

Luthería: la historia de Martín Carlés, el argentino que fabrica violines en la cuna de Stradivarius y exporta a Europa

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Por cientos de años, el sonido de la música se construyó en silencio. Antes de que un violín llegue a un escenario, alguien pasó meses frente a una mesa de trabajo afinando maderas, midiendo curvas imperceptibles y esperando que el barniz se seque con paciencia de artesano. La luthería, el arte de fabricar instrumentos de cuerda, pertenece a ese universo lento donde el tiempo no se mide en resonancias.

Su origen se remonta al Renacimiento europeo. Entre los siglos XVI y XVII, en el norte de Italia, la ciudad de Cremona se convirtió en un laboratorio silencioso donde familias enteras dedicaron su vida a perfeccionar el violín. Los Amati fueron los primeros en fijar proporciones y modelos, seguidos por los Guarneri y, finalmente, Antonio Stradivari, cuya obra alcanzó una perfección que aún hoy asombra a científicos y músicos.

Esa región contaba con bosques de abeto y arce, maderas ideales. El abeto, liviano y flexible, permite que la tapa del violín vibre con facilidad. El arce, más duro, se utiliza para el fondo y los aros, aportando resistencia y proyección sonora. Un buen instrumento puede llevar meses de trabajo y, cuando está terminado, su verdadera vida apenas comienza en manos de un músico.

En ese universo de tradición obstinada aparece, de manera inesperada, la historia de Martín Carlés. Nació en Buenos Aires en 1982 y durante su infancia no pensaba en violines ni en talleres italianos. “De chico quería ser inventor, si es que existe algo así”, recuerda hoy. La música llegó después, formándose como pianista y compositor en el Conservatorio Manuel de Falla. El camino hacia la luthería surgiría más tarde, en un lugar inesperado del mapa argentino, antes de llevarlo a la histórica Cremona.

La Patagonia, el primer taller

La infancia de Martín Carlés tuvo algo de itinerante. Su Buenos Aires natal estaba ambientado de una familia numerosa donde ocupaba el tercer lugar entre cuatro hermanos. El trabajo de su padre obligaba a mudanzas frecuentes, llevándolo por Chubut, Tucumán y City Bell, entre otros lugares. Con el tiempo, la música empezó a ocupar un lugar central y se formó como profesor de piano y composición.

El primer cambio importante llegó cuando decidió mudarse a la Patagonia junto a su pareja. El destino fue El Hoyo, un pequeño pueblo del Chubut ubicado cerca de El Bolsón. En ese contexto, apareció la oportunidad que cambiaría su rumbo. Por las tardes, comenzó a acercarse a un taller de luthería que funcionaba en una escuela de Lago Puelo. Allí conoció al maestro artesano Gustavo Martino, quien lo introdujo en los secretos del oficio. “Fue en ese taller donde di mis primeros pasos en la luthería”, explica Carlés. Las herramientas, el olor de la madera recién trabajada y la paciencia que exigía cada pieza despertaron una curiosidad que pronto se volvió vocación.

Ese aprendizaje coincidía con una inquietud más antigua. El deseo infantil de inventar cosas encontraba finalmente una forma concreta. La luthería combinaba música, técnica y creatividad. Mientras su vida transcurría entre clases, paisajes patagónicos y horas de trabajo en el taller, surgió una inquietud inevitable: si quería profundizar, debía aprender en el lugar donde había nacido la tradición. Cremona, la ciudad italiana, se presentaba como el próximo paso.

Cremona, la cuna del violín

La decisión de ir a Europa no fue un salto impulsivo sino una convergencia de circunstancias. Su esposa era italiana y el proyecto de mudarse empezó a tomar forma como una posibilidad concreta. El paso decisivo llegó cuando obtuvo una beca del Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires para estudiar en uno de los centros más prestigiosos del mundo. “Fui becado para estudiar tres años en la Scuola Internazionale di Liuteria Antonio Stradivari de Cremona”, cuenta.

La ciudad no es grande ni estridente. Cremona conserva una escala tranquila que contrasta con la dimensión simbólica que tiene en el mundo de la música. Allí nacieron y trabajaron los grandes maestros que definieron el violín moderno. Para un aprendiz de luthier, caminar por esas calles equivale a entrar en una genealogía viva del oficio. La adaptación no fue inmediata. Carlés tuvo que aprender rápidamente un nuevo idioma y acostumbrarse a otra cultura. “Al principio fue interesante y desafiante, tenía que aprender italiano bastante rápido”, recuerda.

Durante esos años, tuvo la oportunidad de trabajar junto a luthiers cremoneses reconocidos y de acercarse al legado histórico de la ciudad desde un lugar privilegiado. Parte de esa experiencia transcurrió en el Museo del Violino. Mientras avanzaba en su formación como luthier, también dio clases de piano en la Asociación Latinoamericana de Cremona. Ese doble movimiento, entre el instrumento terminado y su construcción, le permitió comprender el oficio desde dos perspectivas. Cremona terminó siendo una etapa decisiva. Allí aprendió técnicas transmitidas durante generaciones y entendió que la luthería no es solo un oficio manual, sino una forma particular de escuchar el mundo. Sin embargo, cuando terminó su formación, otro movimiento geográfico estaba por comenzar.

Un taller en Bruselas

Cuando terminó su formación en Cremona, el camino volvió a moverse. Las decisiones familiares empujaron el siguiente cambio de escenario y la vida lo llevó a Bélgica. A los pocos meses de instalarse en Bruselas, comenzó la pandemia, lo que transformó la adaptación en una experiencia más compleja. “Además de los desafíos de vivir en un país desconocido, nos tocó enfrentar los encierros del Covid a los pocos meses de llegar”, rememora.

Carlés llegó acompañado por su esposa y por su hija, que entonces tenía apenas nueve meses. Con el tiempo la familia creció y Bruselas terminó convirtiéndose en hogar. “Mi hija, Margherita, hoy tiene seis años y mi segundo hijo, Vinicio, tres”, explica. Apenas instalado, tuvo la oportunidad de integrarse al taller de Thomas Meuwissen, uno de los luthiers más respetados del circuito europeo. “Apenas llegado a Bélgica tuve la suerte de empezar a trabajar con Thomas Meuwissen, uno de los más respetados del circuito europeo de luthería contemporánea”, explica. Ese primer paso le permitió insertarse en el circuito profesional y al mismo tiempo comenzar a desarrollar sus propios instrumentos.

Bruselas resultó ser un terreno fértil para ese oficio. La ciudad mantiene una vida cultural intensa y es sede de uno de los concursos musicales más prestigiosos del mundo, el Reina Elisabeth. “En Bélgica hay muchas oportunidades y es un lugar muy vivo culturalmente”, señala Carlés. Su trabajo cotidiano se reparte entre la construcción de nuevos instrumentos y el mantenimiento de otros ya existentes. En su taller, las jornadas transcurren entre tablas de abeto y arce, herramientas diminutas y piezas que se ensamblan lentamente hasta formar un violín, una viola o un violonchelo. “Me dedico a la construcción de los tres tipos de instrumentos, y también realizo trabajos de reparación y mantenimiento”, explica.

La rutina diaria mezcla el trabajo artesanal con la vida doméstica. Las horas en el taller se alternan con el ritmo familiar, los hijos, la cocina y algo de deporte, cuando el tiempo lo permite. La distancia con la Argentina, sin embargo, se hace sentir. “Lo más difícil es estar lejos de la familia, de los amigos y de nuestra cultura”, reconoce. A pesar de esa nostalgia inevitable, el camino recorrido parece cerrar un círculo inesperado. El chico que alguna vez quiso ser inventor encontró un oficio donde cada obra es, en cierto modo, una invención única. Entre maderas, herramientas y paciencia, Martín Carlés continúa construyendo objetos destinados a durar mucho más que una vida.

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