Reconversión productiva: Argentina mira a Australia e Irlanda para diversificar su economía
La necesidad de una reconversión productiva se impone como una certeza en el ámbito económico y de las relaciones internacionales en Argentina. Expertos coinciden en que el país debe aggiornar su entramado productivo, impulsado tanto por la revolución tecnológica global como por la búsqueda de una inserción internacional más inteligente. Sin embargo, persisten los interrogantes sobre cómo llevar a cabo esta transformación y qué modelos de éxito internacional pueden servir de referencia.
Entre los casos más citados, Australia e Irlanda emergen como ejemplos a analizar, aunque con importantes matices y limitaciones al aplicarlos a la realidad argentina. La comparación busca desentrañar las claves para diversificar la matriz productiva y exportadora, sin caer en recetas simplistas.
El modelo australiano: recursos naturales y sofisticación tecnológica
Australia es un referente recurrente por sus similitudes geográficas y climáticas con Argentina, especialmente en el potencial agropecuario. Sin embargo, su vasta dotación de recursos mineros e hidrocarburíferos la posiciona de manera diferente.
Daniel Schteingart, director de Desarrollo Productivo de Fundar, subraya que Australia exporta 12 veces más recursos naturales per cápita que Argentina (US$12.000 vs. US$1000). Aún con el potencial de Vaca Muerta y la minería, Schteingart estima que para 2035 las exportaciones argentinas de recursos naturales podrían alcanzar los US$3000 per cápita, una cifra insuficiente para la escala del país. Por ello, enfatiza la necesidad de apostar por otros sectores.
“Australia logró que [los recursos naturales] sean una locomotora que arrastre a un gran ecosistema sofisticado de bienes y servicios proveedores. El ejemplo típico es lo que se conoce como el METS (Mining Equipment Technology and Services), que hoy factura más de US$50.000 millones al año y ubica al país como uno de los principales jugadores del mundo en software para minería. Otro ejemplo son los servicios educativos, que es un complejo que exporta más de US$30.000 millones al año”.
Para Andrés López, economista del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA, casos como Australia o Noruega son excepcionales al sostener altos PBI per cápita con escasa diversificación, gracias a dotaciones extraordinarias. Argentina, en cambio, debe profundizar su actual diversificación, generando condiciones de estabilidad macroeconómica, capital humano e infraestructura para que el sector privado identifique oportunidades.
Jorge Vasconcelos, investigador jefe del Ieral de la Fundación Mediterránea, destaca que la reconversión australiana en los 80 fue un proceso gradual y una verdadera política de Estado, acordada entre los partidos Laborista y Liberal, institucionalizada a través de una ‘Comisión de Productividad’. Vasconcelos aclara que Australia inició su apertura sin el grado de distorsión que hoy padece Argentina por el exceso en la sustitución de importaciones y el gasto público.
La experiencia irlandesa: de lo agrario a la tecnología
El caso de Irlanda también se presenta como una referencia, especialmente por su transición de una economía agraria y proteccionista a un polo tecnológico y farmacéutico. Ricardo Delgado, presidente de Analytica, menciona la estabilización macroeconómica, la baja tributación corporativa y la apertura económica como factores clave, un esquema que el actual gobierno argentino busca replicar con iniciativas como el RIGI.
Sin embargo, Delgado advierte que se suelen omitir aspectos cruciales de la experiencia irlandesa: su integración al mercado europeo (que amplió la escala de sus exportaciones y la atracción de inversiones), el rol activo de su agencia estatal de promoción en la orientación de la inversión extranjera directa, las fuertes inversiones en educación y capital humano, y los acuerdos de concertación social entre gobierno, empresas y sindicatos.
Iván Cachanosky, economista jefe de la Fundación Libertad y Progreso, enfatiza que Irlanda sufrió una transición similar a la actual de Argentina, con el colapso de empleos textiles y automotrices. El salto se produjo al atraer inversión extranjera de alta calidad en tecnología y farmacéutica, apoyado en educación, instituciones sólidas y baja carga tributaria.
América Latina y los caminos posibles para Argentina
En América Latina, Juan Carlos Hallak, economista especializado en comercio internacional, señala que no existen “casos de éxito” integrales de reconversión, pero sí experiencias valiosas como las agencias estatales de promoción de exportaciones e innovación en Chile, Colombia, Uruguay y Costa Rica. Hallak destaca la institucionalización del esfuerzo de coordinación en Colombia y las mesas ejecutivas de Perú para la interacción público-privada.
Cachanosky también evoca a Chile, que abrió su economía en los 70 y construyó una matriz exportadora diversificada. Schteingart, no obstante, aclara que la liberalización chilena inicial fue traumática y que el despegue posterior incluyó políticas industriales e inversión pública en sanidad, certificaciones y logística.
Para Gabriel Merino, investigador del Conicet, la apertura económica genera una reconversión de hecho. Advierte que esta puede ser planificada, como en China, o derivar en una “regresión productiva” si se imponen fuerzas del mercado global sin planeamiento nacional, como ha ocurrido en Argentina en algunos momentos.
Sobre el camino a seguir para Argentina, Cachanosky sostiene que el país “no necesita diversificarse por diversificarse. Necesita especializarse en lo que hace bien y dejar que el mercado determine dónde están sus ventajas comparativas reales”.
En contraste, Schteingart argumenta que el éxito australiano no se basó solo en el mercado. “Hubo planificación, transición, compensación a sectores perdedores, una amplia red de estado de bienestar e inversión pública sostenida en ciencia, tecnología y educación. Son muchos elementos que hoy no están en la Argentina”, concluye.
López añade que la diversificación debe complementarse con políticas de desarrollo territorial, promoviendo clusters y encadenamientos productivos. Merino propone pensar la reconversión en cuatro ejes: no perder complejidad económica, generar eslabonamientos productivos hacia arriba y abajo, y modernizar la estructura existente.
Schteingart sugiere que Argentina debe definir tres o cuatro sectores de punta donde pueda ganar ventajas competitivas, como biotecnología, inteligencia artificial, industria nuclear y satelital, e industria de la salud, evitando un proteccionismo obsoleto.
Cachanosky, por su parte, enfatiza tres pilares innegociables: estabilidad macroeconómica, reglas de juego claras y estables (como el RIGI), y una reforma del mercado laboral para fortalecer la formalidad. “Sin la macro no se puede, pero con la macro sola no alcanza”, resume Schteingart, destacando que los países exitosos combinaron estabilidad con un amplio repertorio de políticas productivas.

