Enriquecimiento ilícito: la «mentira posmoral» de Manuel Adorni, bajo la lupa
La figura de Manuel Adorni, vocero presidencial y ahora también jefe de Gabinete, se encuentra en el centro del debate público y judicial, no solo por su rol en la comunicación oficial sino por la investigación que lo involucra en una causa por enriquecimiento ilícito. Un análisis crítico de su accionar sugiere que su estrategia comunicacional trasciende la mera difusión de información, buscando establecer un mensaje de poder donde la verdad se vuelve opcional y la impunidad, un espectáculo.
Desde el atril, Adorni habría ejercido una comunicación que, más que responder, anuncia. Sus declaraciones, en ocasiones, son interpretadas como una proclamación de inocencia que, lejos de ser una demostración o presunción jurídica, funciona como un acto de propaganda. Este enfoque se enmarca en lo que se denomina la “mentira posmoral”, un mecanismo donde la falsedad no busca engañar, sino exhibir descaradamente la impunidad.
Patrimonio en cuestión y explicaciones elusivas
La investigación que tramita en Comodoro Py apunta a un significativo incremento patrimonial de Adorni en un período de dos años y medio de gestión. Se menciona la adquisición de un departamento en Caballito, una casa en un country, y refacciones pagadas en efectivo y sin factura. Las explicaciones sobre el origen de estos fondos son consideradas inconsistentes, incluyendo la mención de “dineros en negro” acumulados antes de su función pública y la referencia a una enigmática “billetera fría” digital, un dispositivo sin pruebas visibles que, según el análisis, se presenta como una “prueba perfecta de la era de la posmoralidad” por su incapacidad de demostrar algo concreto.
El relato de supuestas transacciones, como dos jubiladas que otorgaron una hipoteca sin interés a un comprador desconocido o un contratista que cobró cientos de miles de dólares en billetes, añade más interrogantes a la situación. Cuando se le requiere el origen del dinero, la respuesta de Adorni no busca convencer con hechos, sino exhibir una presunta superioridad que no necesita justificaciones.
La impunidad como mensaje y la erosión del pacto democrático
La estrategia comunicacional de Adorni, según el análisis, consiste en no retroceder ante las desmentidas, sino en redoblar la apuesta. El objetivo no sería la argumentación basada en hechos, sino el “exhibicionismo de la impunidad”. La presunción de inocencia, un derecho fundamental, se transformaría en una proclamación de inocencia, un acto de propaganda que busca la autoabsolución desde el atril, en lugar de esperar el veredicto de un proceso judicial.
La presentación tardía de una declaración jurada que, según la crítica, desmiente lo que él mismo habría jurado ante el Congreso, no intentaría convencer, sino “medir cuánta inverosimilitud tolera el sistema” y “testear los límites de nuestra capacidad de indignación”. Esta postura, donde el acusado se erige en juez de su propia causa, es calificada como una “corrupción de segundo grado”, la más severa, porque no desafía al juez, sino que pretende reemplazarlo.
El texto concluye que, al privatizar la ética y decretar su propia transparencia a través del sarcasmo, el funcionario no solo elude explicaciones patrimoniales, sino que dinamita el pacto democrático de la rendición de cuentas, rompiendo el contrato moral y exponiendo su opulencia inexplicable como un ejercicio de domesticación social. Mientras el origen de su fortuna siga en la sombra, su inocencia, se afirma, será solo un anuncio, sin sustento jurídico.

