Golpe de Estado de 1966: la madrugada en que Illia resistió a los militares antes de ser derrocado
El 28 de junio de 1966, la Argentina amanecía bajo el presagio de un nuevo quiebre institucional. En una madrugada gélida, con temperaturas que apenas superaban los 10 grados en Buenos Aires, el ruido de sables y el despliegue de tanques alrededor de la Casa Rosada anticipaban el final del gobierno constitucional de Arturo Illia.
Aquel día se cumplían quince horas desde que el jefe de Estado había recibido el ultimátum para entregar el mando. La agitación gremial, la indiferencia ciudadana y la hostilidad de ciertos medios, como la revista Primera Plana de Jacobo Timerman, habían creado un clima de asfixia para una administración que, a pesar de las presiones, se negaba a capitular.
El diálogo desafiante de Illia con los golpistas
A las 5 de la madrugada, ante la negativa de Illia a ceder, el general Julio Alsogaray se presentó en el despacho presidencial. Lo acompañaban los coroneles Luis César Perlinger (h), Luis Prémoli y Hugo Miatello, entre otros. Alsogaray, convencido de que obtendría una rápida rendición, se encontró con un presidente que, a pesar de las circunstancias, conservaba su dignidad y coraje. El diálogo, recogido por fuentes de la época y ratificado por investigaciones posteriores, fue tenso y desafiante:
Illia: -¿Quién es usted?
Alsogaray: – Soy el general Alsogaray y…
Illia: -Espere, estoy atendiendo a un ciudadano…
Alsogaray: -Vengo a cumplir órdenes del comandante en jefe…
Illia: -El comandante en jefe soy yo. Mi autoridad emana de la Constitución, que usted ha jurado cumplir. Usted, a lo sumo, es un general sublevado. Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, y quienes lo acompañan, actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada.
Alsogaray: -Lo invito a retirarse, no me obligue a usar la violencia.
Illia: – ¿De qué violencia me habla? La violencia la desataron ustedes en la República … Ustedes le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos. ¡Retírense!
El cortejo golpista se retiró, pero regresó una hora después, con una actitud aún más enérgica. El coronel Perlinger, quien años más tarde abjuraría de su participación, lideró el intento de desalojo. Ante la persistente negativa de Illia, Perlinger llegó a suplicar: “Por favor, doctor, no lleguemos a esto”.
Frustrado, también se fue, solo para volver al frente de un escuadrón de policías federales armados con pistolas lanza gases, como si trataran de reducir a un delincuente. Perlinger solo atinó a decir: “Doctor Illia, su seguridad está garantizada, pero usted está destituido. No puedo garantizar la seguridad de la gente que lo rodea si no terminamos esto ya mismo.” Illia, antes de aceptar que el golpe ya estaba consumado, les dirigió sus últimas palabras:
Illia: -Yo sé que su conciencia le va a reprochar lo que está haciendo.
Luego, dirigiéndose a la patrulla policial, les espetó:
Illia: -A muchos de ustedes les dará vergüenza cumplir las órdenes que están recibiendo…Algún día tendrán que explicar esto a sus hijos y sentirán eso, una profunda vergüenza …
Perlinger: -Usaremos la fuerza.
Illia: -Es lo único que tienen.
La salida de la Casa Rosada y el impacto en la prensa
Entre los atropellos de la policía y los vítores de militantes y funcionarios que lo habían acompañado en su resistencia, Illia dejó la Casa Rosada a las 7:30 de la mañana. Fue protegido por el ministro de Educación Carlos Alconada Aramburú, el senador José Luis Vesco, el edecán aeronáutico Víctor Lecontes y el canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz.
En ese mismo momento, una edición extra del diario Clarín, con la palabra “EXTRA” a lo ancho de la página, anunciaba: “Fue depuesto Illia; dejó su despacho a las 7:25. Un oficial y 16 agentes de la Policía Federal lo acompañaba.” La noticia, que se vendía como pan caliente en los quioscos, informaba sobre el nuevo quiebre democrático en una Argentina con el peronismo y su líder proscriptos.
Un gobierno austero en tiempos turbulentos
El gobierno de Illia, que duró dos años, ocho meses y dieciséis días, se caracterizó por su austeridad y decencia. Asumió la presidencia el 7 de julio de 1963 con apenas el 25% de los sufragios, en un contexto de proscripción del peronismo y un radicalismo dividido.
A pesar de la agresiva presión gremial y las «zancadillas» internas, su gestión logró disminuir la desocupación, acrecentar el sueldo real e implementar la legislación sobre el salario mínimo, vital y móvil. Uno de sus puntos más destacados fue la anulación de los contratos petroleros firmados por Arturo Frondizi y la sanción de la «ley Oñativia», que reguló el mercado de medicamentos, un intento de controlar irregularidades y excesos en la industria farmacéutica.
El golpe de 1966, liderado por Juan Carlos Onganía, puso fin a la presidencia de Illia, un hombre que llegó al poder con un patrimonio modesto y se retiró con aún menos, renunciando incluso a su jubilación presidencial. Murió el 18 de enero de 1983, en una austeridad vecina a la pobreza, sin llegar a ver el triunfo de Raúl Alfonsín, su correligionario.

