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El Monasterio de General Rodríguez, siete años después: los nuevos dueños y la leyenda del dinero enterrado

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La madrugada del 14 de junio de 2016, una escena brutal de corrupción pública se grabó en la memoria colectiva argentina: José López, exsecretario de Obras Públicas del kirchnerismo, intentaba ocultar bolsos repletos de dólares, euros, pesos, relojes y un arma en el Monasterio Nuestra Señora del Rosario de Fátima, en General Rodríguez. Condenado en 2019 por enriquecimiento ilícito y portación ilegal de arma, con sentencia firme de la Corte Suprema desde 2023, el lugar dejó de ser un simple monasterio para convertirse en “el convento de los bolsos” o “el Convento de los millones de López”.

Siete años después, la vida bajo sus techos deteriorados continúa, pero con nuevos protagonistas. Las monjas se marcharon, la capilla quedó en silencio y el polvo se apoderó de los pasillos, hasta que Luis Alberto Basili, de 63 años, y su pareja Bárbara Andino, de 39, decidieron tomar las riendas de este predio cargado de historia y misterio.

Los «dueños» y su llegada al controvertido monasterio

Luis Basili se presenta como el “que responde por el lugar, el que lo cuida y el que decide quién entra”, aunque luego señala a su pareja, Bárbara Andino, como la “dueña” del antiguo monasterio. Su llegada al lugar se dio a través de un conocido que trabajaba allí, y cuando el predio se puso en venta, decidieron adquirirlo. Basili no especifica el monto de la compra, afirmando que “no fue barato ni caro. Es un lugar que, en el estado en que estaba, no tenía valor”.

El relato de Basili sobre la adquisición no es del todo lineal: si bien inicialmente menciona la compra, luego aclara que es apoderado general de la Asociación Nuestra Señora de Fátima, la entidad vinculada al monasterio. Basili, quien se define como “editor” y propietario de la antigua editorial Plus Ultra (hoy Lancelot), vinculada al Caso Alderete por la compra de libros con sobreprecios durante el menemismo, asegura que antes de esta etapa se dedicaba a la seguridad y custodia de “personas, familias y casas”, negando cualquier vínculo con la SIDE.

El regreso a las crónicas policiales y la conexión con Interpol

En julio de 2022, el monasterio volvió a ser noticia, esta vez por un episodio ajeno a los bolsos de López. Interpol detuvo en el predio a Mario Alfredo Mingolla Mantrezza, amigo de Basili, sobre quien pesaba un pedido de extradición de la Justicia española por presuntas estafas en Valencia y Madrid. Basili relata que, al ver a los agentes, pensó que se trataba de un asalto y fue el propio Mingolla quien lo tranquilizó, confesándole que “vienen por mí”.

Basili afirma no haber tenido conocimiento del pasado judicial de su amigo. Sin embargo, según publicaciones de Tiempo Argentino, Mingolla Mantrezza habría integrado el Grupo de Tareas Exterior del Batallón 601 y tendría antecedentes por una condena en Brasil relacionada con el narcotráfico.

Bárbara Andino, por su parte, encontró en el monasterio una conexión con su infancia rural, rodeada de verde, animales, silencio y paz. Excantante, ahora se dedica al fisicoculturismo, una disciplina que la ayudó a superar problemas de dismorfia corporal, anorexia y bulimia. “La cabeza me hizo un click. A mí se me fue la ansiedad y la depresión”, afirma.

Monseñor Di Monte, los objetos que quedaron y la leyenda del dinero

La historia del monasterio es anterior al escándalo de López. En el lugar pasó sus últimos años monseñor Rubén Di Monte, arzobispo emérito de Mercedes-Luján, fallecido apenas dos meses antes del fatídico 14 de junio de 2016. Di Monte, quien mantuvo estrechas relaciones con Carlos Menem y el kirchnerismo, fue mencionado como guía espiritual de Julio De Vido.

Aunque Basili y Andino nunca conocieron a José López, conservan objetos de aquella etapa y escucharon relatos de las monjas. “Era bien visto acá. Las hermanas me dijeron que siempre traía cosas. Acá todo el mundo traía donaciones”, cuenta Basili sobre López. Andino añade que las religiosas no sabían qué contenían los bolsos y que López, al no sonar el timbre, saltó la cerca.

“Quedaron cosas. Una pavita que López le había regalado a una de las hermanas. Anita nos la dio para que vuelva acá. También hay muebles, una mesa, cosas del monseñor, una agenda.”

Basili muestra una agenda que encontró y que, según él, perteneció al monseñor, con nombres de políticos de primera línea. “Conocía a todo el mundo”, dice, sugiriendo que el objeto guarda una parte de la historia secreta del lugar.

Desde el caso López, una fantasía persiste: la existencia de dinero enterrado o escondido en el predio. Basili relata con humor: “Mucha gente viene y me dicen que saben dónde está la plata. Y yo les respondo: ‘Ok, buscala y dame el 10%. Pero si hacés un pozo, tapálo, porque sino te quedás vos adentro del pozo’. Y nadie vino a hacer pozo”. Andino, categórica, sentencia: “No hay nada”. Incluso, Basili cuenta la anécdota de una mujer que, con un péndulo, buscó el dinero y terminó huyendo “a los gritos” por supuestos “entes malignos”.

El estado del predio y el futuro de la capilla

Cuando llegaron, Basili y Andino encontraron el monasterio “todo destruido”. Basili, quien se encarga personalmente de las reparaciones, describe un panorama de techos que dejaban pasar la lluvia y un deterioro generalizado. “Acá no entra nadie a trabajar. Yo trabajo solo: pinto, bajo techos, barro. No quiero que conozcan el lugar”, afirma. Hasta el momento, han arreglado parte del techo, baños, dormitorios y desagües, incluyendo una falla subterránea que llevaba años sin ser detectada.

La capilla, escenario de las imágenes más recordadas del operativo, es un espacio especialmente sensible. Basili tiene un límite claro: “Ahí no hicimos nada. Colgué la cruz, porque estaba tirada. Nada más. Primero hay que arreglar todo esto. Quiero volver a abrirla, pero católica. Vinieron evangelistas, musulmanes, todos vinieron a ofrecer sociedades, a alquilar, a hacer cosas. Les dije que no. Yo soy católico, apostólico, romano. Si esto es católico, apostólico y romano, tiene que seguir así”.

La pareja valora la tranquilidad y la naturaleza del lugar. “Sí, si no, no estaríamos acá. A mí me encanta. Esto es quinta. Yo salgo al jardín y estoy rodeada de naturaleza”, dice Bárbara. Basili confirma que no tienen intenciones de vender, a pesar de las ofertas. Ambos sueñan con un futuro para el predio que lo devuelva a su esencia original, “no lo que fue con López, sino anterior a López. Que vuelva a tener sentido”. Imaginan una posada tranquila, “a la vieja usanza”, lejos de cualquier explotación del morbo.

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