Sociedad

Violencia escolar: no hay un único culpable, la solución es responsabilidad compartida

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Cada vez que un hecho de violencia irrumpe en el ámbito escolar, la sociedad tiende a buscar una explicación rápida y, con frecuencia, a señalar a un único responsable. Sin embargo, esta visión reduccionista no solo es injusta, sino que impide comprender la complejidad del problema y, por ende, actuar de manera efectiva, según advierte Alejandro Castro Santander, director del Observatorio de la Convivencia Escolar (Centro de Investigaciones Cuyo – CONICET) y miembro de Argentinos por la Educación.

La violencia en las escuelas, explica Castro Santander, no es un fenómeno espontáneo. Se gesta lentamente, alimentada por conflictos no resueltos, señales ignoradas, vínculos deteriorados y una delegación de responsabilidades entre los distintos actores involucrados. Por eso, atribuir la culpa exclusivamente a la familia, la escuela o el Estado es un error que obstaculiza cualquier intento de solución.

Roles complementarios y la crisis de autoridad

El especialista subraya la confusión frecuente entre las responsabilidades de cada parte. Si bien la familia es el primer espacio de formación en valores y conductas, la escuela también tiene un rol educativo fundamental, que se ejerce a través de los vínculos, las normas de convivencia y las experiencias compartidas. Además, el cuidado y la protección de los estudiantes durante la jornada escolar recaen directamente en las instituciones educativas. Estas funciones, aclara, son complementarias y no intercambiables. La dilución de esta distinción suele derivar en un ciclo de acusaciones mutuas.

La evidencia internacional respalda esta perspectiva: el debilitamiento de la relación entre familia y escuela impacta negativamente en el aprendizaje, el bienestar afectivo, la convivencia y el sentido de pertenencia de los estudiantes. Ambos sistemas son interdependientes y no pueden pensarse como entidades separadas.

A esto se suma una crisis de autoridad y legitimidad que atraviesa la escuela desde hace años, con múltiples factores contribuyentes: precarización, falta de recursos, desgaste institucional, insuficiente formación docente ante nuevos escenarios de violencia y políticas públicas que suelen llegar tarde. Recuperar la autoridad no implica recurrir a medidas punitivas, sino fortalecer las condiciones que hacen posible educar, cuidar y acompañar.

De la culpa a la responsabilidad: un camino para la reconstrucción

Castro Santander enfatiza que la lógica de la culpa es improductiva porque paraliza. En contraste, la responsabilidad permite organizar respuestas y reconstruir vínculos. Los niños y adolescentes de hoy no eligieron el contexto actual y, con frecuencia, observan a adultos que se distribuyen culpas en lugar de asumir compromisos compartidos, aprendiendo más de esas conductas que de cualquier discurso.

La reconstrucción es posible, pero exige decisiones concretas: un Estado que considere la educación una prioridad real; familias que se reconozcan como interlocutores activos de la escuela; docentes fortalecidos y valorados como profesionales estratégicos; y una sociedad que abandone las respuestas simplistas para apoyar políticas preventivas basadas en evidencia.

La solución, aunque urgente, no siempre es lo más complejo. Implica la activación de equipos de orientación, la aplicación efectiva de protocolos, formación para la convivencia, prevención temprana y la creación de espacios genuinos de trabajo conjunto entre familias y escuelas. Ningún actor puede esperar que el otro dé el primer paso. La reparación de esta “grieta”, que se fue abriendo con cada responsabilidad postergada y cada señal ignorada, comienza cuando se abandona la pregunta por la culpa para empezar a asumir lo que le corresponde hacer a cada uno.

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