Dejó la vida de ciudad tras la pandemia y creó un jardín de ensueño en las sierras de Tornquist
En las afueras de Tornquist, en el corazón del paisaje serrano que marca sus propios ritmos, un jardín singular se está gestando. Lejos de las pretensiones y las fórmulas tradicionales, este espacio es una construcción íntima, forjada con paciencia, intentos y una sensibilidad que descubrió en la tierra una nueva perspectiva.
“Los caprichos de Alín” nació de un profundo punto de inflexión. Tras la pandemia, la decisión de Alejandra Baier, conocida como Alín, fue un gesto vital: abandonar el ritmo conocido de la ciudad para buscar una existencia más simple y esencial. El destino fue un terreno abierto, desprovisto de jardín o pasado, con apenas vegetación silvestre y una promesa latente. Todo estaba por hacerse.
De la fotografía a la jardinería: un cambio de mirada
Alín llegó a este nuevo espacio con una trayectoria ligada a la imagen. Como fotógrafa especializada en bebés y familias, su idea inicial fue crear escenarios para sus sesiones. Sin embargo, lo que comenzó como una necesidad práctica pronto evolucionó hacia algo diferente. Las plantas, que siempre le habían interesado, encontraron finalmente un territorio donde desplegarse. Y con ellas, Alín descubrió una nueva forma de observar el mundo.
Así surgió el invernadero, casi como una extensión natural de su universo. Un lugar para cultivar, sí, pero también para la contemplación. Si antes seguía con atención los gestos mínimos de un recién nacido, ahora se detenía en la luz sobre una hoja, en la apertura silenciosa de una flor, en los ritmos invisibles del crecimiento. Salir con la cámara al jardín se convirtió en un ritual, y fotografiar flores, una meditación.
Un blog y un proyecto familiar en crecimiento
En ese cruce entre la imagen y la naturaleza, nació también un blog. El nombre, “Los caprichos de Alín”, no fue casual. Condensa lo afectivo –ese apodo de la infancia– y una manera de crear sin rigidez, guiada más por la intuición que por la norma. Lo que comenzó como un espacio personal fue creciendo, y con él, una comunidad que encontró en este joven jardín algo reconocible: la belleza de lo que se construye sin apuro.
La comarca serrana, con sus estaciones marcadas, vientos persistentes y carácter indómito, fue moldeando tanto el jardín como la forma de habitarlo. Nada quedó al margen de ese diálogo con el paisaje. En este proceso, casi sin proponérselo, el proyecto se volvió familiar. Primero fue la recolección de semillas junto a Joaquín, su hijo, una forma de darle un espacio propio. Este gesto creció hasta convertirse en un vínculo compartido con la tierra. Se sumaron también Delfi, con su mirada creativa, y Tito, su compañero, aportando desde lo técnico. Cada uno, a su manera, fue encontrando su lugar. Así, el jardín dejó de ser solo un proyecto para convertirse en una trama común.
“Con el tiempo entendimos que el jardín no es solo un espacio para cultivar plantas: es un lugar que enseña. Nos recuerda que hay procesos que necesitan su ritmo, y que muchas veces lo más valioso ocurre sin que podamos controlarlo.”
Hoy, “Los caprichos de Alín” es un emprendimiento que crece como las plantas: sin forzar, respetando los tiempos. No hay certezas absolutas ni saberes cerrados, sino un aprendizaje constante, ensayo y error. Cada planta es una experiencia; cada brote, una pequeña victoria. En su cuenta de Instagram y en su página web, se puede seguir parte de este recorrido y adquirir rosales, semillas, bulbos y herramientas.
El jardín es, además, estudio, escenario y materia viva. Allí conviven la maternidad, la fotografía, la naturaleza y el paso del tiempo, sin jerarquías. Todo se entrelaza en una cotidianidad donde los días transcurren entre la tierra y la cámara, entre el trabajo y una conexión profunda con lo que se ama.

