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Milei entre la “autopista de la libertad” y el ripio: desafíos de gestión y comunicación

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El presidente Javier Milei transita un momento de redefinición en su discurso público. Lejos del triunfalismo inicial, ahora admite que la “autopista de la libertad” que idealiza es, por el momento, “un camino de ripio”, y que promesas como la inflación en cero o la suba de salarios no se concretarán en el corto plazo. Esta nueva narrativa, surgida de charlas íntimas y reflexiones filosóficas, busca consolidar su rumbo inquebrantable frente a los “desencantados”, aunque exhibe un creciente malestar ante la crítica.

“Si vos no tenés las pelotas para ser libre, entonces no te quejes”, sentenció el jueves en un canal de streaming oficialista, repitiendo la idea de que si los argentinos “prefieren la esclavitud” o “boludear y comerse operaciones”, el país “se va a hacer mierda”. Una expresión que revela su frustración ante la duda de quienes esperaban resultados más inmediatos de su gestión.

Economía: entre el alivio y la estabilidad “de medio pelo”

La reciente aparición mediática del Presidente coincidió con la celebración del índice de precios de abril, que marcó un 2,6%, la cifra más baja en diez meses, y una ligera tendencia a la baja en mayo. Estos números, aunque generan cierto alivio, lo acercan a lo que denomina una “estabilidad de medio pelo”, lejos de un boom de actividad o un salto significativo en los ingresos familiares. Milei se ilusiona con un quiebre en la recesión en sectores como el comercio, la industria y la construcción, pero el horizonte no vislumbra un repunte vigoroso.

El programa económico, centrado en el equilibrio fiscal, es visto como un reaseguro contra una crisis severa. Sin embargo, economistas, incluso opositores, alertan sobre los límites de esta receta a mediano plazo. Las voces que sugieren una política fiscal “más sofisticada, precisa y sostenible socialmente” irritan al Presidente, quien las interpreta como “cantos de sirena” de enemigos que buscan impulsarlo a gastar más y devaluar.

Choques y defensas: del Tesla de Quintar a las acusaciones de “operaciones”

La empatía es un terreno complejo para el Presidente, quien a menudo la reclama para sí mismo. Ante las protestas por los recortes en la universidad pública, respondió que él mismo sufría el ajuste al congelar su sueldo. Defiende el nuevo recorte del gasto en casi todas las áreas de la administración, salvo el Ministerio de Justicia, y se irrita cuando se consulta a los pasajeros de trenes por el aumento del transporte sin “subrayar la necesidad de recortar los subsidios”.

El fastidio presidencial escaló por la polémica del Tesla Cybertruck que el diputado libertario Manuel Quintar estacionó en el Congreso. La indignación de Milei fue tal que llamó a Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, para recriminarle la supuesta orden de remover el vehículo. Menem, quien negó la información, salió públicamente en defensa de Quintar. “Si el tipo se ganó honestamente el dinero, se lo gasta en lo que se le canta el culo”, sentenció Milei, avalando al empresario de la salud jujeño que, tras su paso por el peronismo, se unió a La Libertad Avanza (LLA) y gastó unos 200.000 dólares en el polémico auto.

Milei defiende a Quintar y el crecimiento patrimonial de Manuel Adorni, portavoz presidencial, como “víctimas de operaciones de la casta”. Incluso relató una anécdota con Elon Musk, fundador de Tesla, a quien le pidió sin éxito un Cybertruck para uso presidencial, un episodio que, en retrospectiva, lo “salvó de una causa por dádivas” y de revivir el “escándalo de Carlos Menem y su Ferrari roja”.

La trampa de la grieta y el costo de la intransigencia

La realidad expone a Milei a dilemas cada vez más complejos. La “motosierra empieza a tocar hueso”, y las discrepancias con figuras como el exministro macrista Hernán Lacunza, quien sugirió una política fiscal más sofisticada, son interpretadas como intentos de “vender un mileísmo sin Milei”. El Presidente sospecha que Mauricio Macri está detrás de un operativo de desgaste, y utiliza la “vieja grieta política” como arma para contrarrestar una oferta de centroderecha alternativa, apelando al miedo al pasado y la cruzada contra el kirchnerismo.

Esta estrategia, sin embargo, lo ata a la incertidumbre. Al preferir el conflicto a los acuerdos y al instalar la posibilidad de perder las elecciones de 2027, incluso con una oposición fragmentada, proyecta “la idea del péndulo”, asociada a la falta de confianza en Argentina. En esta dinámica, el ministro Luis Caputo se debate entre negar el “riesgo kuka” y culparlo de las dificultades económicas, una contradicción que Milei no ayuda a disipar, como cuando reveló que nadie, incluido Caputo, estaba de acuerdo con su decisión de eliminar las letras de liquidez (LEFI) en 2023, una medida que, según analistas, desató alta volatilidad cambiaria.

Insultos, redes y la “batalla cultural” en el periodismo

El discurso presidencial ha vuelto a poblarse de insultos. En sus recientes apariciones ante comunicadores afines, utilizó 63 insultos y adjetivos deshumanizantes, incluyendo el de “porcino iraní” a la diputada Marcela Pagano. El grueso de sus ataques se dirigió a periodistas, a quienes trató de “asesinos, chantas, hijos de remil putas, pelotudos, corruptos y mierdas humanas”.

Milei basa sus acusaciones en recortes manipulados que circulan en redes sociales, informándose a través de “un Twitter de Yrigoyen” que se arma en la burbuja de sus fanáticos. Reproduce falsedades, como la supuesta pelea a golpes entre Marcelo Bonelli y Luis Caputo, o la acusación de “genocida” a Débora Plager, basada en videos distorsionados. Elige espacios donde se le permite “pelear con hombres de paja y sin el incordio de la repregunta”, lo que somete a sus interlocutores a “ingentes dosis de estrés”.

Esta estrategia comunicacional choca con reveses judiciales, como el sobreseimiento de periodistas de TN denunciados por el Gobierno, un fallo que, paradójicamente, firmó Ariel Lijo, el juez propuesto por Milei para la Corte Suprema. En su rabieta, el Presidente fantaseó con obligar a los periodistas a hacer públicas sus declaraciones juradas, desconociendo que no administran dinero público. Este reflejo, según el análisis, es un “síntoma de impotencia” ante una “página que no termina de dar vuelta”, donde la “revolución libertaria” se enreda en los mismos males que prometía desterrar: precios en alza, abusos de poder y peleas internas paralizantes.

En su equipo, existe la conciencia de la necesidad de reconectar con quienes confiaron en él, ofreciendo un “puente creíble” y señales de empatía, explorando acuerdos políticos. La alternativa, la negación y la profundización de la grieta, es un camino que los “aplaudidores” cercanos al Presidente no le advierten cuando se equivoca.

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