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Keynes en Argentina: 90 años de la Teoría General y un debate sin fin

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Noventa años después de la publicación de «La teoría general del empleo, el interés y el dinero», la obra cumbre de John Maynard Keynes, el economista británico se mantiene en el centro de un acalorado debate político y económico en Argentina. Su nombre, sinónimo para algunos de «salvavidas indispensable» y para otros de «veneno económico», evidencia la profunda polarización que sus ideas generan en el país.

La sorprendente conexión de Keynes con Argentina se remonta a una curiosidad intelectual que lo llevó a rescatar la figura de Silvio Gesell en su Teoría General. Gesell, un economista alemán que residió varios años en el país y es padre del fundador de la mítica Villa Gesell, fue calificado por Keynes como un «profeta injustamente olvidado». Keynes se sintió fascinado por su concepto del «dinero sellado», una propuesta para evitar el atesoramiento y estimular el consumo, al punto de afirmar que «los pensamientos de Gesell serán en el futuro más importantes que los de Marx».

La huella de Gesell en Argentina y el primer puente con Keynes

Gran parte de las ideas de Silvio Gesell se gestaron mientras vivía en Argentina, inspirado por la crisis económica de 1890. Durante esos años, publicó obras fundamentales como La reforma monetaria como puente hacia el Estado social (1891), El nervio de las cosas (1891) y La nacionalización del dinero (1892). Ante el proyecto de emisión de moneda fiduciaria, Gesell manifestó su desacuerdo con medidas como El Sistema Monetario Argentino. Sus ventajas y su perfeccionamiento (1893) y La cuestión monetaria argentina (1898).

Horacio Tarcus, en su Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas, describe a Gesell como «autor de una teoría económica anarco-liberal» y menciona su breve paso como ministro de Economía en la República de los Consejos de Baviera en 1919. Sin embargo, en Argentina, Gesell es también recordado por fundar Casa Gesell en 1887, un exitoso emprendimiento que comenzó importando y vendiendo artículos odontológicos, para luego expandirse a productos médicos y, finalmente, a la producción y distribución de artículos para bebés en toda Sudamérica.

Esta «semilla geselliana», germinada en suelo bonaerense, se considera el primer vínculo entre el pensamiento keynesiano, originado en Cambridge, y la realidad económica argentina.

Del Plan Pinedo al contacto epistolar: Argentina como laboratorio

Años más tarde, la crisis de 1930 obligó a Argentina a tomar medidas drásticas. Sin haber leído exhaustivamente a Keynes en ese momento, figuras clave como Federico Pinedo y Raúl Prebisch diseñaron el «Plan Pinedo» y crearon el Banco Central. Aplicaron, por pura necesidad pragmática, lo que hoy se considerarían «recetas keynesianas»: una fuerte intervención estatal para salvaguardar la industria local frente al colapso del comercio mundial. De esta manera, Argentina se convirtió en uno de los primeros laboratorios del intervencionismo moderno, una experiencia que Keynes observó a distancia.

Antes de publicar su Teoría General, Keynes mantuvo un contacto indirecto con el debate público local. En 1931, envió una carta al diario La Nación analizando la Gran Depresión mundial. En ella, destacó la importancia del «factor psicológico» en las crisis financieras y sugirió que la recesión debía evaluarse como un problema coyuntural que requería un cambio de expectativas, y no como un mal irresoluble.

El presente: Milei vs. Kicillof, un duelo de titanes del siglo XX

Hoy, el legado de Keynes es un verdadero campo de batalla en la arena política argentina. En una esquina, el presidente Javier Milei no escatima en calificativos, definiendo a Keynes como un «genio del mal» y «sicario de la política», y a su obra como un «panfleto para políticos mesiánicos». En diversas conferencias, ha insistido en que el «gasto público keynesiano» es la raíz de la decadencia argentina.

En la esquina opuesta, el gobernador bonaerense Axel Kicillof, en la presentación de su libro De Smith a Keynes en la Feria del Libro, sentenció que «si Keynes viera lo que pasa hoy en Argentina, se vuelve a morir», en una clara alusión a las actuales políticas de ajuste. Ambos, economistas de formación y con visiones antagónicas de la política y la economía, reconocen en la Teoría General de Keynes uno de los textos más influyentes del siglo XX.

Irónicamente, el hombre que afirmó que «a largo plazo todos estaremos muertos» parece gozar de una incómoda inmortalidad en nuestro país. Mientras el mundo avanza en debates sobre digitalización e inteligencia artificial, Argentina sigue anclada en un duelo de ideas del siglo pasado.

Esta relevancia no es exclusiva de Argentina. En un artículo publicado en The Economist en abril, el premio Nobel Joseph Stiglitz señala que Keynes «salvó al capitalismo de sí mismo» al proponer intervenciones estatales necesarias para estabilizar la demanda durante graves crisis. Stiglitz destaca cómo las ideas de Keynes contribuyeron a evitar el colapso del sistema democrático frente a las fallas del mercado y a edificar las instituciones económicas de posguerra.

Quizás el verdadero desafío para Argentina no resida en idolatrar o defenestrar a Keynes, sino en entender sus ideas como herramientas y fuentes de inspiración para enfrentar emergencias, en lugar de un recetario atemporal o una condena perpetua a repetir los mismos errores.

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