De excombatiente en la Segunda Guerra a empresario: la historia de Santiago Mogno y su metalúrgica familiar
La historia de Santiago Mogno es el reflejo de miles de inmigrantes que llegaron a la Argentina con la esperanza de un futuro mejor y lograron construir un legado. Combatiente en la Segunda Guerra Mundial, prisionero de los ingleses durante 12 años y con un regreso a su Italia natal desoladora, Mogno cruzó el Atlántico en 1949 para empezar de cero. De fabricar canastos de metal para soda en el garaje de su casa, fundó una metalúrgica que hoy emplea a 64 personas y procesa 3.500 toneladas de alambre al año, enfocada en cercos perimetrales y mallas de construcción, y que continúa en manos de su familia.
Originario de Scorzé, un pueblo del Véneto italiano, Santiago Mogno se había mudado a Roma en su juventud en busca de oportunidades, donde ingresó al Ejército y sirvió como guardia en edificios públicos. La Segunda Guerra Mundial lo encontró en combate, y fue capturado por las fuerzas inglesas, una experiencia que lo mantuvo preso durante 12 años: seis en la India y otros seis en África. Fue en este segundo período, y por pura necesidad, donde su ingenio salió a flote al afirmar que sabía de mecánica para reparar una moto que sus carceleros no podían poner en marcha.
“No era así, pero se las ingenió, aprendió y así, de alguna manera, estuvo un poco mejor”, repasa su nieta Stefanía Mogno, quien trabaja en la metalúrgica junto a su papá, Luis Mogno, continuando la tradición iniciada por su abuelo, quien falleció en 2007.
El arribo a la Argentina y los primeros pasos
Al recuperar su libertad, Santiago Mogno regresó a su pueblo natal, que encontró en ruinas. Sin perspectivas de futuro, decidió seguir los pasos de un primo que ya se había establecido en Buenos Aires. En 1949, Mogno y otros compañeros emprendieron el viaje. La llegada al puerto de Buenos Aires fue, sin embargo, un nuevo desafío: la persona que debía recibirlos no apareció, y fue la compasión de un desconocido la que los llevó al conventillo de La Boca donde residía su primo.
Los primeros años en Argentina fueron de arduo trabajo. Mogno se desempeñó reparando máquinas en una fábrica de pastas y en papeleras. En ese tiempo conoció a Alda, también inmigrante italiana, con quien se casó. Su etapa en la fábrica de heladeras Siam, un ícono de la industria nacional de las décadas del ’40 y ’50, es recordada por un detalle que pinta el sacrificio de la época.
“Alquilaban una casa que daba a los fondos de la empresa y mi nona le pasaba la comida por la medianera así podía trabajar más horas extras”, cuenta Stefanía Mogno.
La fundación de Metalúrgica Mogno y la adaptación constante
El punto de inflexión llegó en 1957, cuando un conocido le ofreció unas máquinas de soldadura usadas. Santiago Mogno vio la oportunidad y comenzó a fabricar canastos de soda en el garaje de su casa. Su hijo Luis, desde muy chico, se involucró en el negocio, aprendiendo a soldar y luego entregando los pedidos en motoneta a los clientes.
El negocio prosperó, permitiéndoles vivir de él hasta la irrupción de los cajones de plástico, que obligó a un giro estratégico. Ya bajo el nombre de Metalúrgica Mogno, en los años ’80 la empresa se reconvirtió, empezando a producir rejillas para heladeras y cocinas, llegando a proveer al 90% del mercado.
La adaptación ha sido una constante en la trayectoria de la metalúrgica. Stefanía Mogno explica que a lo largo de los años han fabricado una amplia variedad de productos, desde elementos de decoración hasta cunas, siempre respondiendo a las ideas y necesidades de los clientes. La incursión en los cercos perimetrales y las mallas se dio en la post-pandemia, otra vez como respuesta a los cambios en el mercado y en la demanda de heladeras y cocinas.
Stefanía Mogno, la única nieta del fundador, tiene 34 años. Aunque creció entre los fierros de la fábrica, se incorporó formalmente a los 19. Define a la empresa como su “hermano”, destacando que incluso su madre trabaja allí. “Viví entre los fierros, es la pasión transmitida, está en los genes. Mi nono estaba en silla de ruedas y seguía viniendo”, subraya. La metalúrgica, que pronto adoptará el nombre de su marca de cercos y rejas electrosoldadas, Infilo, cuenta con plantas en San Justo y en el Parque Virrey del Pino, en La Matanza.

