Historia de superación: de las «changas» en Moreno a ser el primer universitario de su familia
De chico, lo que era normal para Adrián Valdez no lo era para otros. Crecer en Lomas de Mariló, un barrio de casas humildes y calles de tierra en Moreno, provincia de Buenos Aires, significaba enfrentar desafíos cotidianos: embarrarse para ir al colegio, caminar 15 cuadras hasta la parada de colectivo más cercana o ver a su madre simular no tener hambre para que sus cinco hijos pudieran comer.
Hoy, Adrián es el primer universitario de su familia y trabaja como profesional en la misma Fundación Franciscana que lo acompañó desde los seis años, demostrando que, a pesar de las carencias, su barrio fue un lugar de esperanza y oportunidades.
El apoyo de la Fundación Franciscana: un punto de inflexión
Los padres de Adrián, sin acceso a estudios formales —su papá no completó la primaria y su mamá no terminó la secundaria—, siempre priorizaron la educación de sus hijos. “Vos estudiá, vos podés”, era el lema de su madre. Fue ella quien escuchó sobre la Fundación Franciscana, un espacio que ofrecía apoyo escolar gratuito y actividades a las familias del barrio.
Adrián y sus hermanos se anotaron cuando él tenía 6 años. La fundación se convirtió rápidamente en un pilar de su vida, ofreciendo talleres de alfabetización, dibujo, teatro y deportes. Más allá del apoyo académico, Adrián encontró un lugar donde se sentía escuchado y valorado, diferente a ser “un hermano más” en una familia numerosa.
La fundación le abrió un mundo de experiencias: campamentos en Tigre y San Antonio de Areco, visitas a la Feria del Libro, paseos a caballo y, la más memorable, un “vuelo de bautismo” en avión a Córdoba. Esta vivencia, que Adrián describe como “tocar el cielo con las manos”, marcó su infancia y le mostró que había realidades más allá de su barrio.
El camino hacia la universidad y el regreso a Mariló
A los 14 años, Adrián se mudó a La Reja, otro barrio de Moreno, y comenzó la secundaria en una escuela técnica con orientación en informática. A los 16, impulsado por el deseo de devolver lo recibido, se sumó como voluntario a la fundación, ayudando en el programa de campamentos. Fue así como conoció el mar en Mar del Plata junto a los chicos que ahora lo llamaban “profe”.
Cuando se graduó de la secundaria, Adrián se convirtió en la primera generación de su familia en obtener un título. Ese día, su madre lloró de orgullo. Durante sus estudios secundarios, también fue parte de un programa de becas de la asociación Conciencia, que le brindó apoyo económico y una tutora, Tatiana, quien lo inspiró a seguir una carrera universitaria.
A pesar de las dificultades económicas en casa –su padre había perdido la vista debido a la diabetes, y los hermanos mayores debían aportar al hogar–, Adrián soñaba con estudiar Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de La Matanza. La carrera era arancelada, lo que parecía un obstáculo insalvable. Sin embargo, el último día de inscripción, Tatiana lo llamó con una noticia que él describe como “un milagro”: le había conseguido una beca de Disney, gestionada a través de la asociación Conciencia.
La pandemia lo llevó a cursar el primer año y medio por Zoom, pero la presencialidad en la facultad fue transformadora. Aunque inicialmente sintió “vértigo” y la impresión de que la universidad “no era para gente como yo”, descubrió que la educación era un factor de igualdad. En la facultad, no solo se enriqueció académicamente, sino que también conoció a su novia y a un amigo de 55 años que se convirtió en una figura paterna. A los dos años y medio, se graduó de la tecnicatura, haciendo llorar nuevamente a su madre de alegría.
Trabajar para transformar: el sueño cumplido
Después de graduarse, Adrián buscó trabajo en su área, pero la falta de experiencia lo llevó a realizar “changas” y trabajos de limpieza, lo que lo alejó temporalmente de la Fundación Franciscana. Sin embargo, el destino lo trajo de vuelta: su tutora Tatiana le envió una búsqueda laboral para un puesto de comunicación en la sede de la fundación en Lomas de Mariló, justo a la vuelta de su antigua casa.
Hoy, Adrián Valdez es parte del equipo de comunicación de la Fundación Franciscana, trabajando codo a codo con quienes fueron sus mentores. Volvió a vivir en su barrio natal, que, a pesar de los años y los diferentes gobiernos, sigue mostrando las mismas carencias. Desde su rol, ve cómo la alfabetización y el apoyo educativo transforman la vida de los chicos, dándoles la confianza para soñar y superar obstáculos.
“Los chicos no piensan ‘quiero ser aceptado por la sociedad’, quieren ser aceptados por el nene o la nena que tienen al lado y que sabe leer bien y le salen las cuentas. Entonces, cuando ese chico empieza a leer bien o es abanderado, se permite soñar. Siente que puede superar lo que sea. Pero muchas veces, tiene que existir esa ayuda que solo se genera con el encuentro y las oportunidades.”
Para Adrián, trabajar en la fundación es un sueño cumplido. Siente que generar estos espacios realmente transforma, una verdad que vivió en carne propia: pasó de ser un chico del barrio que buscaba una oportunidad a un profesional que trabaja para dar oportunidades. Su historia es un testimonio de cómo el encuentro y el apoyo pueden cambiar vidas.

