Sociedad

Un fuerte francés en la llanura pampeana: el estrafalario diseño que Rivadavia ordenó construir

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En el actual partido de 25 de Mayo, en el oeste bonaerense, existió a principios del siglo XIX una singular estructura militar: el Fuerte Cruz de Guerra. Su diseño arquitectónico, obra del ingeniero francés Narciso Parchappe, lo distinguía radicalmente de los fortines y fuertes típicos de la llanura pampeana, reflejando una visión estratégica europea poco adaptada a la realidad de la frontera con los pueblos originarios.

La fundación del fuerte fue ordenada por decreto del entonces presidente Bernardino Rivadavia el 27 de septiembre de 1827. Se emplazó en las inmediaciones de la laguna Cruz de Guerra, un espejo de agua permanente al pie de un médano, conocido desde el siglo XVIII por ser una parada obligada en las expediciones en busca de sal, un recurso vital para la conservación de alimentos.

Un diseño de estrella para la defensa

A diferencia de las construcciones defensivas habituales en la pampa, el Fuerte Cruz de Guerra presentaba una planta con cuatro baluartes en punta, que en conjunto conformaban una estrella. Esta figura, muy en boga en la arquitectura militar europea de la época, estaba concebida para la defensa contra ejércitos con artillería de calibre importante. Un concepto que contrastaba fuertemente con el contexto de la guerra de frontera, donde las caballerías aborígenes empleaban facón caronero, lanza y bolas de boleadora.

La expedición de Parchappe comenzó los trabajos el 20 de enero de 1827. Para sumar a la excentricidad del proyecto, buena parte de los fosos que circundaban la estructura fueron excavados por prisioneros brasileños, capturados durante la guerra contra el Imperio de Brasil acaecida el año anterior. Dentro del recinto se edificaron comandancias, cuadras para los soldados gauchos y galpones.

Las condiciones iniciales fueron precarias, tal como lo describió el propio Parchappe en una nota al jefe del Departamento Topográfico, quejándose de la falta de alimentos, sal y abrigo. Incluso, en un primer momento, el fuerte contaba con un solo cañón para su defensa, aunque en marzo de 1828 llegaron dos piezas de bronce de Pergamino, que rápidamente quedaron en desuso por su antigüedad.

El rol de Rosas y la vida en la frontera

Los vaivenes políticos de la época, que incluyeron el fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego, llevaron al abandono del fuerte, que para entonces ya era conocido como “25 de Mayo”. Sin embargo, en 1831, Juan Manuel de Rosas, en el poder desde 1829, ordenó su reconstrucción. Una expedición al mando del sargento mayor Espinosa, con carabineros, milicianos y el maestro de ranchos Don Alejo Carballo, levantó nuevos cuarteles, un almacén de pólvora, una comandancia, corrales y hasta una pulpería.

El fuerte mantuvo su funcionamiento por más de treinta años, aunque hacia fines de la década de 1830, su categoría se redujo a la de fortín, perdiendo peso geopolítico y disminuyendo la cantidad de efectivos que lo ocupaban.

Pese a esta reducción, el Fuerte Cruz de Guerra jugó un papel fundamental en las relaciones interétnicas, sirviendo como centro de intercambio con diversas tribus de “indios amigos”, entre ellas la del cacique Mariano Rondeau y sus descendientes. En este contexto, fue esencial el rol del lenguaraz José Valdevenito, quien había acompañado a Rosas en la campaña al desierto de 1833 y cimentó su poder casándose con Felipa Rondeau, hija del cacique Mariano. Valdevenito llegó a ser nombrado comandante del fortín en 1847, y falleció en 1859 como un personaje influyente en la región.

Investigación arqueológica actual

El estudio histórico más completo del fuerte fue realizado en 1949 por Carlos Grau, titulado “El Fuerte 25 de Mayo en Cruz de Guerra”. Actualmente, el Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Fronteras (GEAHF) ha iniciado tareas arqueológicas en los restos del fuerte, ubicados en el campo de la familia Garciarena. Durante el presente mes de mayo, las excavaciones continuarán con el apoyo económico de la Municipalidad de 25 de Mayo.

El proyecto arqueológico no solo busca la investigación de rigor, sino que también propone un plan de divulgación científica y educativa. Esto incluye charlas, entrevistas y el diseño de modelos digitales y maquetas accesibles a la comunidad, escuelas y el museo local, con el objetivo de preservar y difundir el conocimiento sobre esta particular pieza de la historia bonaerense.

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