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Casinos virtuales: la trampa de las «cajeras» en barrios populares y el rol de Mercado Pago

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El avance de los casinos virtuales ilegales se consolida como una problemática social que afecta con particular crudeza a los barrios populares de Argentina. Si bien informes recientes de Unicef y Cruz Roja Argentina ya advertían sobre la creciente ludopatía entre adolescentes y jóvenes, y el consecuente endeudamiento, poco se conocía sobre el funcionamiento de estas redes en contextos de alta vulnerabilidad socioeconómica.

En diálogo con LA NACION, María Claudia Albornoz, referente social de la organización La Poderosa en Santa Fe, revela la compleja dinámica de las llamadas “cajeras”, jóvenes mujeres que, movidas por la necesidad económica, se convierten en intermediarias de estos sitios de apuestas, facilitando el acceso a un juego que no pide documentos ni verifica identidades, y que, en muchos casos, utiliza plataformas de pago como Mercado Pago.

Las «cajeras»: una nueva forma de ingreso en la informalidad

Albornoz, quien vive en el barrio popular Chalet de Santa Fe y es promotora de salud, explica que la informalidad laboral, históricamente la vía de subsistencia en estos barrios, ha dado paso a una nueva modalidad de generación de ingresos: el rol de las “cajeras”. Estas jóvenes, generalmente de entre 18 y 26 años, son contactadas por administradores anónimos a través de WhatsApp o redes sociales, con la promesa de una comisión por la venta de crédito para apostar en casinos online ilegales.

“No les piden documentos, nada. Solo tienen que tener una cuenta de Mercado Pago”, detalla Albornoz. Las cajeras operan como intermediarias: cobran el dinero de los jugadores a través de billeteras virtuales, cargan el crédito en una cuenta que ellas mismas crean para el apostador y les envían un enlace al juego. Si hay un premio, el administrador lo transfiere a la cuenta de Mercado Pago de la cajera para que esta pague al ganador.

Este sistema, que opera en el anonimato y sin restricciones de edad, facilita que incluso menores puedan acceder a las apuestas. La difusión se da tanto por el boca a boca en comedores barriales, donde “se toman unos mates, hablan con otras chicas y les enseñan a jugar”, como por redes sociales, con mensajes como “Estoy cargando” para indicar disponibilidad.

La ilusión de salir de la pobreza y la espiral de deudas

Las cajeras, muchas de ellas jefas de familia o con trabajos precarios como empleadas domésticas o vendedoras ambulantes, ven en esta actividad un complemento o incluso un reemplazo a sus magros ingresos. Aunque las comisiones no son grandes (entre el 10% y el 50% de una ficha de, por ejemplo, 2000 pesos), pueden generar entre 15.000 y 20.000 pesos en un día si tienen muchos clientes. “Con eso afrontan el día a día. Nadie sale de la pobreza siendo cajera”, advierte Albornoz.

La esperanza de mejorar su situación económica es un motor clave para los apostadores en los barrios populares. “La pobreza es muy agobiante. Las chicas y las vecinas tienen la ilusión de poder salir adelante con el juego”, explica la referente. Sin embargo, esta ilusión a menudo desemboca en una ludopatía creciente y en un ciclo de endeudamiento. “Hay vecinas que la pegan. Pueden llegar a tener un premio de más de 100 mil pesos, pero después de haber apostado mucho. En el barrio te enterás cuando ganan, que son muy pocas veces. No te enterás cuando pierden”, subraya Albornoz.

La urgencia económica lleva a que muchos pidan préstamos para seguir jugando, sumándose a deudas preexistentes. Cuando las tarjetas de débito o crédito ya no ofrecen más crédito, la situación se agrava. “Le piden al prestamista barrial, que suele ser el transa que vende droga. Piden 100 mil pesos y tienen que devolver el doble”, relata Albornoz. Si no pueden pagar, son amenazados, se les exige la tarjeta de la Asignación Universal por Hijo (AUH) como garantía y, en los casos más extremos, “muchos terminan vendiendo droga para el transa. Y así crece el narcomenudeo en los barrios populares”.

Un Estado ausente y la propuesta de desendeudamiento popular

Albornoz enfatiza que las cajeras trabajan para alguien que no conocen, un administrador que “se lleva la parte más grande de las apuestas” y las “explota”, exigiéndoles un número creciente de clientes. Muchas no son conscientes de la ilegalidad de la actividad, o si lo son, la desesperación por generar ingresos las empuja a seguir.

Para la referente de La Poderosa, la solución pasa por abordar la gran informalidad laboral y reforzar el sistema educativo. “Es el mercado informal el que te permite llegar a la economía ilegal, como las apuestas, el narcomenudeo o los casinos virtuales, porque es lo que te salva el día. Es una trampa de la que es difícil salir”, asegura.

Ante la falta de recursos en los centros de salud barriales, colapsados y sin profesionales suficientes para tratar adicciones como la ludopatía, las organizaciones sociales buscan alternativas. La semana pasada, varias de ellas acompañaron un proyecto de ley de desendeudamiento popular en la Legislatura porteña, que propone que el Banco de la Ciudad de Buenos Aires asuma las deudas de los vecinos, ofreciendo seis meses de gracia y cuotas fijas que no excedan el 20% de sus ingresos. Además, el proyecto incluye educación financiera en los barrios, una medida “primordial” para romper el ciclo de endeudamiento y dependencia del juego ilegal.

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