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Ataques al periodismo: la tensión histórica entre poder y medios, potenciada por la era digital

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Los ataques al periodismo en forma de «nutrida batería de injurias» emanadas del Gobierno actual no son un fenómeno aislado. Representan una manifestación contemporánea de una tensión recurrente entre el poder político y los medios de comunicación que atraviesa la historia, aunque ahora se ve exacerbada por una «mutación civilizatoria» impulsada por transformaciones científico-tecnológicas.

Esta fricción, que ha incluido controles y represiones a lo largo del tiempo, se instala en un escenario donde el «vociferar e insultar al periodismo» desde el poder se convierte en una estrategia. El análisis histórico revela que incluso figuras como Thomas Jefferson, defensor de la libertad de prensa, retacearon su confianza en los medios cuando asumió la presidencia y fue blanco de críticas.

El asedio secular en la era digital

La «mutación civilizatoria» actual, marcada por la revolución industrial en sus diversas etapas (del carbón al dínamo, del petróleo a la electricidad, y ahora la comunicación digital), siempre ha generado la percepción de una era inédita. En cada fase, surgieron «heraldos del poder tecnocrático» que soñaron con reemplazar la política por la administración de las cosas, decretando verdades absolutas y chocando con la tradición republicana y la libertad de prensa.

El periodismo, desde la prensa escrita hasta la radio, la televisión y la comunicación digital, se ha acoplado a estas transformaciones. Sin embargo, su rol como creador y reflejo de lo que acontece enfrenta hoy nuevos desafíos, más allá de los ataques gubernamentales.

Un periódico es un consejero que […] que se presenta voluntariamente y nos habla cada día y con brevedad del asunto común, sin apartarnos ni distraernos de los propios. Los periódicos resultan, pues, más necesarios a medida que los hombres se hacen más iguales y más temible es el individualismo. Sería disminuir su importancia creer que solo sirven para garantizar la libertad, cuando son los que mantienen la civilización.

Esta reflexión de Tocqueville en 1840 sobre el valor de los periódicos para mantener la civilización y el comportamiento asociativo resuena en un presente donde un «libertarismo de nuevo cúneo» promueve un individualismo extremo y repudia al Estado. Esto genera una pregunta central: ¿qué factores y fuerzas sociales hostigan hoy los valores de la libertad de prensa?

Desafíos internos y externos: la calidad, la IA y los nuevos liderazgos

Los desafíos son multifacéticos. En primer lugar, se encuentran los factores intrínsecos al ejercicio del periodismo: la calidad profesional y la ética. Un periodismo que defiende intereses ocultos, se pone al servicio de poderes de turno o manipula la opinión con mentiras y difamaciones (las llamadas fake news) abdica de su independencia y de su papel educativo en la democracia republicana.

En segundo lugar, la prensa soporta la «agresión incesante de poderes opresores» de distinto signo: totalitarios, autocráticos, populistas. Mientras la ciencia y la tecnología avanzan a un ritmo vertiginoso, el progreso político no acompaña, generando un retraso en las democracias representativas que luchan por adaptarse a la «mutación civilizatoria» y sus nuevos instrumentos de comunicación.

El periodismo se encuentra en el medio de esta mutación, padeciendo agresiones tanto actuales como históricas. La irrupción de la inteligencia artificial (IA) suma una nueva capa de complejidad. El director de The New York Times, Arthur Sulzburger, alertó sobre un «robo descarado de la propiedad intelectual sin precedentes» por parte de la IA, que se alimenta del trabajo ya elaborado por la prensa de calidad. Este despojo amenaza la sostenibilidad del periodismo de investigación y rigor.

La enemistad como estrategia y el riesgo del discurso único

En este escenario, la IA se confunde con la diatriba que se dispara en el espacio público, transformando al periodismo de contribuyente a la opinión pública en un «enemigo y un objeto sobre el cual proyectar el instinto primitivo del odio». Liderazgos políticos como los de Donald Trump y Javier Milei ejemplifican esta «disposición belicosa», recreando una concepción de la política basada en la «enemistad».

La relación amigo-enemigo se vehiculiza a través de redes sociales controladas por el poder político, transformando el ideal de redes horizontales en estructuras verticales de oposición frontal y propaganda. El insulto y la agresión continua del gobernante al periodismo se convierten en una forma de «condimentar» logros económicos y desviar la atención de los «claroscuros» de los programas de ajuste.

Frente a un espacio público donde campean el faccionalismo, la corrupción y la impunidad, el periodismo tiene la responsabilidad de «rasgar el velo que oculta esas imperfecciones». La estrategia de denostar a la prensa, aunque se diga que no es censura formal, busca el mismo fin: atentar contra la dignidad de quienes ejercen el oficio y silenciar la esfera pública.

En palabras de Kant, la libertad de comunicar radica en «la libertad de hacer un uso público de la propia razón en cualquier dominio». Defender esta libertad, «aún al precio de sufrir el asalto fomentado por los administradores del odio», es el desafío fundamental del periodismo en la actualidad.

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