Mundos íntimos: el reencuentro con un padre ausente y el dolor de una despedida inesperada
La vida de Pablo Vázquez, escritor y docente argentino, estuvo marcada por la figura intermitente de su padre. Un hombre que se fue de casa cuando él tenía seis años y reapareció esporádicamente, siempre envuelto en historias inverosímiles y una salud cada vez más deteriorada. Este patrón de ausencia y regreso, cargado de una mezcla de temor y resignación, culminó en un reencuentro que desnudó décadas de secretos y un final tan inesperado como desolador.
El autor, quien confesó su miedo a la palabra “nunca” por la creencia de estar condenado a repetir los pasos de su progenitor, se encontró una tarde con su padre en la puerta de su casa. Desmejorado, canoso y sin las habituales excusas fantásticas que solía inventar, esta vez el silencio era su única compañía. La tensión se rompió con un “¿Qué hacés, Pablín?”, seguido de un abrazo renuente pero, a la postre, agradecido.
Una confesión a destajo y un adiós enigmático
El encuentro derivó en un café donde Vázquez, resignado a pagar la cuenta, se sometió a las preguntas triviales de su padre. Sin embargo, la conversación tomó un giro abrupto cuando, de la nada, su progenitor rompió en llanto y desgranó un pedido de perdón minucioso, “cagada por cagada”, que abarcó dos décadas de ausencias y errores. Entre medialunas y tazas de café, y sin dejar de fumar, el padre de Vázquez enumeró arrepentimientos que incluían a su exesposa, la madre de Pablo y sus hermanos, a quien dejó sola con cuatro hijos.
«Yo no necesitaba sus disculpas. O sí: era como tener sed y que te obligaran a tomar cien litros de agua. Cien litros o nada. Supongo que tenía ganas de esa conversación, pero no así.»
La confesión fue tan extensa que se tornó incómoda. El padre, en un acto de megalomanía que lo llevó de la inocencia a la culpa de todo, incluso se adjudicó la adicción de uno de sus hijos. Al finalizar, y con una frase insólita –“pago yo”–, dejó un bollo de billetes que resultaron ser recortes de diarios y papeles sin valor, para luego huir de manera ridícula, incapaz de esperar la respuesta de su hijo.
El brote psicótico y el diagnóstico devastador
Semanas después, una llamada de la pensión donde habían logrado conseguirle un lugar al padre de Vázquez, en el barrio de Flores, alertó al escritor. “Tenés que venir pero ya”, le dijeron, “no se puede explicar por teléfono”. Al llegar, encontró a su padre en un estado de brote psicótico, delirando y revoleando muebles. Con un olor a pis y transpiración “letal”, el hombre se negaba a bajar, creyéndose el dueño de una concesionaria y confundiendo a su hijo con un empleado.
Tras un arduo esfuerzo, Pablo logró convencerlo de ir a una guardia. Las primeras horas en el Hospital Piñero fueron angustiantes. La incertidumbre sobre el alta y el temor de que su padre quedara en la calle lo atormentaban. Paradójicamente, Vázquez admitió haber deseado que su padre estuviera enfermo, buscando una solución que él solo no podía ofrecer. En la guardia, su padre se mostró lúcido, bromeó con el psiquiatra y respondió con solvencia a todas las preguntas, lo que llevó a Pablo a querer “matarse”.
La verdad llegó a las seis de la mañana, de la mano de un neurólogo. Manchas grises en un fondo oscuro: tumores cerebrales, muchos. La noticia fue un alivio y un horror a la vez. El médico no pudo precisar cuánto tiempo le quedaba, pero confirmó que ya había una cama disponible para internarlo.
Un adiós fragmentado y la búsqueda de un padre
Los días siguientes fueron un calvario de visitas semanales. Su padre lo saludaba como su hijo, le pedía agua y, al regresar con el vaso, lo desconocía, asustándose de un “intruso”. Las conversaciones se volvieron una mezcla de lucidez y delirio, con pedidos incoherentes y recuerdos fragmentados. Pablo Vázquez se encontró acompañando a un hombre que no lo conocía, y al que, en cierta medida, él tampoco conocía realmente.
«Tal vez por eso me tocó a mí estar ahí y no a mis hermanos mayores: yo era el que menos años había vivido con él y, en alguna cruel —o enigmática— balanza de la vida, era mi turno ahora de acompañarlo hasta el final», reflexiona el autor. La experiencia lo llevó a concluir que un padre ausente ocupa mucho más espacio que uno presente. La muerte de su progenitor no significó el fin de la búsqueda, sino el inicio de una nueva etapa de su ausencia, una que, como escribió Aldous Huxley, solo encuentra coherencia en la muerte. Los últimos días de su padre fueron incoherentes, pero, al final de todos los finales, los encontraron juntos.
Pablo Vázquez (1989) es un escritor y docente argentino. Ha sido finalista en diversos concursos literarios y su primera novela será publicada este año por Emecé Editores. Actualmente reside en Copenhague, Dinamarca, donde coordina un taller de literatura comparada en la Embajada Argentina.

