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Educación y Mundial: el álbum de figuritas, una oportunidad para enseñar y aprender

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El fervor mundialista, que comienza mucho antes del pitido inicial, se manifiesta en las conversaciones, las camisetas y, de manera icónica, en el tradicional álbum de figuritas. Esta escena, que se repite generación tras generación, no es solo un fenómeno de consumo, sino también una profunda oportunidad educativa si los adultos saben acompañarla y mirarla con atención.

La expectativa, la sorpresa, la alegría, la frustración y el intercambio con otros son elementos inherentes a la búsqueda y colección de estas pequeñas imágenes. Aunque el Mundial moviliza una industria gigantesca y el consumo puede generar ansiedad o gasto desmedido, es precisamente en esta dinámica donde emergen habilidades cruciales para enseñar hoy.

Las figuritas como escuela de vida

Una de las primeras lecciones que ofrece el álbum es la espera. En un mundo dominado por la inmediatez, donde casi todo parece disponible al instante, las figuritas proponen una lógica diferente. El deseo de encontrar una figurita específica puede no satisfacerse de inmediato, incluso después de abrir múltiples paquetes. Este proceso enseña que no todo lo que se quiere llega cuando se desea, y que a veces es necesario esperar, buscar, intercambiar, aceptar la frustración y persistir.

Otro aspecto fundamental es la administración del deseo. El rol de los adultos es central aquí. No se trata solo de la capacidad económica para comprar paquetes, sino del aprendizaje que se construye en torno a esa compra. Dar todo de golpe no necesariamente genera más disfrute; muchas veces, acelera la ansiedad. La abundancia no siempre calma el deseo, sino que puede intensificar la frustración si las expectativas no se cumplen.

En este sentido, las figuritas también abren la puerta a la educación financiera. Preguntas como “¿cuánto dinero tengo?”, “¿cuántos paquetes puedo comprar?” o “¿qué significa ahorrar para algo que deseo?” se vuelven concretas. Muchos chicos juntan dinero, ayudan en casa o hacen acuerdos familiares para poder adquirir sus figuritas, desarrollando así esfuerzo, planificación, decisión y responsabilidad.

La tercera dimensión es el encuentro con otros. En una era donde gran parte de la interacción social de los niños se da a través de pantallas, el intercambio de figuritas recupera la simplicidad y el poder de la interacción cara a cara. Preguntar, negociar, escuchar, acordar y entender las reglas de un intercambio, la confianza y las consecuencias, son habilidades sociales que se desarrollan de forma natural. Los conflictos que puedan surgir —peleas, arrepentimientos o discusiones sobre el valor de una figurita— no son necesariamente problemas a evitar, sino parte del aprendizaje. La familia y la escuela pueden guiar para construir acuerdos y resolver diferencias.

El Mundial como catalizador de la curiosidad

Más allá de las figuritas, el Mundial en sí mismo se convierte en una llave para la curiosidad. Un niño que busca una bandera, pregunta dónde queda un país, qué idioma se habla o qué moneda se usa, está aprendiendo desde un interés genuino. Esta curiosidad es una puerta de entrada extraordinaria para la escuela.

El evento deportivo permite trabajar temas de geografía, historia, culturas, idiomas, estadísticas, reglas, convivencia y fair play. Los países dejan de ser nombres abstractos para convertirse en camisetas, himnos, jugadores y relatos, cada uno con su historia y su identidad. Detrás de cada partido, hay una forma de mirar el mundo.

Para aprovechar esta oportunidad, la escuela no debe limitarse a “disfrazar” contenidos con temática mundialista, sino a tomar el interés real de los alumnos y transformarlo en una experiencia desafiante y significativa. El Mundial puede ser una excelente excusa para investigar, comparar, debatir, leer, escribir, calcular y analizar, integrando distintas áreas y caminos de acceso para alumnos con intereses y habilidades diversas. Esto implica ir más allá de decorar el aula y animarse a abrir preguntas profundas.

Cuestiones como “¿qué sabemos de los países participantes?”, “¿cómo se preparan los jugadores?”, “¿qué reglas ordenan el juego?” o “¿cómo se compite sin humillar y se pierde sin destruirse?” permiten abordar la convivencia de manera concreta. El fútbol, con su pasión, competencia y deseo de ganar, también tiene límites, reglas y árbitros, enseñando que se puede competir sin dejar de reconocer al otro.

En Argentina, el Mundial adquiere una dimensión comunitaria particular, reuniendo a familias, amigos, escuelas y barrios. Por unas semanas, una emoción compartida parece ordenar la conversación pública, recordándonos que existen experiencias capaces de unirnos. Por eso, el Mundial no es solo fútbol, y las figuritas no son solo figuritas: son una oportunidad de aprendizaje. Los mejores aprendizajes a menudo surgen cuando los adultos sabemos leer aquello que ya está movilizando a los chicos, transformando un furor de temporada en una valiosa ventana para educar.

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