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Sistema previsional: la baja de natalidad no es la única causa del problema

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En los últimos días, una explicación simplificada sobre la sostenibilidad del sistema previsional argentino ha ganado terreno, atribuyendo la caída de la natalidad a la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) y, consecuentemente, un compromiso para el futuro de las jubilaciones. Sin embargo, un análisis más profundo revela que esta perspectiva es incompleta y puede ser engañosa, al mezclar procesos distintos y omitir factores económicos y sociales cruciales.

Expertos señalan que la demografía es solo una parte de la ecuación. Si bien el envejecimiento poblacional presenta desafíos, la informalidad laboral, los bajos salarios, la organización de los cuidados y la falta de crecimiento económico son elementos decisivos que impactan directamente la capacidad del sistema para financiarse. La discusión, entonces, debe ir más allá de la cantidad de nacimientos.

La caída de la fecundidad: un proceso anterior a la Ley IVE

Uno de los puntos clave para desestimar la relación directa entre la Ley 27.610 de interrupción voluntaria del embarazo y la baja de natalidad es el factor temporal. La ley entró en vigencia el 24 de enero de 2021, pero la marcada caída de la fecundidad en Argentina comenzó varios años antes, alrededor de 2014. En ese momento, la tasa global de fecundidad rondaba los 2,4 hijos por mujer. Para cuando la ley se implementó en 2021, ese valor ya se había reducido a aproximadamente 1,6, llegando a cerca de 1,3 en 2024.

Esto significa que la mayor parte del descenso ya estaba en curso mucho antes de la sanción de la norma. Para atribuir la caída de la natalidad a la ley de IVE, sería necesaria evidencia de estudios causales específicos que aíslen su efecto de otros cambios sociales, económicos y culturales. Dicha evidencia, con la solidez necesaria para una afirmación tan categórica, no existe actualmente en Argentina.

Múltiples factores detrás de la baja de natalidad

La natalidad y la fecundidad son fenómenos complejos que no responden a una única causa. Influyen factores como la expansión educativa de las mujeres, su participación laboral, la edad en la que establecen su primera unión, el acceso a métodos anticonceptivos, las expectativas sobre el futuro, la estabilidad de los ingresos, el costo de la vivienda, la disponibilidad de servicios de cuidado y la distribución de las responsabilidades familiares.

Los estudios internacionales sobre el impacto de las normas de interrupción voluntaria del embarazo suelen encontrar efectos más claros sobre la fecundidad adolescente que sobre la descendencia final de las mujeres. En Argentina, la fecundidad adolescente experimentó una caída pronunciada entre 2014 y 2024, pero esta reducción no fue compensada por un aumento equivalente de nacimientos en edades posteriores. Esto plantea una pregunta crucial: ¿por qué las mujeres adultas están teniendo menos hijas e hijos que generaciones anteriores?

La maternidad y la paternidad no ocurren en el vacío, sino dentro de una organización social determinada. Tener hijas e hijos supone tiempo, ingresos, organización cotidiana y redes de apoyo. En una sociedad donde criar implica altos costos económicos, jornadas laborales extensas, escasez de servicios de cuidado, viviendas caras, ingresos inestables y una distribución desigual del trabajo doméstico, la fecundidad tiende a reducirse.

La discusión pública, entonces, debería enfocarse en las condiciones concretas que facilitan o dificultan la decisión de tener hijos, más allá de la supuesta responsabilidad de una ley.

El mercado laboral, clave para la sostenibilidad previsional

El vínculo entre la natalidad y el sistema previsional también requiere matices. Si bien una fecundidad baja modifica la estructura etaria de la población a largo plazo y una sociedad envejecida enfrenta desafíos para financiar jubilaciones y cuidados, el sistema previsional no depende solo del número de nacimientos. También es crucial cuántas personas trabajan, cuántas consiguen empleos registrados, cuántas aportan de manera continua, la productividad de la economía, el nivel de salarios, la estructura tributaria, los procesos migratorios y la capacidad del Estado para financiar derechos sociales.

En América Latina, incluyendo Argentina, una parte fundamental del problema previsional reside en el mercado de trabajo. La informalidad laboral, la intermitencia contributiva y la expansión de ocupaciones sin protección social erosionan la base de aportantes mucho antes de que los efectos de la baja fecundidad se manifiesten plenamente. A esto se suma la precarización laboral, con formas de trabajo mediadas por plataformas y contratos débiles que trasladan riesgos a los trabajadores, afectando su capacidad de aportar hoy.

Las moratorias y jubilaciones no contributivas han sido, en parte, respuestas a trayectorias laborales marcadas por la informalidad, el desempleo y el trabajo doméstico no remunerado. La particularidad actual es que la precarización se extiende incluso a sectores que históricamente conformaron la base regular de aportes.

La caída de la natalidad es un fenómeno global que exige un análisis serio, evitando explicaciones simplistas. Países con larga experiencia en la legalización de la IVE y con políticas familiares más desarrolladas también enfrentan bajas tasas de fecundidad. La diferencia radica en que estas sociedades debaten cómo distribuir mejor los cuidados, cómo reducir los costos de la crianza, cómo compatibilizar empleo y familia, y cómo sostener sistemas previsionales en economías de mayor productividad.

La sostenibilidad previsional no se resolverá culpando a las mujeres o a una ley reciente, sino con una economía que genere empleos protegidos, políticas de cuidado que distribuyan responsabilidades, ingresos suficientes para proyectos familiares y un Estado que conciba el envejecimiento como parte de una estrategia integral de desarrollo. El problema no es solo cuántas personas nacerán mañana, sino las condiciones de vida que se construyen hoy.

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