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Gabino Ezeiza: el payador afro que fue precursor cultural y político

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En el vibrante Buenos Aires de 1858, en el corazón de San Telmo, nacía Gabino Ezeiza, un hombre que no solo se convertiría en el payador más célebre de su tiempo, sino también en un símbolo de identidad y resistencia para la comunidad afroargentina. Descendiente de esclavos, su infancia transcurrió en el barrio del Mondongo, donde la música y los rituales africanos se mantenían vivos, desafiando la opresión y forjando un legado cultural profundo.

La historia de Ezeiza, contada por el historiador Felipe Pigna, revela cómo la guitarra se convirtió en su voz y la payada en su tribuna. A los quince años, un regalo inesperado –una guitarra– transformaría su destino. Bajo la tutela de Pancho Luna, otro payador afro porteño, Gabino forjó su arte de la improvisación, una habilidad que lo llevaría a conquistar escenarios y corazones.

Innovación y Consagración en la Payada

Gabino Ezeiza no solo dominó la décima improvisada, sino que revolucionó la payada al introducir la milonga, un ritmo que aportó agilidad y una conexión más profunda con el pulso popular. Sus versos, que combinaban la destreza poética con una cruda realidad social, resonaban con la gente.

Yo canto para comer aunque el aplauso me halaga pero el pan de mis cachorros con aplausos no se paga.

A los 18 años, en 1876, sus primeros versos vieron la luz en el periódico La Juventud, pero sería en los escenarios donde su leyenda se consolidaría. La noche del 23 de julio, en el Teatro Artigas, frente al payador uruguayo Juan de Nava, Gabino Ezeiza protagonizó una epopeya de improvisación con su célebre décima a Paysandú. Esa actuación no solo lo consagró, sino que también marcó el 23 de julio como el Día del Payador, un legado que perdura hasta hoy.

Militancia y Legado Duradero

Más allá de su arte, Gabino Ezeiza fue un militante comprometido de la Unión Cívica Radical, acompañando a Hipólito Yrigoyen en actos políticos. Su voz, que se mezclaba con la multitud, fue escuchada por figuras como Carlos Gardel y José Razzano, quienes aprendieron de su estilo y maestría. Su presencia pública no era solo un acto artístico, sino también un acto de resistencia, erigiéndose como figura nacional en un país que, en ocasiones, intentaba invisibilizar a su comunidad afro.

La vida de Gabino Ezeiza llegó a su fin el 12 de octubre de 1916, a los 58 años, en su humilde casa de la calle Azul 92, en el barrio de Flores, Buenos Aires. Coincidentemente, ese mismo día Yrigoyen asumía la presidencia, marcando el inicio de una nueva etapa política para la nación. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Flores. En su honor, Gardel y Razzano entonaron Heroico Paysandú, perpetuando su memoria.

Gabino Ezeiza fue la voz negra del pueblo, el poeta improvisador que transformó la guitarra en tribuna y la décima en bandera. Su figura, que permanece como símbolo de identidad y lucha, nos recuerda que la rica cultura argentina se forjó también desde la raíz afro, desde los conventillos de San Telmo hasta los teatros de Montevideo, dejando una huella imborrable en la historia nacional.

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