Sociedad

El Gran Danzón: la historia del bar que sobrevivió a todas las crisis argentinas

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En un Buenos Aires que en 2001 se desmoronaba, con persianas bajas y la incertidumbre económica asfixiando cada rincón, un oasis se mantenía firme en la avenida Santa Fe. Luis Morandi, uno de los empresarios gastronómicos más influyentes del país, recuerda esa época con una mezcla de desolación y asombro. “Era todo un desierto, faltaban los fardos rodando; estaba deprimidísimo. Y de repente abrí la puerta del Danzón y había mucha gente. Tuve esa sensación de pensar que, con tanto lío alrededor, seguíamos vivos”, evoca Morandi, quien junto a su socia Patricia Scheuer, dio vida a El Gran Danzón, un referente ineludible de la gastronomía y la noche porteña.

Desde su apertura en 1998, El Gran Danzón ha sido testigo de innumerables noches memorables, desde un cumpleaños de Charly García a fines de los 90 hasta una velada con el DJ Paul Oakenfold. En un país donde los bares abren y cierran con la velocidad de un suspiro, este espacio logró mantenerse en pie durante 28 años, consolidándose como un hito de resistencia y adaptación.

De las ruinas a la «barra de las estrellas»

La historia de Morandi es tan particular como el éxito de su bar. Egresado del Liceo Naval y con estudios de Ingeniería en la UBA, su camino lo llevó a ser músico estable en la Filarmónica del Teatro Colón. Su trayectoria incluye hitos como tocar con Charly, abrir el Soul Café con el “zorrito” Fabián Von Quintiero y cocinarle ranas a la provenzal a Diego Maradona.

En 1997, Morandi encontró un local en ruinas en Barrio Norte, al que se accedía por una escalera angosta. Había sido el boliche Puerto Pirata en los 80 y luego un salón de fiestas infantiles. Allí conoció a Patricia, y juntos vieron el potencial para crear algo diferente. “En la inauguración del Danzón me pasé toda la noche subiendo a la terraza cada diez minutos para escuchar si salía ruido del bar, atento a si se quejaba algún vecino”, cuenta Morandi, reflejando la preocupación inicial por un proyecto tan ambicioso en una zona residencial.

El diferencial de El Gran Danzón, en un momento donde la coctelería estaba en declive y la industria del vino comenzaba a despuntar, fue revolucionario. “Nosotros abrimos el Soul Café en octubre del 95 y por suerte fue un lugar que arrancó bien. En ese entonces la industria del vino -los varietales- estaba mostrando un crecimiento y a mí me interesaba un lugar más dedicado a ese tema”, explica Morandi. La clave fue la icónica barra de 12 metros, apodada “la barra de las estrellas”, que ofrecía vinos de calidad por copa, algo inédito en Argentina. Este concepto, que hoy parece obvio, lo convirtió en el primer Wine bar del país, generando una gran aceptación.

Un semillero de talentos y la clave del boca a boca

El primer piso de la calle Libertad no solo fue un bar, sino un verdadero semillero de bartenders y sommeliers. Figuras como Tato Giovannoni, Inés de los Santos (quien trabajó siete años en el lugar), Ludovico de Biaggi y Andrés Rosberg, entre otros, se lucieron y forjaron sus carreras en este espacio. Morandi subraya la importancia de dar oportunidades: “Básicamente cuando ves a alguien que tiene talento y ganas de transpirar la camiseta, lo mejor que podés hacer es dejarlo hacer y acompañarlo. Y así la gente crece”.

A pesar de su ubicación en un primer piso y la ausencia de un cartel visible, El Gran Danzón creció gracias al boca a boca. “Nunca pusimos cartel en la entrada. De hecho, nuestro lema era ‘el que tiene que llegar, va a llegar’”, afirma Morandi, desafiando la lógica de la visibilidad. La estrategia, o la falta de ella, funcionó, demostrando que la calidad y una propuesta innovadora pueden trascender las barreras físicas y la publicidad tradicional.

En la era digital, Morandi mantiene una postura firme respecto a los influencers: “Nunca invertimos en relaciones públicas. Es decir, tenemos gente de redes que trabaja muy bien y eso lo hacemos. Subimos el mejor contenido que podemos y listo”. Cuestiona el expertise de muchos influencers y sus tarifas, priorizando el contenido genuino y la calidad del servicio.

Innovación acústica y resiliencia en tiempos de crisis

Uno de los mayores desafíos fue la acústica del local, ubicado en un edificio con ocho departamentos vecinos en Barrio Norte. Morandi desmiente el mito de haber contratado a un ingeniero de la NASA, pero confirma que acudieron a un experto, el ingeniero Fenzi, un “genio” que estaba desarrollando proyectos para Boeing y un auditorio en la India. La solución fue radical: construir un local dentro de otro, una “caja desvinculada de las medianeras, del piso y de todo”. Esta inversión millonaria aseguró que, a lo largo de casi tres décadas, nunca tuvieran un problema de ruidos molestos con los vecinos.

La resiliencia es una de las marcas de El Gran Danzón. Morandi lo compara con un “barquito” que ha navegado por aguas tranquilas y turbulentas. “Lo importante es estar siempre aggiornado y mantenerse. En su momento éramos pioneros en el mundo del vino. Ahora tenés todo al alcance y la cantidad de vinos que hay es atroz. Nosotros tratamos de mantener el rumbo, siempre”, reflexiona. Para él, el secreto es la constante búsqueda de la excelencia y la adaptación, como una banda de rock que debe seguir componiendo éxitos para mantenerse relevante. “Este lugar tiene más de 20 años y parece que hubiera abierto hace 15 días”, cita Morandi, resumiendo el espíritu de un bar que se reinventa sin perder su esencia.

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