La Tortuga Pintora: casi medio siglo de arte en Villa del Parque
En 1979, el Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque (GEVP) abrió sus puertas a un proyecto que marcaría a varias generaciones. Cristina ‘Tina’ Tintpilver, impulsada por su propia infancia sin talleres de arte, fundó La Tortuga Pintora, un espacio de experimentación y creatividad que hoy, 46 años después, sigue vigente y es un refugio frente al vértigo tecnológico.
El taller, cuyo nombre fue elegido por los primeros alumnos, comenzó su andadura sin un espacio fijo, con un armario rodante que transportaba los materiales. En sus inicios, cada clase superaba los treinta chicos, un testimonio de la necesidad de un lugar donde la expresión artística fuera libre y sin restricciones. Cristina priorizó desde el primer día la experimentación, el trabajo grupal, el modelado en arcilla y la creación de murales, actividades que rara vez se encontraban en la educación formal de la época.
Yo hice una planificación diferente a la que estaba en práctica en la escuela. Priorizaba la experimentación y el trabajo directo con materiales que, en general, en la escuela no usan. Porque no tienen tiempo ni el lugar adecuado, salvo en escuelas privadas de más poderío económico.
La filosofía de La Tortuga Pintora siempre se basó en la libertad creativa: no importaban las manchas en el piso ni el tamaño de las obras. La consigna era clara: “nada está mal, todo puede rehacerse”, un principio que fomenta la creatividad sin juicios y el valor de lo hecho a mano.
Un legado que se transmite de madre a hija
El proyecto familiar y comunitario de La Tortuga Pintora se consolidó con la incorporación de Melina Saredo, la hija menor de Cristina. Melina, quien literalmente gateó entre pinceles y papeles en el taller, siguió los pasos de su madre, formándose en escultura y arte electrónico. Desde hace más de veinte años, Melina es un pilar fundamental en el sostenimiento del taller, garantizando la continuidad de este espacio intergeneracional.
Los murales, como el elaborado con baldosas junto a las familias, se convirtieron en símbolos de la conexión comunitaria. Melina destaca la importancia de estas obras colaborativas:
Uno de los murales que nombró Tina, el de las baldosas, tiene un trasfondo importante: el vínculo con las familias. Durante el año hacemos encuentros en los que participan todos, no solo los chicos. En esas ocasiones realizamos obras colaborativas. Por ejemplo, el mural de las baldosas quedó expuesto dentro del club. A veces camino por ahí y los chicos que participaron me dicen: «Sigue estando mi baldosa».
El vínculo de la familia con el GEVP es anterior a la fundación del taller. Los abuelos de Cristina se conocieron en los bailes de carnaval del club en la década del 40. Su abuelo fue parte de la comisión directiva y su padre, Alberto Tintpilver, dibujante técnico y publicista, se encargaba de la prensa y la propaganda, incluso creando escenografías para los famosos carnavales que competían con otros clubes. La madre de Cristina, María del Carmen Hue, jugaba al tenis. Cristina y sus tres hijos –Mariel, Adrián y Melina– también crecieron practicando diversas disciplinas deportivas en el club, que siempre fue un segundo hogar para ellos.
El desafío de persistir en la era de las pantallas
En la actualidad, La Tortuga Pintora enfrenta nuevos retos. La proliferación de las pantallas y el consumo digital ha modificado las preferencias de los niños y adolescentes, haciendo más difícil atraerlos al trabajo manual y artístico. Sin embargo, cada semana, un grupo de chicos elige desconectarse para sumergirse en la pintura, el modelado y la conversación cara a cara.
El taller mantiene firme su compromiso con el uso de materiales reciclables, enseñando a los alumnos a transformar objetos cotidianos en creaciones artísticas. Esta práctica, además de fomentar la conciencia ambiental, refuerza una conexión psicopedagógica esencial:
Hay una relación entre la mano y el cerebro. Cuando escribís, cuando experimentás con materiales, se genera una conexión que no existe apretando solo un botón. Por eso muchos chicos hoy no saben leer cursiva ni dominan la escritura: no tienen entrenada la mano. El arte permite entrenar esa conexión. En nuestro taller no existe el “está mal”. Si algo no salió como esperaban, lo pueden rehacer, y va a salir diferente. Aquí no se tira nada.
Las ayudantes actuales del taller son ex alumnas que, de niñas, aprendieron a pintar y modelar en el mismo espacio. Incluso una de las nietas de Cristina cumple ese rol, demostrando cómo el legado se transmite no solo de madre a hija, sino a través de toda una comunidad. En cada rincón del GEVP, hay quienes recuerdan haber pasado por La Tortuga Pintora, un testimonio de la huella imborrable que este taller ha dejado en Villa del Parque.

