Abusos en Palermo Chico: el «Yubi Dubi» y la red de manipulación de Marcelo Porcel
“¿Hacemos hoy el Yubi Dubi?” La pregunta, en referencia a una canción infantil, era la señal en un grupo de WhatsApp que activaba las juntadas de fin de semana para un grupo de compañeros de 13 años del colegio Palermo Chico. La particularidad: entre los adolescentes se encontraba Marcelo Porcel, padre de uno de los chicos y único adulto, quien entonces tenía 47 años. El empresario está procesado, acusado de haber abusado sexualmente y corrompido al menos a diez menores, utilizando el mismo método en otros grupos de amigos de sus cuatro hijos varones.
Cinco de los jóvenes que lo denunciaron, acompañados por sus madres, se reunieron con LA NACION para relatar el calvario. A pedido suyo, se mantuvieron sus identidades a resguardo y se utilizaron nombres ficticios. Durante un encuentro de más de tres horas, narraron el método que, según denunciaron en la Justicia, Porcel utilizó para ganar la confianza de los adolescentes y sus padres, instándolos a tomar alcohol, a exhibir sus partes íntimas y a recibir masajes que, en ocasiones, incluían manoseos de genitales. También describieron los mecanismos para mantener el secreto y el arduo proceso que les permitió contar a sus padres lo ocurrido y radicar la denuncia.
Los cinco chicos se mostraron firmes y elocuentes. Marcos, uno de ellos, admitió haber tenido un año difícil. Su madre recuerda con dolor:
Nosotros no vimos a Marcos sonreír en todo 2025
Madre de uno de los chicos abusados
y agrega: “Lo primero que lo hizo sonreír fue la nota de LA NACION”. Su hijo completó la idea: “Ahora, por una vez, nos sentimos empoderados, acompañados”. Esa tarde, las madres se conmovieron. El relato de los hijos, ahora con la secundaria a punto de terminar, las enfrentaba constantemente a los sentimientos de impotencia, remordimiento y culpa.
El origen de Yubi Dubi y los juegos de Porcel
El primero de los encuentros “Yubi Dubi” fue en el departamento familiar de los Porcel, a mediados de 2022. Estaban dos de los hijos del empresario y cuatro amigos del colegio. Marcelo Porcel se sumó al grupo. “Cuando entramos y estaba él, fue raro, pero fue mucho más cómodo, porque nos proporcionaba todo, no teníamos riesgo de nada”, cuenta José. El “todo” al que se refiere José es el alcohol y las recompensas en dinero que les ofrecía a cambio de algunas pruebas. Porcel les proporcionaba vodka y los instaba a tomarlo. “El que se toma un fondo blanco en 15 segundos cobra”, ofrecía, dejando un fajo de dinero sobre la mesa. En ese primer encuentro se estableció “Yubi Dubi” como código de los encuentros clandestinos, con el sobreentendido de que lo que allí ocurría no debía compartirse con los padres.
El segundo encuentro fue en la oficina de Porcel en Callao y Libertador. Nicolás relata:
Éramos cinco chicos y él. La oficina estaba vacía
Nicolás, una de las víctimas de Porcel
Además de la ingesta de alcohol incentivada por dinero, se sumó un elemento extra: “(Porcel) agarró un billete y dijo: ‘Hay 500 pesos para el que dé una vuelta en culo alrededor de la mesa’”, relata Nicolás. Era 2022, en la previa al Mundial de Qatar, y los chicos estaban intentando llenar el álbum. “Nosotros nos mirábamos, nos reíamos y, medio entonados, y lo hacíamos”, recuerda el adolescente.
El “padre copado” y la construcción de confianza
La clave que, según las denuncias, le permitió a Porcel abusar de varios menores amigos de sus hijos es que no solo se insertaba en los grupos de adolescentes como proveedor de dinero y alcohol, sino que también lograba la confianza de los padres. Se mostraba cercano con los hijos y una solución cómoda para los padres. Era “el padre copado”, coinciden varias de las madres, el que siempre estaba disponible para llevar a los chicos, organizar planes o resolver problemas. “Era el que hacía cosas que ningún otro padre hacía”, recordó una de ellas. Esto incluía llevar a los chicos a partidos de fútbol en sedes lejanas los sábados a la mañana, o buscarlos tarde, luego de las juntadas. “Primero ganó nuestra confianza. Nosotros le abrimos la puerta”, dijo entre llantos otra de las madres.
Porcel fue un paciente orfebre a la hora de construir la confianza. Había padres que compartían cumpleaños, partidos de fútbol, viajes y reuniones con Porcel. El empresario invitaba y se ocupaba de todo: sacaba las entradas para el teatro y las reservas de mesa en los restaurantes, incluso en los que tenía su hermano, un reconocido chef. Porcel ponía a disposición la infraestructura de una familia millonaria. El padre de Marcelo, Néstor, fue el creador del Banco de Liniers y de Argencard, un imperio financiero que se vendió en los años 90 por centenares de millones de dólares. Desde entonces, los tres hermanos comparten los negocios agropecuarios en Cañuelas y mantienen sus vidas comerciales separadas en otras áreas. Claudio Porcel es el CEO de Balanz; Andrés Porcel, chef y creador de Chila, y Marcelo Porcel está a cargo de los negocios agropecuarios de la familia, además de ser uno de los socios de la empresa que originalmente se quedó con la concesión del shopping Oh! Buenos Aires, ex Design, en Recoleta. Junto a su departamento y su oficina, Porcel utilizaba su casa de verano en la Torre Le Parc, de Punta del Este, y su campo en Cañuelas. Esa fue la escenografía de poder y dinero que usaba para fomentar los encuentros con los menores amigos de sus hijos.
Masajes, incomodidad y el inicio del fin del silencio
Marcos, otra de las víctimas, no pertenecía al grupo “Yubi Dubi”, pero describe un sistema similar. A la 1 de la mañana del domingo 27 de marzo de 2022, en la casa de campo de los Porcel en Cañuelas, luego de una fiesta con alcohol, se propuso bajarse los pantalones para mostrar sus partes íntimas. Según Marcos, Porcel estaba presente y comentó: “A eso se lo llama pito lápiz”. Marcos se sintió incómodo y semanas más tarde, al enterarse de que Porcel estaría por su casa, se asustó y le pidió a sus padres que nunca más se juntaran con él. Aunque le preguntaron, Marcos no entró en detalles. “Conté cosas como el alcohol, que me había ofrecido masajes cuando era más chico y otros episodios, pero trataba de omitir las cosas que eran más dolorosas para mí, porque ni yo lo podía procesar en ese momento”, dice Marcos. Su madre lamenta: “Nosotros no hicimos nada con esto que nos dijo. Con mucha vergüenza te lo digo”.
Otro episodio ocurrió durante un viaje a Florencia, Italia, donde coincidieron la familia Porcel y la de Nicolás. La última noche, Porcel proveía tragos que la madre del menor pensaba que eran gaseosas, pero eran gin tonic. Nicolás convenció a su madre de dejarlo pasar la noche en la casa de Porcel. En la caminata de vuelta, Porcel le dijo a Nicolás: “Si vos, para ser millonario, te tenés que dejar tocar por un millonario, dejalo”. También le dijo que sería su socio y modelo de ropa interior. Cuando ya estaba acostado, Porcel entró y comenzó a masajearlo. Su hijo se dio vuelta contra la pared diciendo: “No rompas las pelotas con los masajes papá; me quiero ir a dormir”. Pero, según el relato de Nicolás, Porcel continuó. Comenzó por los gemelos y subió por las piernas. Cuando introdujo su mano debajo de los calzoncillos, Nicolás se sintió muy incómodo.
Me tiraba para atrás, pero estaba contra la pared y ya no sabía qué hacer
Nicolás, una de las víctimas de Porcel
Más tarde, quiso ir al baño, pero vio a Marcelo parado en la puerta del cuarto y desistió. Se asustó, pero no le dijo nada a sus padres.
José tuvo una experiencia similar de masajes que derivaron en un manoseo de sus partes íntimas en el campo de Cañuelas, luego de un partido de fútbol. Se sintió incómodo, pero no les dijo nada a sus padres. Sin embargo, pronto comenzó a insistir en que quería cambiarse de curso en el Palermo Chico para no compartir aula con el hijo del empresario. Su desgano asustó a su madre, que le pidió una razón sólida. Ahí fue donde José le terminó contando de las reuniones con alcohol que organizaba Porcel, pero aún no de los masajes. Los rumores que comenzaban a circular en otros cursos del colegio hicieron dudar a la madre de José, que organizó varias reuniones con otras madres, y también con la de Nicolás. Consultado en la mesa familiar, Nicolás narró algunos episodios, pero no los más graves. Mientras levantaban los platos, sin embargo, Nicolás llamó aparte a su madre. “Mamá, ¿te puedo contar algo más?”, le preguntó. “Yo me imaginé todo, ya sabía qué me iba a decir”, confiesa la madre. Fue el inicio. El cerco de silencio alrededor de Porcel comenzó a desmoronarse. A partir de ese momento, las madres empezaron a hablar. De a poco, en medio del horror, empezaron a desandar el camino de sus hijos: primero el consumo inducido de alcohol y las recompensas por tomar más; luego, los juegos de paseos desnudos por dinero y, finalmente, los abusos físicos directos bajo la excusa de los masajes. Convencidos de la gravedad de la situación, los chicos y sus familias avanzaron con la denuncia judicial.

