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Messi lloró y la Selección Argentina se desahogó: agónica victoria 3-2 ante Egipto

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ATLANTA.- La Selección Argentina vivió una jornada de emociones extremas al vencer 3-2 a Egipto en los octavos de final del Mundial 2026. Un encuentro que, más allá del análisis táctico, se vivió en carne viva, con el capitán Lionel Messi como epicentro de un desahogo colectivo que incluyó lágrimas y una conexión inquebrantable con la hinchada.

El partido dejó en claro que, si bien el equipo aún debe ajustar cuestiones para avanzar, la identificación con el público es un valor que trasciende el resultado. La atmósfera en el estadio de Atlanta recordó a la de cada domingo, con un fervor que activó una fibra profunda en el sentimiento futbolero argentino.

El legado de Qatar y la dificultad de ganar después de ganar

Esta selección sigue construyendo recuerdos, tal como lo hizo en el Mundial de Qatar, que fue mucho más que un título. Momentos como el gol de Messi a México, el final apretado contra Australia, los penales con Países Bajos y el subibaja emocional del 18 de diciembre de 2022, forjaron un vínculo único. Este Mundial ratifica la dificultad de jugar bien después de haber ganado, y de ganar de una forma que parece destinada solo a elegidos.

La victoria 3-2 ante un bravo Egipto se explica en la capacidad de adaptación del equipo, en su resiliencia para nacer abajo y buscar la remontada, y en su habilidad para acomodarse en la hostilidad. Se juega como se vive, y esta idiosincrasia se refleja en el germen del triunfo.

Liderazgo compartido: Scaloni y Messi, pilares de la remontada

Toda misión necesita un líder, y la Selección Argentina cuenta con dos. Por un lado, el técnico Lionel Scaloni, quien junto a sus ayudantes, planifica y se adapta al rival, pero fundamentalmente cree en el corazón del equipo. Por otro, el capitán Messi, que no se resigna y empuja incluso cuando todo parece salir mal.

Messi, que ya lo ganó todo y hace tres años había insinuado su retiro, parece haber meditado mejor su continuidad. En el partido contra Egipto, falló un penal, tuvo dificultades con los centros, los pases y las gambetas. Entonces, volvió a sus orígenes, se volcó a la derecha buscando un mano a mano, en lo que parecía un posible preludio de despedida de los mundiales. Sin embargo, generó un córner, un centro picante, otro que derivó en el gol del descuento y el estímulo para el empate. Luego, le indicó a un compañero que abriera más la cancha, lo que desencadenó la jugada que valió la explosión.

Lloró. Lo moviliza lo mismo que le brotaba en Grandoli y en Newell’s antes del exilio privilegiado: las ganas de jugar, de ganar, de volver a hacerlo.

El fútbol sin Lionel Messi será peor, y a Messi sin el fútbol también cuesta imaginarlo.

Emoción y jerarquía: claves de una victoria sufrida

La Selección Argentina rompió el lugar común de que los equipos importantes ganan con comodidad a los rivales menores. Perforó la idea de que sin sufrimiento no vale, y elevó la vara a que, sin emoción, solo sería un deporte. La jerarquía se manifestó en la virtud de hacer algo distinto en los momentos más difíciles, combinando técnica y personalidad.

El centro de Lautaro Martínez fue de la mano con la perfección, y el cabezazo de Enzo Fernández lo igualó en valor, al igual que el quite imperial de Leandro Paredes o el cabezazo de Cristian Romero. El equipo lució vulnerable en algunos momentos, y algunos de sus jugadores clave estuvieron por debajo de su nivel habitual. Sin embargo, Argentina atacó mejor que en partidos anteriores, y la eliminación temprana se sentía injusta.

Para quienes tuvieron la dicha de vivirlo, padecerlo y disfrutarlo con seres queridos, el purista que mañana recuerde que se depositó demasiado en el fútbol, quizás tenga razón. Pero ahora, con el murmullo de “ya ganamos la tercera” y despidiendo a los compañeros de sufrimiento, a casi nadie le importa. Mañana, cuando de esta jornada queden solo los recuerdos, tampoco importará.

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