Colectivos de colección: el negocio de la nostalgia y los secretos del transporte porteño
Una pareja llegó a su boda en el colectivo 109, la misma línea que los unió en sus viajes diarios al trabajo. Este hecho, que parece salido de otra época, ilustra la profunda conexión emocional que muchos argentinos mantienen con el transporte público, particularmente con los icónicos colectivos que marcaron el pulso de Buenos Aires durante el siglo XX.
El recuerdo de levantar el brazo en la vereda, correr para alcanzar el vehículo o, incluso, viajar colgado de la baranda cuando la capacidad estaba colmada, son postales de un pasado analógico que, aunque hoy suene lejano, sigue vivo en la memoria colectiva. Poetas como César Mermet, rescatado póstumamente por Félix della Paolera y Pedro Mairal, ya inmortalizaban esos gestos cotidianos en sus versos.
El nacimiento de un ícono porteño: del «taxi-colectivo» al fileteado
El colectivo, tal como lo conocemos, es un invento netamente argentino, surgido en Buenos Aires a fines de la década de 1920. La idea nació de un grupo de taxistas que, ante la feroz competencia de trenes, tranvías y subtes con pasajes más económicos, encontraron una solución ingeniosa: fijar un recorrido, poner un cartel en el frente del auto y subir a varios pasajeros. El primer viaje oficial de este «taxi-colectivo» se realizó el 24 de septiembre de 1928, cubriendo la ruta entre Lacarra y Plaza Primera Junta, con un costo de 10 centavos por tramo.
En 1932, la Municipalidad reglamentó el servicio, asignando líneas del 1 al 69 y estandarizando medidas y cantidad de asientos. Fue entonces cuando los colectivos comenzaron a adornarse con el distintivo fileteado porteño, convirtiéndose en un símbolo inconfundible de la ciudad. Con el tiempo, su tamaño creció, los chasis evolucionaron y Mercedes Benz monopolizó el mercado. Los modelos con motor delantero dieron paso a los frontales modernos y, más tarde, a los vehículos de piso bajo y articulados. Hoy, cerca de 400 líneas operan solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, y algunos de aquellos vehículos de las décadas del 60, 70 y 80 aún existen, restaurados y con su mecánica original intacta.
Fernando Goldschmidt: el rescate de la historia sobre ruedas
Fernando Goldschmidt, de 55 años, dedicó más de tres décadas a rescatar vehículos de colección. Su empresa, Hupmobile —nombre de su auto insignia, una marca estadounidense que cerró en 1941—, se especializa en autos de los años 30, limusinas y, especialmente, colectivos de las décadas del 60, 70 y 80. Estos tesoros rodantes se alquilan para casamientos, producciones audiovisuales y paseos turísticos, transformando la nostalgia en un negocio singular.
La pasión de Goldschmidt se forjó desde niño, acompañando a su padre en la venta de autos usados. A los 18 años, compró un Fiat 600 modelo 1966 y, tras llevarlo a exposiciones, concibió la idea de venderlo para adquirir un auto antiguo y alquilarlo para eventos. El 10 de agosto de 1991, con el Hupmobile que su padre le ayudó a comprar, llevó a la primera novia a la iglesia, marcando el inicio de su emprendimiento. Tardó diez años en convertirlo en su trabajo a tiempo completo, impulsado por la fascinación que el auto generaba en la gente.
La flota de la memoria: «¡Yo viajaba en este cuando era chico!»
La flota de Goldschmidt se amplió y hoy opera a través de una red de dueños de vehículos de colección, quienes conducen sus propios rodados, ya que son quienes mejor los conocen y cuidan. Fernando los encuentra en exposiciones, casamientos o incluso en la calle, y si un cliente busca un modelo que no tiene, emprende lo que él llama «el desafío» de localizarlo. Mario Amorosi, quien le vendió el Hupmobile hace 35 años, ahora forma parte de esta red.
A lo largo de su carrera, Goldschmidt ha interactuado con diversas celebridades y artistas. Durante la filmación de Yo soy así, Tita de Buenos Aires, el actor Mario Pasik le prometió que su nombre aparecería en la película. También compartió un asado con León Gieco en un videoclip. «Gracias a mi trabajo me toca estar en lugares y situaciones que de otra forma serían imposibles», asegura.
Su padre sigue colaborando en el taller de Villa Devoto, donde guardan algunos vehículos y resuelve los imprevistos mecánicos, mientras su esposa Karina, con quien lleva 26 años, lo asiste en la organización de paseos turísticos. Entre todos los vehículos, los colectivos son los que más atraen la atención del público. Sus dueños, en muchos casos, los mantienen en honor a padres o abuelos que fueron choferes. «Al público le fascina verlos», comenta Fernando. «Siempre aparece el comentario: ‘¡Yo viajaba en este cuando era chico!’ o ‘Tenía un familiar que manejaba uno’. Todo el mundo se quiere sacar una foto». Eventos como «Calesita», donde estas unidades transportan gratuitamente a comensales entre restaurantes, evidencian el entusiasmo que generan.
El arte de conducir: cambios, boletos y un costo humano
Manejar los colectivos de antaño era un verdadero arte, explica Fernando: «El chofer tenía que pasar los cambios, cobrar el boleto y dar el vuelto, todo al mismo tiempo. No eran automáticos». Esta multiplicidad de tareas, en vehículos cada vez más grandes, tenía un costo humano significativo. Un informe de 1989 de la Universidad de Buenos Aires y el gremio de conductores reveló que el 40 por ciento de los choferes estaba bajo tratamiento por trastornos neuropsiquiátricos.
La eliminación del cobro a bordo en 1991 marcó un antes y un después. Los colectivos continuaron modernizándose, pero perdieron aquella escala humana. Sin embargo, algunas unidades se quedaron en el tiempo, atesoradas por quienes comprenden su valor y la historia que guardan. Fernando Goldschmidt destaca la importancia de la constancia y el buen trabajo, y confiesa que lo que más disfruta es la satisfacción de sus clientes, quienes reviven un pedazo de su propia historia cada vez que se suben a uno de sus vehículos restaurados.

