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Selección Argentina: los dilemas de Lionel Scaloni ante la alarmante pérdida de identidad del campeón

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La Selección Argentina atraviesa un inesperado laberinto futbolístico. El equipo que supo deslumbrar al mundo con su fluidez, control y templanza hoy se muestra irreconocible, incómodo y vulnerable en el campo de juego. Bajo la conducción de Lionel Scaloni, el seleccionado nacional parece haber extraviado su ADN, sumergiéndose en una confusión táctica donde la acumulación de delanteros reemplaza al juego asociado y la histórica «sala de máquinas» del mediocampo luce completamente desarticulada.

Este bache futbolístico no es una novedad absoluta, sino la profundización de un proceso de desgaste. Como informó este medio Crisis de identidad: Argentina sufre y Scaloni tiene tres días para recuperar la esencia antes de Egipto, la crisis de identidad ya se había hecho palpable en las horas previas al cruce con Egipto, desnudando las dificultades del cuerpo técnico para recuperar la esencia que llevó al país a lo más alto del fútbol mundial.

La evolución de Scaloni: del vértigo al pragmatismo

Para entender el presente es necesario revisar el origen de este ciclo. En 2018, cuando asumió de forma interina tras el fracaso en el Mundial de Rusia, la idea original de Lionel Scaloni distaba mucho del juego de posesión que luego lo consagraría. Influenciado por un workshop de la FIFA en Londres, donde constató que la campeona Francia había estado entre los últimos puestos de tenencia de pelota, el DT buscaba un fútbol directo, de transiciones veloces y finalizaciones rápidas.

“Me gusta que mi equipo ataque. Si puede llegar en tres segundos al área contraria, mejor, porque cuanto antes llegue, al rival lo vas a encontrar peor parado. Pienso que lo importante es que el jugador sepa entender que cuando recupera la pelota, la recupera para atacar y no por la posesión en sí”, explicaba el DT en sus comienzos.

Sin embargo, la maduración del plantel y la incorporación plena de Lionel Messi al proceso en 2019 obligaron al entrenador a recalcular. Scaloni demostró una enorme virtud: escuchar la cultura del futbolista argentino. Dejó de lado el vértigo europeo para abrazar la pausa y la tenencia asociada, una fórmula que se consolidó en la Copa América 2021 y alcanzó su máxima expresión en el Mundial de Qatar 2022. El pragmatismo inteligente reemplazó al dogmatismo. Como solía decir Carlos Bianchi: «Solo los idiotas no cambian».

Un mediocampo desmantelado y la acumulación de delanteros

Hoy, aquel virtuoso equilibrio parece haberse roto. La Selección Argentina ya no se defiende con la pelota ni la utiliza para lastimar. Ante las dificultades para generar juego limpio, el equipo se ha vuelto previsible y pastoso. La preocupante falta de funcionamiento quedó expuesta en los recientes compromisos frente a Egipto y Suiza, donde el cuerpo técnico recurrió a la desesperada acumulación de atacantes en lugar de apostar por el reordenamiento del mediocampo.

Contra Egipto, Scaloni llegó a juntar en cancha a Leandro Paredes, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister junto a Messi, Lautaro Martínez, Julián Álvarez y Nicolás González. Frente a Suiza, el panorama fue similar, terminando el encuentro con una alarmante cantidad de hombres de ataque y sin un nexo claro en la zona de gestación. Esta desorientación no solo se traduce en la pizarra, sino también en la actitud de los futbolistas: el propio Cuti Romero confesó que, ante la desesperación frente a Egipto, decidió ir a presionar al área rival por motu proprio, evidenciando la falta de directivas claras desde el banco de suplentes.

La jerarquía individual como único argumento

Sin un plan de juego colectivo que sostenga la estructura, la Selección depende exclusivamente de destellos individuales. La vigencia inagotable de Lionel Messi, las apariciones providenciales de Emiliano «Dibu» Martínez y el olfato goleador de Julián Álvarez —quien calcó un gol idéntico al que le convirtió al Real Madrid jugando para el Atlético de Madrid el 4 de marzo de 2025— sostienen la ilusión del equipo. Sin embargo, la jerarquía individual es un analgésico, no una cura para un equipo que ha perdido el control de su propia identidad.

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