Milei reivindicó a Adam Smith: la teoría económica detrás del ajuste y la inflación
El 18 de marzo de 2026, el presidente Javier Milei encabezó un homenaje a Adam Smith en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad, conmemorando los 250 años de la publicación de su obra magna La riqueza de las naciones. Milei reivindicó a Smith como el “padre de la economía”, destacando la influencia de sus ideas en la política económica actual.
Sin embargo, la figura de Smith no genera consenso unánime entre los economistas libertarios. Su colega y mentor, el economista libertario Jesús Huerta de Soto, referente de la escuela austríaca en España, ha cuestionado el legado de Smith. Para Huerta de Soto, el clásico escocés fue el gestor de una idea económica de efectos perniciosos: la teoría del valor objetivo de las cosas. En sus Estudios de economía política, Huerta de Soto argumenta que Smith abandonó el análisis del valor basado en la utilidad subjetiva, planteado por los escolásticos tardíos de la Escuela de Salamanca, para centrarse en el costo del trabajo asociado a la producción, lo que con el tiempo daría pie a la formulación de la teoría marxista.
La paradoja del agua y el diamante: el debate sobre el valor
Callum William, en el libro The Classical School, sostiene que Adam Smith había recibido de su maestro Francis Hutchenson una concepción subjetiva del valor de los bienes de raíz aristotélica (valor de uso o utilidad subjetiva) como determinante de los precios. Smith, sin embargo, la rechazó, utilizando la famosa paradoja del diamante y el agua. Argumentó que el agua se valora por su uso porque no cuesta obtenerla, mientras que el diamante, con escaso valor de uso, es caro por el “valor de cambio” que representa el trabajo para extraerlo.
Esta distinción entre valor de uso y valor de cambio sirvió de fundamento a Smith para explicar la determinación de los precios. Desglosó el precio en dos categorías: el “precio natural”, suma de los costos de salarios, beneficios y renta; y el “precio de mercado”, el valor real de venta que fluctúa según la oferta y la demanda. Para Smith, el precio natural, derivado del costo de producción, reflejaba el valor de cambio intrínseco de un bien, y el precio de mercado tendía a converger con este en un entorno de competencia.
De Smith a Marx y la revolución marginalista
La teoría objetiva del valor de Smith, junto con argumentos de David Ricardo, fue la base para que Karl Marx dedujera la teoría del valor trabajo. Marx postuló que el precio de un bien está determinado por el “trabajo socialmente necesario” para producirlo. Según esta visión, el trabajo genera todo el valor, pero el trabajador recibe solo un salario de subsistencia, lo que permite al capitalista apropiarse del excedente al vender el bien. A esto lo denominó “plusvalía”, una explotación de la clase obrera que impulsa la acumulación capitalista.
La reacción a las derivas marxistas y su correlato en la lucha de clases impulsó replanteos teóricos. Ya varios economistas clásicos habían advertido la circularidad de la teoría objetiva del valor, donde los costos determinan los precios, pero los factores de producción se contratan a precios que también dependen de costos. La revolución marginalista de la década de 1870, liderada por economistas como Carl Menger, William Stanley Jevons y Léon Walras, resucitó la teoría subjetiva del valor. Esta postula que el precio se fija por la utilidad marginal que brinda el bien, es decir, el valor que una persona le otorga a la última unidad consumida. Así, la abundancia del agua le da una utilidad marginal baja, mientras que la escasez del diamante le confiere una utilidad marginal altísima.
El cálculo económico y la distorsión argentina
La teoría subjetiva resuelve la paradoja del agua y el diamante: si un bien es escaso, es la utilidad subjetiva la que determina el precio que se está dispuesto a pagar. Este precio, en un mercado competitivo, condiciona el costo al que el empresario puede contratar los factores y producir el bien. Si bien Alfred Marshall intentó conciliar ambas visiones con las curvas de oferta y demanda, la presencia de los costos en la determinación de precios (aun como costos de oportunidad) perpetuó un sesgo a priorizar los costos sobre la valoración subjetiva del consumidor.
Cuando esta lógica se subvierte, las señales de precios se distorsionan, afectando el cálculo económico y llevando a una asignación ineficiente de recursos, lo que aborta la acumulación de capital y la creación de riqueza. La imposibilidad del cálculo económico en sistemas comunistas fue analizada por Ludwig Mises y Friedrich Hayek, quienes argumentaron que la planificación central no puede procesar el conocimiento disperso necesario para asignar recursos eficientemente.
Sin embargo, existen “capitalismos malos”, como los describió William Baumol, que también reprimen y distorsionan el sistema de información. Este es el caso del capitalismo corporativo argentino, caracterizado por ser autárquico, poco competitivo, con mercados cautivos y procesos inflacionarios crónicos que distorsionan el cálculo económico.
Desde 1930 hasta la actualidad, en solo 27 de los 96 años transcurridos, Argentina tuvo inflaciones inferiores al 10%, concentrándose la mayoría de esos períodos al principio o durante la convertibilidad. La cronicidad inflacionaria destruyó la moneda, premiando al “gerente financiero” por encima del “gerente de planta”. El repliegue y la sustitución de importaciones, primero por necesidad y luego por ideas corporativas, modelaron una estructura productiva que derivó en “pobrismo distributivo” y “capitalismo de amigos”. Con precios distorsionados por la inflación y la alta protección, el cálculo económico se centró en arbitrar brechas cambiarias, stockearse o negociar subsidios, haciendo que los costos fueran los formadores de precios, con nefastas consecuencias para la inversión y la productividad.
La estructura corporativa que prosperó con el mark-up sobre costos y la protección de la competencia atraviesa ahora un proceso de cambio traumático. Muchos sectores descubren la inviabilidad de sus modelos de negocio sin el “muro” arancelario o la restricción a la competencia, lo que genera presión política para regresar al esquema anterior. Los sectores productivos exportadores, que deben asumir precios internacionales y alinear costos para ser competitivos, son los primeros en recalcular. Una nueva estrategia productiva de valor agregado exportable busca transformar al resto de los sectores hacia la lógica de que los precios condicionan los costos. Con estabilidad, avance en reformas estructurales, un tipo de cambio apreciado por ganancias de productividad y un Estado austero, se espera que la transición a este nuevo modelo productivo sea menos traumática.

