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Milei, el «topo» y la destrucción del Estado: ¿Argentina necesita un «castor»?

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El presidente Javier Milei llegó al Gobierno con una declaración contundente: se autodefinió como un “topo que vino a destruir el Estado desde adentro”. Esta metáfora, que evoca a un animal que socava estructuras de forma casi invisible, ha reabierto el debate sobre el rol y la calidad del aparato estatal en Argentina.

La visión de Milei contrasta con la figura del castor, un constructor nato, diseñador de entornos y animal cooperativo que transforma su ecosistema. Metafóricamente, un castor representaría un constructor estatal inteligente, capaz de generar valor público y gestionar la complejidad.

Antecedentes históricos del discurso antiestatista

La postura antiestatista de Milei no es una novedad en la historia argentina. Ya en 1885, el presidente Miguel Juárez Celman afirmaba que el Estado era un “mal administrador”. Su gobierno impulsó privatizaciones y redujo la intervención estatal, políticas que, sumadas a una corrupción generalizada, desembocaron en la profunda crisis de 1890 y su posterior renuncia. Juárez Celman es, de hecho, el único presidente del siglo XIX sin una calle en Buenos Aires que recuerde su nombre.

El discurso contra el Estado también encontró eco en corrientes militares y en ciertos sectores empresariales que, paradójicamente, suelen demandar privilegios y subsidios mientras critican al mismo Estado que se los otorga. Otro momento clave de esta tendencia fue durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, quien pregonaba la “cirugía mayor sin anestesia”. Esta consigna llevó a un drástico recorte institucional, desregulación económica y altos costos sociales, factores que contribuyeron a la crisis de 2001.

Muchos actores económicos, a pesar de su retórica antiestatista, dependen de subsidios, protecciones cambiarias, obras públicas, regulaciones favorables o salvatajes financieros para su “buena fortuna”. Son, en esencia, enemigos discursivos del Estado y, a la vez, usuarios intensivos de sus beneficios.

El verdadero problema: calidad y valor público del Estado

El debate sobre el Estado en Argentina se ha centrado históricamente en su tamaño y su intervención. Sin embargo, el problema central radica en su calidad y el valor público de los bienes, servicios y regulaciones que ofrece. Un Estado debe satisfacer las necesidades de la ciudadanía, garantizar derechos y mejorar el bienestar general, monitoreando si sus instituciones responden a las múltiples necesidades colectivas que el mercado no puede, ni debe, atender.

Mientras el mercado provee bienes y servicios básicos como alimentación o vestimenta, otros como salud, educación o transporte pueden ser ofrecidos por ambas instancias. Sin embargo, la postura minarquista, defendida por el Presidente, que busca limitar la actuación estatal a la seguridad interior, defensa, justicia, resguardo de la propiedad y quizás relaciones exteriores, es cuestionada por sus potenciales efectos.

El Estado es, figurativamente, el semáforo de una sociedad. Si este se apaga en un cruce de tránsito intenso, el “mercado” de transeúntes y vehículos tenderá al caos, donde prevalecerá la ley del más fuerte y el interés colectivo se verá impedido por la lógica individualista.

Advertencias globales sobre la desregulación

Numerosas figuras públicas y organismos internacionales han alertado sobre los riesgos de un mercado sin regulación estatal, que puede generar crisis financieras, desigualdad social, monopolios, destrucción ambiental y erosión democrática.

El Banco Mundial ha advertido indisimulables fallas de mercado en educación y salud

Economistas de la talla de John Maynard Keynes, Karl Polanyi, Joseph Stiglitz y Amartya Sen han defendido la necesidad de la intervención estatal para corregir fallas de mercado, evitar el desempleo masivo y garantizar capacidades humanas básicas. Tras la Gran Depresión de 1929 y la crisis de 2008, sus postulados cobraron renovada vigencia.

Grandes empresarios como George Soros y Warren Buffett también han criticado el fundamentalismo de mercado y defendido la regulación y altos impuestos para los multimillonarios. Incluso el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han revisado sus posturas tradicionales, reconociendo las fallas del mercado en educación y salud, los efectos de la desigualdad y los riesgos de una liberalización financiera excesiva. Michel Camdessus, ex titular del FMI, llegó a decir que la “mano invisible” del mercado puede transformarse en la de un carterista.

Incertidumbre y la necesidad de «castores»

Un Estado débil no genera libertad, sino incertidumbre. Cuando el Estado “se retira”, el poder no desaparece, solo cambia de manos, privatizándose en plataformas digitales, monopolios tecnológicos, mercados financieros, crimen organizado y actores transnacionales. El debate del siglo XXI no es “Estado o mercado”, sino quién tiene la capacidad de gobernar sistemas complejos que incluyen inteligencia artificial, automatización, crisis climática, desinformación, ciberseguridad, pandemias, migraciones y volatilidad financiera.

Los contextos inciertos son permanentes. Por ello, los Estados necesitan anticipar, coordinar, procesar información, regular tecnologías, proteger derechos y construir resiliencia. Para esto, se necesitan “castores”, no “topos”. El castor construye estructuras para convivir en el medio; el topo destruye, pero no sabe administrar inundaciones.

Las capacidades estatales son “capital institucional acumulado”

El Estado argentino, un aparato institucional deforme y presa de clientelismo y corrupción, tiene graves problemas y capacidades deficitarias. Sin embargo, destruir las capacidades existentes es mucho más fácil que reconstruirlas. Las capacidades estatales son “capital institucional acumulado” que puede demolerse en meses, pero requiere décadas para formarse.

Países desarrollados como los escandinavos o los tigres asiáticos no abolieron el Estado, sino que lo transformaron en una herramienta estratégica. El desafío no es defender el statu quo o el burocratismo improductivo, sino construir las capacidades públicas necesarias para sobrevivir en un mundo caótico. En tiempos de incertidumbre, construir capacidades colectivas es una forma superior de inteligencia política. Argentina deberá decidir si opta por las galerías del topo o las represas del castor.

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