Reconocimiento mundial: un colegio de Córdoba, entre los diez mejores del planeta por su acción ambiental
Lo que comenzó como una pequeña huerta escolar en el Colegio San Pedro Apóstol de Córdoba capital se transformó en un modelo educativo integral que le valió una nominación entre las diez mejores escuelas del mundo. La institución fue seleccionada en la categoría Acción Ambiental de los World’s Best School Prizes 2026, un reconocimiento que llega justo cuando el colegio celebra tres décadas de existencia.
Con una matrícula de 650 estudiantes, desde bebés en su Nido Montessori hasta el nivel secundario con orientación en Economía y Administración, el San Pedro Apóstol ha logrado que la sustentabilidad no sea una materia más, sino parte de su cultura institucional. Así lo explica Valentina Cabuchi, responsable de Comunicación y Relaciones Institucionales, quien dialogó con LA NACION y destacó que esta filosofía permea todas las áreas de enseñanza.
Un campus como laboratorio vivo: del problema a la solución
La propuesta educativa del colegio busca articular la formación académica con el desarrollo humano y socioemocional, promoviendo la autonomía de los estudiantes desde los primeros años. Inspirados en los principios de María Montessori, los alumnos son protagonistas activos en su aprendizaje, con docentes que actúan como mediadores y facilitadores.
Bajo el modelo institucional Awareness, Education and Action (Conciencia, Educación y Acción), alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, los proyectos ambientales surgen en cualquier materia. El campus está diseñado como un “laboratorio vivo”, donde se pueden desarrollar iniciativas prácticas. Un ejemplo emblemático es el gallinero junto al nivel inicial, donde los más chicos aprenden sobre el ciclo de vida de las gallinas, o el invernadero que combina sistemas de acuaponia e hidroponia, abierto para actividades de todos los niveles.
Uno de los proyectos más destacados, y que sirvió como carta de presentación para la nominación, fue el desarrollo de biofiltros para reutilizar el agua desperdiciada en los bebederos escolares. La idea surgió de la observación de un grupo de estudiantes que notó el goteo constante. Esta inquietud se transformó en una investigación interdisciplinaria que involucró a docentes de diversas áreas y al responsable de infraestructura, culminando en un prototipo construido con materiales reciclados.
“No fue un trabajo de una sola materia. Los chicos detectaron un problema, investigaron y fueron encontrando una solución entre distintas asignaturas”, explica Cabuchi.
Estos biofiltros no solo permiten reutilizar el agua para alimentar estanques con peces y fauna nativa, sino que el proyecto trascendió los límites escolares. Los estudiantes que participaron obtuvieron becas universitarias completas, y una universidad ya se interesó en replicar el desarrollo. “Lo que buscamos es que los chicos dejen de ser espectadores de los problemas ambientales y descubran que pueden diseñar soluciones reales”, sostiene Cabuchi.
Proyectos innovadores y resultados concretos
La misma dinámica se aplica en otras iniciativas, como el cultivo de lufas, una planta trepadora que regula la temperatura del invernadero y se transforma en esponjas vegetales reutilizables para el comedor y los hogares de los estudiantes. Este proyecto integró contenidos de Biología e Inglés, demostrando cómo una idea puede crecer y abarcar distintas disciplinas.
La postulación a los World’s Best School Prizes, impulsados por la organización T4 Education, no fue la primera para el San Pedro Apóstol, pero esta vez la elección de la categoría Acción Ambiental fue clave. Tras un proceso que incluyó formularios y entrevistas, la noticia de estar entre los diez finalistas llegó en mayo, aunque bajo estricto secreto. El anuncio oficial, el 25 de junio, desató la emoción en toda la comunidad educativa, que se sintió parte de este logro.
Los resultados del compromiso ambiental del colegio son tangibles: el 100% de los estudiantes participa en actividades de reforestación. La planta solar del establecimiento genera el 71,98% de la energía que consume, habiendo producido 101.833 kWh de energía limpia desde junio de 2025 y evitado la emisión de 101.500 kilogramos de dióxido de carbono, equivalente a plantar 5601 árboles. Además, se logró una reducción del 90% en el uso de plásticos descartables en el comedor principal y del 70% en el kiosco escolar. Los sistemas de hidroponia y acuaponia, por su parte, disminuyen en un 90% el consumo de agua en comparación con la agricultura tradicional.
Para Cabuchi, este reconocimiento no solo es un orgullo, sino también una “enorme responsabilidad” y una oportunidad para inspirar a otras instituciones. “Cuando los chicos detectan una situación, investigan, prueban alternativas y desarrollan una propuesta, entienden que pueden generar un cambio real. Ahí el aprendizaje deja de quedar solamente en el aula”, concluye.

