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Derrame vs. producción: el debate sobre el crecimiento en Argentina y la postura del Banco Central

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El vicepresidente del Banco Central (BCRA), Vladimir Werning, expuso un diagnóstico macroeconómico robusto en el 43º Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas, destacando el superávit fiscal, la desinflación, la acumulación de reservas y una cuenta corriente positiva. Sin embargo, en su intervención del 2 de junio, una afirmación sobre la recuperación económica generó un debate crucial: Werning explicó que la mejora «abarcará progresivamente más sectores» debido a que los rubros líderes –agro, energía y minería– «requieren de insumos, infraestructura, servicios urbanos y logística», y que este eslabonamiento «contribuirá a la creación de oportunidades de empleo». Es decir, el BCRA confía en la teoría del derrame para la reactivación.

La idea del derrame, o goteo, postula que el crecimiento de los sectores más dinámicos de una economía eventualmente beneficia al conjunto a través de la inversión, el empleo y la demanda. Esta noción, que ha recorrido el siglo XX con resultados dispares, fue un pilar de las políticas económicas de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido durante los años 80, y tuvo su correlato en América Latina en los 90. Consistió en rebajas impositivas, desregulación y la expectativa de que la inversión privada se propagaría hacia abajo. No obstante, la evidencia histórica sugiere que, si bien el derrame no es imposible, resulta insuficiente como única política de desarrollo, derivando a menudo en fractura social tras una estabilización macroeconómica inicial.

La heterogeneidad del crecimiento actual y la necesidad de una política activa

La situación actual en Argentina para 2026 muestra una marcada heterogeneidad sectorial. Mientras se estima un crecimiento del PBI cercano al 3,5% este año, el agro, la energía y la minería avanzan al doble o triple de esa velocidad. En contraste, la industria manufacturera, el comercio, la construcción privada no vinculada a grandes proyectos y gran parte de las economías regionales exhiben un panorama modesto, e incluso de retracción. Este escenario refleja un modelo de crecimiento que prioriza sectores transables intensivos en capital y recursos naturales, con una baja capacidad de tracción sobre el empleo formal urbano en el corto y mediano plazo.

El eslabonamiento productivo existe, pero sus tiempos y alcances varían drásticamente según la región y su perfil productivo. Un yacimiento de litio en Jujuy, por ejemplo, no genera el mismo impacto ni a la misma velocidad que una planta industrial en el Gran Buenos Aires o una bodega en Mendoza. Mientras el programa de estabilización económica avanza, la economía real no puede quedar supeditada únicamente a los lentos tiempos del derrame.

Existen pymes industriales con capacidad ociosa, emprendedores con proyectos viables que no se concretan, y cadenas de valor regionales –como la vitivinicultura, la economía forestal, la pesca, los lácteos o el textil– que requieren una política activa de acceso a mercados, logística y simplificación tributaria. La bonanza de los sectores concentrados no puede ser la única esperanza para estos segmentos.

Reconociendo que los sectores beneficiados por el modelo actual generan oportunidades de empleo y desarrollo en sus zonas, se subraya la necesidad de que el Estado intervenga también en las industrias manufactureras, las pymes y los emprendedores para abordar de manera efectiva la problemática del empleo. Esta postura no implica reivindicar el intervencionismo discrecional ni el proteccionismo ineficiente, sino aprender de experiencias internacionales exitosas.

Claves para un desarrollo sostenido: crédito, política industrial y federalismo

La experiencia de países como Corea del Sur, Irlanda, Israel y, más recientemente, Vietnam, demuestra que una política industrial efectiva no sustituye al mercado, sino que lo complementa. Identifica fallas de coordinación, reduce costos de entrada en sectores estratégicos, financia el aprendizaje donde el sector privado no llega y construye las condiciones –infraestructura, capital humano, instituciones– para que el mercado funcione mejor.

Debemos identificar sectores donde la Argentina tiene ventajas comparativas dinámicas

Una estrategia de desarrollo seria, sin pretender agotar el debate, debe contemplar al menos tres dimensiones fundamentales. La primera es el crédito productivo: la expansión del crédito al sector privado debe canalizarse también hacia pymes, economías regionales y emprendedores con proyectos exportables. La segunda es la política industrial: es crucial identificar sectores donde Argentina posee ventajas comparativas dinámicas –como la agroindustria de mayor valor agregado, biotecnología, economía del conocimiento y energías renovables– y construir los incentivos, la institucionalidad y la infraestructura para materializar esas ventajas. La tercera es el federalismo productivo: un crecimiento que no alcanza a las provincias periféricas no es desarrollo nacional, sino una concentración geográfica de la riqueza.

La estabilización macroeconómica es el punto de partida, no la meta final. Si bien el Gobierno ha acertado en buscar el orden macroeconómico, condición indispensable para todo lo demás, este es un medio y no un destino. Confiarse únicamente en el crecimiento impulsado por sectores intensivos en capital y recursos naturales, esperando que el resto de la economía se ajuste por derrame, sería repetir una apuesta que la historia ya ha demostrado como insuficiente. Es fundamental estabilizar y, al mismo tiempo, producir. El derrame puede ser parte de la solución, pero no puede ser la solución completa.

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