Economía

Crisis vitivinícola: advierten que el envase de una botella de vino ya cuesta más que su contenido

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La estructura de costos de la industria vitivinícola argentina atraviesa un desequilibrio histórico. Actualmente, el costo del envase y de todos los insumos necesarios para comercializar una botella de vino supera al valor del propio líquido que contiene. Este fenómeno, impensado hasta hace pocos años, refleja la profunda pérdida de rentabilidad de los productores primarios y el encarecimiento de los componentes de packaging, logística y la carga tributaria en el precio final.

Claudio Giusti, vicepresidente de la Cooperativa Vitivinícola San Carlos Sud y productor en la provincia de Mendoza, graficó la situación con crudeza:

«Hoy es más caro todo lo que viste una botella que el producto en sí. La botella, el corcho, la etiqueta y todo el packaging cuestan más que el vino que llevan adentro. Es muy difícil y hasta triste decirlo».

La radiografía de los costos: el peso del «vestido»

Los números elaborados por la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar) para una botella de vino sin mención varietal exponen con claridad esta realidad. Según el informe de la entidad, el vino representa únicamente el 40,63% del costo total de salida de la bodega. El restante 59,37% se distribuye entre los insumos secos y otros ítems: la botella de vidrio se lleva el 23,44%; las etiquetas y contraetiquetas, el 9,38%; el tapón, el 4,50%; la cápsula, el 3,44%; la bandeja para botellas, el 1,70%; los separadores, el 0,49%; y los rótulos, el 0,08%. A esto se suman costos indirectos del 7,76% y un excedente de explotación del 8,59%.

Sin embargo, cuando el análisis se traslada al precio que efectivamente paga el consumidor en la góndola, la participación del vino disminuye todavía más. Marcelo Federici, vicepresidente de Coninagro, explicó que si bien el cálculo varía según el tipo de envase, la escala de la bodega y la distancia al mercado, la tendencia de pérdida de peso relativo de la materia prima es generalizada para toda la industria.

La brecha entre la góndola y el productor

Para ilustrar el impacto en el consumo masivo, Federici citó el ejemplo de un vino tinto en envase multilaminado (tetra brik) de un litro. El precio de salida de bodega —conocido en la jerga sectorial como «precio de planchada»— oscila entre $900 y $1100 por unidad (más IVA). Luego, el distribuidor o mayorista aplica un margen bruto de entre el 20% y el 25%, elevando el valor a unos $1250. Finalmente, el comercio minorista añade otro margen similar, llevando el producto a un rango de entre $1500 y $1600 más IVA.

De esta manera, el consumidor termina pagando entre $1900 y $2100 en la góndola. Al descontar el IVA de un precio final estimado en $2000, restan unos $1650. De ese monto neto, el productor primario recibe apenas entre $350 y $400 por litro de vino. En consecuencia, la materia prima representa tan solo entre un 20% y un 25% del valor final que paga el público, cuando históricamente esa participación oscilaba entre el 20% y el 40%.

En el caso de los vinos fraccionados en botella de vidrio, la incidencia de los insumos secos (vidrio, corcho, etiquetas) y de la logística es todavía mayor, por lo que la participación real del vino dentro del precio final resulta incluso inferior a la del tetra brik.

Presión impositiva y rentabilidad en rojo

A la escalada de los insumos se añade una asfixiante presión tributaria en cada eslabón. Antes de que el producto llegue a la góndola, ya acumula tasas municipales, ingresos brutos, impuestos nacionales y provinciales, además de cargas sociales, costos energéticos y gravámenes sobre los insumos y la comercialización.

Por otra parte, la estructura varía según el segmento de mercado. En los vinos de media y alta gama, ganan peso las inversiones en marketing y comunicación, mientras que en las etiquetas con más de un año de guarda impacta fuertemente el costo financiero del capital inmovilizado. Con respecto al valor de la materia prima, los cálculos de Fabián Ruggeri, presidente de la Coviar, ubican al vino tinto genérico entre $400 y $450 por litro, y al blanco entre $300 y $350. Sin embargo, Giusti advirtió que el costo real de producir esa materia prima ronda actualmente los $550 por litro, lo que evidencia la destrucción de la rentabilidad del viñatero.

El fantasma de la descapitalización

Los números finos de las fincas mendocinas revelan una situación insostenible. Según estimaciones de las cooperativas, producir una hectárea de vid demanda hoy una inversión de unos $7.050.000, mientras que el ingreso estimado por la venta de esa cosecha alcanza apenas los $4.400.000. El resultado es un quebranto de $2.650.000 por hectárea, lo que significa que el productor apenas recupera el 62% de sus costos operativos, sin contar el valor de la tierra, las amortizaciones de infraestructura ni la rentabilidad del capital invertido.

Dentro de los costos de producción por hectárea, el principal componente es la mano de obra ($3 millones), seguido por los insumos agrícolas ($1,5 millones), el mantenimiento de maquinaria y rodados ($900.000), la cosecha y el acarreo ($800.000), combustibles y lubricantes ($600.000) y la energía eléctrica para riego ($200.000).

Esta crisis no se traduce de inmediato en el cierre de las fincas, sino en un proceso silencioso y progresivo de descapitalización. Ante la falta de recursos, el viñatero comienza a postergar labores culturales indispensables: reduce la fertilización, realiza podas menos intensivas o deja de mantener las estructuras de alambre y postes. A mediano plazo, esta falta de inversión afecta de manera directa la calidad y el rendimiento de los viñedos, abriendo la puerta al abandono definitivo de las propiedades.

Finalmente, Diego Stortini, productor del Valle de Uco, señaló que si bien los vinos con mayor valor agregado o provenientes de regiones de alta gama logran defender mejores precios, la industria en su conjunto debe resolver la caída sistemática en la demanda de los segmentos de consumo masivo, afectados por años de sobreoferta y un contexto macroeconómico complejo.

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