Peronismo sin Perón, macrismo sin Macri: la política y la disputa por el liderazgo en Argentina
La política argentina, en su generosidad para impactar la vida de las personas, a menudo se inmiscuye en el lenguaje, moldeándolo a su conveniencia. Este fenómeno, que ya se observó con la fallida imposición del doble género para realzar el papel de la mujer –confundiendo género gramatical con sexo biológico–, ahora se manifiesta en el uso del verbo “reelegir”. En el camino hacia 2027, tanto políticos como periodistas utilizan “reelegir” de forma transitiva, como si el candidato pudiera reelegirse a sí mismo, cuando la acción la realizan los votantes sobre el postulado.
Esta impropiedad léxica y sintáctica, aunque común, cobra relevancia al tocar un nervio central de la política actual: la reelección presidencial. El presidente Javier Milei mismo incurrió en esta formulación al afirmar el lunes pasado en una entrevista que “los mercados miran a futuro y hoy claramente están viendo que vamos a reelegir”. Si bien luego matizó la frase con un “conforme vaya evolucionando la economía”, su declaración inicial resalta la centralidad del debate sobre la continuidad de su mandato.
Ecos del pasado: la sombra del «Peronismo sin Perón»
La reciente circulación de expresiones como “mileísmo sin Milei” o la revitalización de la idea de un “macrismo sin Macri” evocan un capítulo dramático de la historia política argentina: el “peronismo sin Perón” de los años sesenta, también conocido como neoperonismo. Con el peronismo proscripto desde 1955 y tras el fracaso del “Operativo retorno” de 1964, el dirigente metalúrgico Augusto Vandor emergió como figura clave en un intento por ensanchar la importancia del sector laboral en el Movimiento, mientras desafiaba en los hechos al líder exiliado en Madrid.
Vandor proclamaba lealtad a Juan Domingo Perón, pero sus acciones buscaban consolidar un liderazgo propio. Perón, consciente del ascendiente de Vandor sobre las bases obreras, no lo confrontaba directamente, pero en privado expresaba su descontento. En una carta a Andrés Framini, el General se refirió a quienes le disputaban el liderazgo con acidez:
“lo que estos papanatas creen es que me estoy muriendo y ya empiezan a disputarse mi ropa, pero lo que no saben es que se les va a levantar el muerto en el momento que menos piensan”.
La contienda entre Perón y Vandor se materializó en las elecciones de Mendoza de 1966. Perón envió a su esposa, Isabel Perón, con la misión de refrescar su aura y desarticular la jugada disidente. En otra carta, esta vez dirigida a José Alonso, secretario general de la CGT, Perón fue contundente:
“En esta lucha el enemigo principal es Vandor y su trenza, hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política no se puede herir, hay que matar… Deberá haber solución y definitiva, sin consultas, como ustedes resuelvan allí. Esa es mi palabra y usted sabe que ‘Perón cumple’”.
Finalmente, los peronistas verticalistas (Unión Popular) vencieron a la lista del vandorismo (Movimiento Popular Mendocino), aunque la división del peronismo permitió que la gobernación fuera ganada por los conservadores. Las elecciones serían anuladas por el golpe de Estado del 28 de junio de 1966, que derrocó a Arturo Illia.
El trágico final de este capítulo llegó con el asesinato de Vandor en 1969 en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) por un comando peronista de la agrupación “Descamisados”, que luego se uniría a Montoneros. José Alonso, sucesor de Vandor y también proclive a negociar con los militares sin ajustarse a las órdenes de Perón, fue asesinado en 1970 por un comando montonero. La efeméride del Día de la Lealtad en el peronismo resuena con particular fuerza en este contexto.
Disputas actuales: Kicillof y el «macrismo sin Macri»
En el presente, las disputas por el liderazgo también se manifiestan en otros espacios políticos. En el peronismo, gran parte de la discusión se centra en cómo Axel Kicillof podría consolidar su liderazgo y, a la vez, retener los votos de Cristina Kirchner. La ex Presidenta, a través de su hijo Máximo Kirchner, le reprochó a Kicillof no visitarla, un reclamo que genera controversia dada la propia postura de Cristina Kirchner respecto a los presos por corrupción de su gobierno.
El “macrismo sin Macri”, por su parte, se presenta como un proceso más gradual. Inició con la victoria presidencial de Milei, quien cooptó a varias figuras importantes del PRO, manteniendo al mismo tiempo una relación intermitente con Mauricio Macri que lo ha mantenido alejado de la toma de decisiones clave. La anécdota de la recomendación de Macri a Milei de no nombrar a Adorni como jefe de Gabinete, desoída por el Presidente, ilustra esta dinámica.
Paradójicamente, para reemplazar a Adorni, Milei escogió a Diego Santilli, una figura destacada del PRO, partido que se integra cada vez más al gobierno mientras su fundador lo observa desde afuera. Esta circularidad política y la constante disputa por el liderazgo marcan la escena nacional, con ecos de batallas pasadas.

