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Constanza Mazzina: La política argentina, en una «trinchera de insulto y grito sordo»

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La política argentina atraviesa un momento de profunda fragmentación y hostilidad, donde el diálogo ha sido reemplazado por el «grito sordo» y el «insulto». Así lo plantea Constanza Mazzina, politóloga y directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad del CEMA (UCEMA), quien advierte que la esfera pública se ha transformado en una «trinchera» donde el objetivo es aniquilar al adversario simbólicamente, en lugar de persuadirlo.

Mazzina sostiene que esta dinámica ha derrumbado la arquitectura tradicional de la política, que antes se concebía como un puente o un ágora para la construcción de lo público. Hoy, en cambio, se ha perdido la esencia de la discusión y se ha sustituido la lucha entre adversarios por una «guerra de trincheras», donde no hay debate sino «fuego cruzado».

El liberalismo clásico como «arquitectura contra el poder»

Ante este escenario, la especialista propone rescatar el liberalismo clásico, no como un dogma económico o un eslogan de campaña, sino como una «noble arquitectura contra el poder». Su premisa fundamental, según Mazzina, es que el poder tiende a corromperse y a expandirse sin freno, por lo que el liberalismo se erige como una estructura de límites.

El verdadero desafío de una convicción liberal, explica la politóloga, no se manifiesta en la oposición, señalando los excesos del rival, sino en el ejercicio del poder. Es en ese momento cuando el límite se convierte en una disciplina indispensable. La discusión trasciende el tamaño del Estado para centrarse en su naturaleza como un espacio de convivencia que, al operar de forma limitada, reduce los costos de transacción para los individuos.

Gobernar con autolimitación y ejemplaridad

Desde esta perspectiva, gobernar exige autolimitación. Implica comprender que el Estado no es un «trofeo de guerra» ni una extensión de la voluntad propia, sino un «depósito sagrado» que debe devolverse intacto o mejorado al finalizar el mandato. Esta noción de límite, argumenta Mazzina, conduce naturalmente a la idea de la política como servicio y ejemplaridad.

Quien entiende el poder como una carga delegada y no como un privilegio, sabe que la autoridad moral no se legisla, sino que se modela. La ejemplaridad se presenta como el «único antídoto eficaz contra el cinismo ciudadano». Cuando los líderes confunden el servicio público con el beneficio privado, se quiebra el contrato de confianza que sostiene a la democracia, vaciando a la política de legitimidad y transformándola en un juego de transacciones y privilegios.

Reconstrucción institucional y moderación

Mazzina reconoce que la política es inherentemente agonal y que el conflicto es el motor de la democracia. El problema no reside en el antagonismo, sino en la sustitución de la lucha entre adversarios respetuosos de las mismas reglas de juego por una guerra de trincheras. En este contexto, el grito reemplaza al argumento y el insulto anula la posibilidad de escucha y de acuerdo, reduciendo la complejidad del mundo a un «simplismo binario de ‘ellos o nosotros’».

Frente a este panorama, la politóloga concluye que queda el «refugio de los principios» y la «tarea incómoda, pero revolucionaria, de reivindicar la moderación no como debilidad, sino como la máxima expresión del coraje civil». Reconstruir institucionalmente significa establecer un horizonte previsible, con reglas de juego comunes que habiliten la cooperación pacífica y abran el camino al progreso, entendiendo que limitar el poder es proteger la libertad de todos.

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