Chunchuna Villafañe: los tres grandes amores que marcaron su vida, del exilio a un galán inesperado
Chunchuna Villafañe, la icónica modelo y actriz que falleció esta madrugada a los 92 años, dejó una huella imborrable no solo en el arte y la moda, sino también en su vida personal, marcada por tres grandes amores que la acompañaron en diferentes etapas. Desde sus primeros coqueteos juveniles hasta sus relaciones más consolidadas, Villafañe vivió intensas historias que moldearon su camino.
Su único matrimonio fue con el músico Horacio Molina, padre de sus hijas Juana e Inés. A pesar de una ruptura que le generó una gran decepción, la actriz logró reconstruir su vida sentimental. Posteriormente, compartió romances significativos con el cineasta Pino Solanas, con quien vivió el exilio, y finalmente con el marchand Adolfo Juan Ángel “Chango” Lavarello, su compañero durante tres décadas.
Primeros amores y la convicción del matrimonio
Antes de Molina, Chunchuna Villafañe experimentó sus primeros flechazos. A los 14 años, su primer amor fue un joven llamado Ronnie. Luego, conoció a Bebe Vilar Castex, su compañero en la carrera de arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, con quien mantuvo una relación que se fue diluyendo con el tiempo.
En su juventud, Chunchuna fue criada con una fuerte convicción de independencia. “En casa siempre me inculcaron que tenía que prepararme para ser independiente. Nunca se les pasó por la cabeza que no estudiara o que fuera mantenida por un esposo. Me criaron como a un hombre”, compartió en las primeras entrevistas. Sin embargo, también sostenía una postura conservadora respecto al matrimonio, anhelando la bendición religiosa:
“Yo tenía sobre el matrimonio la misma idea de las chicas católicas de la época. Quería ser bendecida frente al altar y me acuerdo de que le pedí que antes de la ceremonia se confesara y tomara la comunión. No sé si lo hizo, él me dijo que sí. Yo le creí”.
El matrimonio con Horacio Molina y la maternidad
El encuentro con Horacio Molina fue fortuito y romántico. Villafañe se sintió atraída por él cuando la defendió de un comentario indeseado. “Me gustó que me defendiera”, recordaba. Se casaron en 1961 y su unión duró diez años. Dos años después de la boda, nació su primera hija, Juana, justo antes de que Chunchuna rindiera su última materia de arquitectura. En 1964, llegó Inés.
A pesar de la maternidad y el vínculo familiar, la pareja enfrentó turbulencias. Villafañe no toleró algunas de las “libertades” que Molina se tomaba: “Era muy picaflor y me dolía, me ponía triste”, confesó. La separación, sin embargo, no rompió el buen vínculo entre ellos. La actriz siempre sostuvo la importancia de la conexión con el padre de sus hijos:
“Lo ideal es quedarse siempre con el padre de tus hijos. Con él sigue para siempre un lazo que no se puede cortar jamás. Pero es cierto que a veces no se puede seguir juntos. Creo que primero hay que convivir con alguien para saber si la unión funciona. A mí me importó poco el casamiento por civil; lo que me importaba era casarme por iglesia porque para mí era una ceremonia que te marcaba para siempre”.
Pino Solanas, el compromiso social y el exilio forzado
En la década del setenta, Chunchuna Villafañe asumió un fuerte compromiso social, colaborando durante años con el Padre Mugica en la Villa 31. En este contexto de militancia, conoció al cineasta Pino Solanas en una reunión y pronto se enamoraron. “El hermano de mamá fue una persona muy conocida en el medio, tenía mucho contacto con Perón. Así que con Pino nos conocimos porque los dos fuimos a ver una película, El camino hacia la muerte del viejo Reales, de Gerardo Vallejo”, contó a LA NACION.
Cuando ya convivían, el golpe militar de 1976 los obligó a exiliarse, primero en Madrid y luego en París. La experiencia fue devastadora: “Suena romántico eso de irse juntos a vivir a París, pero no nos quedaba otra si queríamos sobrevivir. Esta vez no hubo casamiento, pero estuvimos juntos ocho años. Nos tocó un momento atroz, habíamos vendido nuestros departamentos y comprado uno que se estaba edificando. Cuando nos mudamos, no lo habíamos llegado a vestir que me tuve que ir del país. Vivir en el exilio sin trabajo un mes equivale a dos o tres años de una vida normal. El desgaste de estar metidos en una casa, con chicos, sin dinero y sin trabajo, y sin identidad es monumental”. El desarraigo y las dificultades del exilio terminaron por desgastar la pareja.
Adolfo “Chango” Lavarello, el último gran amor
A pesar de las adversidades, Chunchuna tuvo una nueva oportunidad en el amor. En París, conoció al marchand Adolfo Juan Ángel ‘Chango’ Lavarello, con quien compartió treinta años de su vida hasta su fallecimiento en 2010. Tras regresar a Buenos Aires, decidieron convivir.
Villafañe siempre reflexionó sobre la convivencia y la independencia en las relaciones:
“No sé si convivir es bueno para el amor. Yo creo que lo mejor sería vivir cada uno en casas separadas, distintas, verse solo cuando ambos tienen ganas, sin chocarse, sin pisarse. O vivir uno en un primer piso y otro en el quinto piso. Pero no lo logro porque los hombres de mi vida nunca aceptaron que vivamos en casas separadas. Los hombres son muy dependientes y odian dormir solos, y sin una mujer rondando cerca se sienten desamparados. Yo creo que buscan la imagen materna”.
El encuentro con Chango fue “divino” e “impensado”, según relató en el libro Chunchuna, confesiones de un ícono pop. Recordó con humor cómo lo conoció en la casa de una amiga en París y la peculiar primera conversación sobre sus hijos. A pesar de una anécdota inicial en Ezeiza, donde Chunchuna se “escapó” en el auto de su madre, ambos se mudaron juntos a una vivienda en Villa Urquiza a los pocos meses, consolidando una relación que duraría décadas.

