Tedeum: La Iglesia y el Gobierno, entre cruces y la «bronca oculta» de Milei
El Gobierno de Javier Milei enfrenta una creciente tensión con la Iglesia Católica, un conflicto que se hizo evidente tras la homilía del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, durante el Tedeum del 25 de Mayo. Aunque el Presidente calificó de “exagerados” algunos párrafos del mensaje, sus voceros más cercanos escalaron el tono hasta la ofensa y la descalificación del líder religioso.
La situación remite a un histórico “tironeo” entre la dirigencia política y los obispos en estas fechas patrias, donde el contenido de las homilías suele generar controversia. En esta ocasión, García Cuerva criticó la fragmentación social, la violencia en las redes sociales y exhortó a la pacificación nacional, pidiendo “basta de arengar la división y la polarización” y calificando de “terrorismo en las redes” a las guerras virtuales.
Estas declaraciones fueron las que provocaron la reacción de Milei, quien, si bien fue mesurado en su respuesta directa, habilitó a sus seguidores a una embestida verbal. El Presidente sostuvo que le parecía normal “combatir” entre quienes buscan y no buscan el cambio, una postura que contrasta con la búsqueda de consenso democrático.
Las críticas de los voceros libertarios y la defensa de la Iglesia
La “suave refutación presidencial” fue interpretada como una señal para que los “generales de las perpetuas guerras mileístas” salieran a cuestionar a García Cuerva. El diputado Bertie Benegas Lynch fue uno de los primeros, calificando al arzobispo de “militante con sotana” y acusándolo de haber “romantizado la pobreza”. Esta crítica ignora la vocación histórica de la Iglesia por reclamar por los sectores más vulnerables, una preocupación que, según los evangelios, es central en la doctrina cristiana y judía.
Benegas Lynch también señaló que García Cuerva o la Iglesia se ocupan de la “demonización del individuo”, una afirmación que generó interrogantes sobre su significado y el presunto “individuo demonizado”. La realidad social argentina muestra que casi el 30% de la población vive bajo la línea de pobreza, una situación que el presidente del Episcopado, Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza, ha destacado reiteradamente.
La crítica más dura provino de Nicolás Márquez, biógrafo del Presidente, quien tildó a García Cuerva de “obispillo” y lanzó una doble ofensa al señalar que había sido designado por el “apóstata Bergoglio”. Esta última calificación es particularmente sensible, dado que el propio Milei, en el pasado, se refirió al papa Francisco como “enviado del maléfico” y “representante del demonio en la Tierra”. Aunque hubo una posterior reconciliación entre Milei y el Papa, estos antecedentes revelan una profunda disidencia entre el pensamiento libertario y las ideas tradicionales de la Iglesia.
Tensiones ideológicas y política exterior
Más allá de las homilías, existe una evidente disonancia entre la visión libertaria de Milei, anclada en la escuela austríaca de economía, y las antiguas ideas de la Iglesia, que priorizan la justicia social y la atención a los desfavorecidos. El Gobierno, además, ha decidido alejar al país de comisiones de derechos humanos de organismos multilaterales, una medida que emula decisiones tomadas por el expresidente estadounidense Donald Trump.
Esta postura, que replica la retirada de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, es considerada equivocada por críticos, ya que la deserción de países democráticos puede fortalecer la influencia de tiranías en estos organismos. La alineación de la política exterior argentina con la de Washington, especialmente bajo la influencia de Trump, también genera interrogantes sobre la relevancia internacional del país en un contexto de guerras y conflictos globales.
La relación entre Milei y Trump, quien lo “salvó” de una derrota electoral según la fuente, es un factor clave en esta orientación. Sin embargo, las relaciones internacionales son un ejercicio de equilibrios inestables, y la imitación de decisiones que han llevado a Estados Unidos a una “patética irrelevancia” en ciertos escenarios podría tener consecuencias negativas para Argentina.

