De criar vacas a cultivar flores: la chacra de lavandas más austral del mundo, en Trevelin
Un aviso clasificado en un diario, en 1998, marcó el inicio de una transformación radical para Osvaldo Zampella. Desde su empresa de servicios de salud en Pilar, Buenos Aires, un anuncio de campos en venta cerca de Esquel despertó una fascinación por la Patagonia que lo llevó a adquirir una propiedad en el valle de Trevelin. Lo que comenzó como viajes mensuales se consolidó en una mudanza definitiva, impulsada por el amor a la naturaleza patagónica y el temor a la creciente inseguridad en Buenos Aires después de 2001.
Junto a su mujer, Lorena, Osvaldo apostó a un cambio de vida en una zona que consideraban virgen. Durante casi dos décadas, se dedicó a la ganadería ovina y vacuna a 30 kilómetros de Esquel. Sin embargo, su verdadera pasión siempre fueron los bosques y las plantas, interés que cultivaba desde la infancia a través de la lectura sobre especies arbóreas.
De la ganadería al cultivo de lavandas
Al cumplir 50 años y vender su campo ganadero, Osvaldo decidió volcarse por completo a su verdadera vocación. Así llegó a la chacra Cerro Cónico, en las afueras de Trevelin, un terreno privilegiado con vertientes, arroyos, una laguna y 40 hectáreas de bosque nativo de ñires, cipreses, laureles y roble pellín, con vistas al cerro La Monja y al valle. El nombre de la chacra rinde homenaje al cerro cercano, que alberga un glaciar y abastece de agua subterránea a toda la zona, la misma que hoy riega sus cultivos.
La idea de cultivar lavanda a gran escala en esas latitudes, algo inédito en la región, surgió como una audaz apuesta. El proyecto se inició en 2021, después de la pandemia. El primer año plantaron 800 ejemplares, a los que sumaron mil más. Entre 2024 y 2025, completaron la plantación hasta alcanzar las 5.000 plantas de seis especies distintas. Hoy, Cerro Cónico se erige como la plantación de lavanda más austral de la Argentina.
Desafíos y logros en el “fin del mundo”
El clima frío de la precordillera chubutense representó un desafío significativo, generando dudas sobre la supervivencia de algunas especies en un entorno tan distinto al Mediterráneo. La emoción fue inmensa cuando, en diciembre, las lavandas florecieron por primera vez, confirmando que el esfuerzo de la labranza, el desmalezado y la siembra en condiciones adversas había valido la pena.
El segundo hito llegó en febrero de 2026, con la primera destilación de aceite esencial de lavanda. Este logro permitió cerrar el ciclo productivo, de la tierra al frasco, y elaborar los primeros productos: un hidrolato, una crema y la esencia pura.
Un paisaje cultivado y abierto al público
La chacra Cerro Cónico es un paisaje cuidadosamente construido. Además de las 5.000 lavandas, alberga plantaciones de aromáticas como romero, tomillo y orégano, y forestaciones de robles, abedules, cipreses de los pantanos y arces, todo en armonía con las 40 hectáreas de bosque nativo que los Zampella preservan con esmero.
La vida en la chacra sigue el ritmo de las estaciones. En otoño e invierno se plantan rosales, se reponen lavandas y se abren nuevos senderos; en verano, las tareas se centran en el riego y mantenimiento, especialmente en los meses más secos de enero y febrero. La chacra cuenta con senderos que conectan el bosque nativo, el arroyo, la laguna con su muelle y el mirador, permitiendo apreciar las seis variedades de lavanda en sus distintos tonos.
A partir de septiembre de 2026, la chacra abrirá sus puertas al turismo con visitas guiadas, una decisión que Osvaldo explica con una analogía: “Es como un cuadro. Uno lo puede tener en la casa y mirarlo solo. Decidimos abrirlo para que otras personas lo puedan ver y disfrutar con nosotros”.
Para Osvaldo, el balance de casi tres décadas desde aquel aviso clasificado es “excelente”. Sus hijos crecieron en la Patagonia, rodeados de seguridad y naturaleza. La ganadería quedó atrás, y el bosque, su pasión, se convirtió en el centro de su vida. “Uno va dejando de lado un poco el materialismo y se enfoca en las cosas más simples: disfrutar, poder caminar, poder mirar”, reflexiona. Desde Los Cipreses, el cerro Cónico y su glaciar, que provee el agua a las lavandas, se alza como un símbolo de cómo, a veces, en la Patagonia, las cosas encajan de manera casi mágica.

