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Caso Insaurralde: Los «silencios» de la política y la Justicia, una «confesión» del sistema

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Las imágenes de los cajones repletos de dólares filmados en la casa de Martín Insaurralde, exjefe de Gabinete del gobernador Axel Kicillof y exintendente de Lomas de Zamora, no solo revelan un presunto sistema de corrupción, sino que también exponen una alarmante escala de impunidad y ostentación que, según diversas voces, se ha naturalizado en la política argentina. Sin embargo, el análisis más profundo de este caso no radica únicamente en lo que muestran las filmaciones, sino en los elocuentes silencios que rodean el escándalo.

La reacción del ámbito político frente a estas escenas ha sido, en su mayoría, escasa o nula. El ministro de Gobierno de Kicillof, de quien Insaurralde era su principal colaborador, se limitó a declarar que “si existe delito, la Justicia tendrá que sancionarlo. Es un tema de la Justicia”. Esta afirmación, interpretada como un desinterés por parte del Ejecutivo provincial, adquiere un matiz de cinismo al recordar que el primer juez que investigó a Insaurralde por sus viajes en el yate Bandido, Ernesto Kreplak, es hermano del ministro de Salud bonaerense. La causa, que luego pasó al juzgado de Luis Armella, lleva tres años sin que Insaurralde haya sido siquiera citado a indagatoria.

El propio gobernador Axel Kicillof ha optado por el mutismo, sin expresar preocupación o decepción ante lo que revelan las imágenes. El Partido Justicialista bonaerense, del que Insaurralde fue una figura destacada, también mantiene un llamativo silencio. Incluso el Concejo Deliberante de Lomas de Zamora, el distrito que el exfuncionario gobernó por más de una década, no ha emitido una sola declaración. Todo el sistema político parece esperar que el escándalo se disipe, o peor aún, como si nadie estuviera en condiciones de condenar estos hechos sin quedar expuesto.

La red de influencias y el origen del dinero

No es difícil sospechar el posible origen de los dólares apilados y embolsados en el vestidor de Insaurralde. Tanto como jefe de Gabinete de Kicillof como en su etapa de intendente de Lomas, el exfuncionario tenía “jurisdicción” sobre áreas sensibles como el juego, las “saladitas” y los permisos de construcción y desarrollos inmobiliarios. Se le había escapado el millonario negocio de las fotomultas, manejado por otro ministro de Kicillof, Jorge D’Onofrio, actualmente acusado de enriquecimiento ilícito. Además, Insaurralde ejercía una fuerte influencia en la Legislatura provincial, donde colocó como presidente a un aliado cercano, el actual intendente de Lomas de Zamora, Federico Otermin.

Esta Legislatura, donde ya se expuso un sistema clandestino de recaudación a través de empleados fantasma con el caso Chocolate Rigau, era manejada a control remoto por Insaurralde, siendo percibida más como “una caja” que como una institución. Hoy, también guarda silencio, y se presume que cualquier intento de proponer una comisión investigadora sobre este entramado de corrupción sería rápidamente sofocado.

Silencios cómplices: de la oposición a la Justicia

Otro silencio que resuena es el de la oposición. Salvo voces aisladas, ningún partido político en la provincia ha exigido una investigación profunda sobre “el sistema” detrás de la montaña de dólares filmada por Jesica Cirio. Esto parece confirmar una suerte de pacto tácito que se escenifica en las sombras de la Legislatura bonaerense.

El gobierno nacional tampoco ha levantado la voz. Con el caso Adorni en el centro de la escena, le resulta incómodo denunciar la “obscenidad de los dólares crocantes”, ya que remite a la misma dimensión de dinero no declarado y patrimonios inexplicables.

Los silencios de la política se complementan con la morosidad de la Justicia. El caso Insaurralde es un ejemplo de un método: incluso los casos más flagrantes entran en un cono de sombras cuando son tomados por la burocracia judicial. Aunque los procesos penales tienen plazos y mecanismos distintos a los del juicio de la opinión pública, bajo el amparo de los “tiempos judiciales”, muchas causas duermen, lo que sugiere que la Justicia podría estar administrando la impunidad en lugar de combatirla. Este método se observa, por ejemplo, en la telaraña de corrupción de la AFA, donde disputas de competencia y chicanas procesales resultan en un limbo sin castigo.

Anestesistas: el método incluye, en algunos casos, ciertas sobreactuaciones iniciales antes de “planchar” el expediente

Muchos jueces, abogados y fiscales, conocidos en la jerga como “anestesistas”, se especializan en adormecer las causas. Su método incluye sobreactuaciones iniciales para luego “planchar” el expediente, donde el tiempo juega a favor de los imputados. Un allanamiento en los días posteriores a la travesía en el Bandido, por ejemplo, habría revelado lo que hoy la política busca esconder.

¿Oveja negra o engranaje del sistema?

En este panorama de silencios institucionales y complicidad judicial surge un interrogante fundamental: ¿Insaurralde fue una oveja negra o era parte de un rebaño en la provincia de Buenos Aires? ¿Fue una anomalía o un engranaje del sistema? Los susurros de la política bonaerense sugieren que lo que muchos le reprochan al exjefe de Gabinete de Kicillof es su “descuido”, su debilidad por el lujo, el exhibicionismo y la ostentación. La impugnación parece ser más estética que moral.

Esto lleva a otra pregunta inquietante: ¿hay un sistema que sigue funcionando más allá de Insaurralde, de Chocolate y de D’Onofrio? Los silencios de la política podrían funcionar como una confesión. Son silencios que, al fin y al cabo, también hablan, como los placares.

Se absorbió el golpe y se siguió como si nada hubiera pasado

Después del caso Chocolate, no se produjo ningún cambio estructural en la Legislatura bonaerense. Ni siquiera un maquillaje, mucho menos una regeneración institucional. Simplemente, se absorbió el golpe y se siguió como si nada hubiera pasado. Tampoco ha habido noticias de reestructuraciones o mayores controles sobre los circuitos que “administraba” Insaurralde, desde los bingos hasta las ferias de ropa falsificada. Incluso hay indicios de que el exfuncionario conserva resortes de influencia en distintos estamentos del organigrama bonaerense, desde la Dirección de Lotería hasta el Tribunal de Cuentas y el Consejo de la Magistratura.

Las imágenes recientemente conocidas no revelan, en el fondo, algo desconocido. Pero hacen que la corrupción se vuelva visible, palpable, casi cinematográfica y a la vez documental. Como los bolsos de José López, o aquellas máquinas de contar plata en La Rosadita, dejan de ser una mera prueba judicial para convertirse en una certeza irrefutable. A pesar de esta carga hiperrealista, gran parte de la política está dispuesta a fingir demencia. La última pregunta, entonces, nos involucra a los ciudadanos: ¿cómo procesará la sociedad estas imágenes “vivas” de la corrupción? ¿Se impondrá la resignación o crecerá la demanda ética? ¿Se aceptará la complicidad o se pasará factura? En un país que parece estar aprendiendo la importancia de la racionalidad económica, quizás el próximo debate pase por “la moral democrática”. En esa Argentina, alguien prenderá la luz en la Legislatura bonaerense, los jueces tendrán que dar explicaciones y ningún ministro podrá volver a decir “esto no es asunto nuestro”.

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