Crimen de Agostina: la trama de un asesinato sexual que expone la «descomposición» social
El asesinato de Agostina, una niña de 14 años en Argentina, se ha convertido en el crudo reflejo de una sociedad en crisis. Su caso, calificado como un crimen sexual y de poder, expone una compleja red que involucra marginalidad, clientelismo político, narcotráfico y una cuestionada actuación judicial.
La tragedia de Agostina ha desnudado fallas sistémicas, desde la protección del Estado hasta la respuesta de la Justicia, pasando por una cobertura mediática que, según voces críticas, priorizó el morbo al exponer la hipersexualización de adolescentes en redes sociales.
Barrelier, el presunto asesino y sus conexiones políticas
El principal sospechoso del crimen es Barrelier, un individuo con antecedentes por abuso que, según la investigación, fue contratado en la Municipalidad de Córdoba por un exconcejal peronista. Esta conexión sugiere un posible intercambio de favores, donde los barrabravas, como Barrelier, suelen actuar como “ejércitos privados” de la política para diversos fines. Una versión con “mucho sustento” afirma que Barrelier también funcionaba como “facilitador” o “entregador” de jóvenes para círculos de poder.
La madre de Agostina, Melisa, denunció la desaparición de su hija el domingo 24 de mayo, señalando a Barrelier como la última persona que la vio. Sin embargo, el presunto asesino, quien ya había estado preso por abuso, recién fue detenido en la madrugada del miércoles 27. En ese lapso, la casa del barrio Cofico donde se cree que ocurrió el asesinato, el sábado 23 por la noche, fue limpiada dos veces. La “ineptitud” de la Justicia y la “desidia” en la detención son puntos que “nadie puede explicar con claridad”.
Sorprendentemente, los abogados de Gabriel Vega, el padre de Agostina, defendieron con “ahínco” al fiscal del caso, Raúl Garzón, cuya conferencia de prensa post-crimen fue criticada por su “soberbia y falta de empatía”.
La violencia como síntoma social y la mirada de Rita Segato
Más allá del perfil del agresor, el caso invita a una reflexión profunda sobre la violencia masculina en la sociedad. La antropóloga Rita Segato, reconocida intelectual feminista, sostiene que toda violencia masculina es un síntoma de la fragilización del rol del hombre. Para Segato, la violencia se convierte en el único camino para que ciertos hombres “prueben ser machos”, en un contexto de debilitamiento de la masculinidad en sus papeles tradicionales.
La violencia contra la diversidad sexual -y no sólo contra las mujeres- no es un tema de izquierdas o de derechas
Desde esta perspectiva, la violación no se centra únicamente en el perpetrador y la víctima, sino en la relación entre el agresor y “los ojos que lo miran”, es decir, otros hombres. El placer del violador, según Segato, radica en la exhibición. Esta dinámica sugiere que el hombre “no se gradúa solo, sino corporativamente”, y debe “dar examen de hombre” mostrando coraje y ausencia de sensibilidad. Por ello, la violación es un “crimen en sociedad” y no un acto solitario de un psicópata.
Una violencia sin ideologías ni géneros
El análisis se extiende a la idea de que la violencia contra la diversidad sexual –y no solo contra las mujeres– trasciende las divisiones ideológicas. Se recuerda la persecución de la homosexualidad en la Cuba de los Castro y en experiencias del socialismo real, así como la implicación de figuras de la izquierda en escándalos como el caso Epstein, que reveló una red de trata y abuso sexual de adolescentes que involucró a élites políticas, financieras e intelectuales.
Incluso, se menciona el caso del filósofo Louis Althusser, quien estranguló a su esposa, y la controvertida petición firmada por Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, junto a otros intelectuales como Michel Foucault, en 1977, pidiendo la despenalización de las relaciones consentidas entre adultos y menores de 15 años. Esta petición, que la academia “suele callar”, es cuestionada por la afirmación de que “a los 14 años no hay –no puede haber– consentimiento: hay abuso”.
Se señala que Beauvoir y Sartre mantenían relaciones eróticas con sus propios alumnos, lo que causó “daño moral” y “depresiones profundas” en algunas de las víctimas, como relata la editora Vanessa Springora en su libro El consentimiento (2020). En él, Springora describe cómo a los trece años fue manipulada psíquica y sexualmente por el escritor Gabriel Matzneff, un pedófilo que también había firmado aquel manifiesto.
En este contexto, la violación se presenta como un “crimen social” complejo y profundo, que va más allá del morbo o la acción de un “lobo solitario”, evidenciando las múltiples capas de un ecosistema que, lamentablemente, solo parece interesarse por los perfiles en redes de una niña asesinada.

