Selección Argentina: el valor de saber perder y el último gran servicio de Lionel Scaloni
La derrota de la Selección Argentina en la final frente a España reabrió un debate profundo que va más allá de lo estrictamente deportivo. En un contexto de enorme esfuerzo económico de los hinchas para acompañar al equipo en Estados Unidos y de una pasión inquebrantable en las calles de Buenos Aires, el desenlace del torneo dejó al descubierto la necesidad de asimilar la frustración, una tarea en la que el director técnico Lionel Scaloni volvió a erigirse como la figura clave.
El contraste entre la entrega y la frustración
El camino de la Selección estuvo marcado por la mística y el espíritu colectivo que caracterizan al ciclo, con Lionel Messi desafiando el paso del tiempo. Sin embargo, en el partido decisivo ante el conjunto español, el juego se diluyó y las respuestas futbolísticas tardaron en llegar, registrándose el primer remate al arco recién en el minuto 116. La caída no solo dolió por el resultado, sino por las reacciones posteriores de algunos referentes del plantel.
La tensión acumulada se tradujo en reclamos desmedidos, como el pedido de Messi al árbitro para sancionar a Marc Cucurella, o el enojo de Nicolás Otamendi ante las declaraciones previas de los rivales. Estas actitudes contrastaron con la caballerosidad deportiva del arquero español, Unai Simón, quien se encargó de saludar individualmente a cada uno de los futbolistas argentinos tras el pitazo final. Es en este escenario donde la figura de Scaloni adquiere una dimensión institucional, asumiendo la responsabilidad deportiva y el manejo de la imagen pública del equipo.
El impacto en la imagen internacional y el «soft power»
La derrota expone nuevamente a la Argentina al escrutinio global. El impacto internacional de figuras políticas como Javier Milei ya ha instalado una polarización intensa sobre el país, y el fútbol no queda exento de esta lógica de adhesiones y rechazos extremos. El denominado «soft power» (poder blando) que el fútbol argentino construyó con base en el talento y la épica de sus hinchas hoy compite con prejuicios históricos que asocian al jugador local con la conflictividad y la resistencia a las normas.
A pesar de las críticas externas, muchas de ellas originadas en usinas del primer mundo que reflotan acusaciones de racismo surgidas tras el título en Qatar, la sociedad argentina demostró madurez. Millones de hinchas autogestionaron una fiesta popular y acompañaron al equipo en las buenas y en las malas, valorando el proceso de los 26 futbolistas y el cuerpo técnico más allá del resultado adverso.
Scaloni y la «argentinidad positiva»
El verdadero desafío para el seleccionado nacional radica en capitalizar esta derrota como un aprendizaje. Scaloni, quien según trascendió lloró en soledad en el estacionamiento de su hotel en Nueva York, representa ese destilado de «argentinidad positiva» que combina la pasión con el respeto por el rival y las reglas del juego. Su liderazgo será fundamental para reconfigurar la imagen de un equipo que, a pesar de haber perdido una final, mantiene intacto el afecto de su gente pero debe revisar sus formas ante los ojos del mundo.

