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Mundial 2026: por qué el relato anglosajón intenta convertir a la Selección en el ‘villano’ del torneo

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La clasificación de la Selección Argentina a la final del Mundial, tras vencer de forma agónica a Inglaterra por 2-1 en Atlanta, trascendió los límites del campo de juego para convertirse en un fenómeno geopolítico. El gol de Lautaro Martínez en el minuto 92, tras una asistencia de un vigente Lionel Messi de 39 años, no solo selló el pase deportivo, sino que desató una fuerte reacción en el establishment de los países desarrollados, que rápidamente intentó encuadrar al equipo nacional bajo la etiqueta de «villano» del torneo.

La censura de la FIFA y el reclamo por Malvinas

Horas antes del partido en Georgia, la FIFA aplicó una estricta prohibición —coordinada en una cumbre de seguridad con el FBI— sobre cualquier referencia a las islas Malvinas en el estadio. Sin embargo, la restricción fue burlada por un grupo de hinchas argentinos que ingresó una sábana pintada con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». Tras el pitazo final, los futbolistas Giovani Lo Celso, Cristian Romero y Lisandro Martínez la sostuvieron sobre el césped, desatando la furia de la opinión pública británica.

Las repercusiones políticas en el Reino Unido no se hicieron esperar. El político ultraconservador Nigel Farage se declaró «asqueado» y exigió reforzar la Royal Navy, mientras que el presentador Piers Morgan tildó a los jugadores de «idiotas sin clase» y recordó la guerra de 1982. Incluso el gobierno británico, a través de Downing Street, emitió un comunicado tajante:

«El Mundial puede no ser nuestro, pero las Falklands definitivamente lo son»

A esto se sumó una exigencia formal para que la FIFA abra una investigación disciplinaria contra el plantel argentino.

El «villano» contra los verdaderos imperios

La ofensiva mediática no provino únicamente del sensacionalismo británico. En los Estados Unidos, el ensayista Ishaan Tharoor publicó en The New Yorker una columna titulada «I Won’t Cry for You, Argentina» («No voy a llorar por vos, Argentina»), donde anunció su renuncia a la simpatía histórica por el equipo. Su tesis sostiene que la Selección dejó de encarnar la rebeldía del Sur Global para convertirse en el «Goliat» del orden establecido.

Sin embargo, la realidad socioeconómica y geopolítica desmiente el relato anglosajón. De los cuatro semifinalistas del torneo (Inglaterra, Francia, España y Argentina), el país sudamericano es el único que no arrastra un pasado de imperio colonial y, por el contrario, atraviesa una profunda crisis económica, con una inflación que trepó al 211% en 2023 y una pobreza que superó el 50% en 2024. El equipo de Lionel Scaloni compite y gana desde la periferia, no desde el establishment financiero global.

Doble vara y el derecho a ganar

El debate también se trasladó a lo táctico. El análisis de la prensa inglesa intentó instalar que Inglaterra «perdió» el partido por errores propios del DT Thomas Tuchel, ignorando que las estadísticas del encuentro mostraron una supremacía abrumadora de Argentina: 15 a 5 en remates y un 88% de posesión de pelota tras el gol del empate de Enzo Fernández. Como señaló el cronista deportivo Matías Baldo:

«Los poderosos te celebran mientras aceptás el lugar que te asignaron: el del sufrido, el del pintoresco que pierde con dignidad. Pero cuando osás rebelarte, ganar y dejar de pedir permiso, te convierten en villano. No les molesta Argentina: les molesta que ya no sea sometida»

Esta doble vara cultural también se manifiesta en cómo se juzga el carácter en el fútbol: mientras que la agresividad de figuras históricas del norte de Europa es catalogada como «leyenda» o «folclore», la picardía o el temperamento de los futbolistas latinoamericanos es sistemáticamente tildado de «trampa» o «cinismo».

De cara a la gran final en el MetLife Stadium contra España —justamente la exmetrópoli, a casi 210 años de la declaración de la Independencia—, la Selección Argentina reafirma su identidad. Lejos de la nostalgia de una pobreza pintoresca, el equipo capitaneado por Messi demuestra que la periferia también tiene derecho a la grandeza, sin pedir permiso ni disculpas al orden establecido.

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