Duelo nacional: murió Antonio Rattín, el eterno caudillo de Boca y la Selección
El fútbol argentino despide a uno de sus máximos referentes históricos. Antonio Ubaldo Rattín, el legendario mediocampista central que se convirtió en el símbolo de la guapeza y el liderazgo en Boca Juniors y la Selección Argentina, falleció dejando un legado imborrable. Con su porte imponente, su voz de mando y una entrega incondicional, «el Rata» encarnó como nadie la mística xeneize durante la gloriosa década de 1960, un período en el que conquistó cuatro títulos locales y se ganó el respeto de todas las hinchadas del país.
El debut de película y el romance con la Bombonera
Nacido el 16 de mayo de 1937 en Tigre, en el seno de una humilde familia de inmigrantes italianos, Rattín debió trabajar desde chico como repartidor y electricista antes de consolidarse en el fútbol. Su llegada a las inferiores de Boca se dio gracias al ojo clínico de Bernardo Gandulla. Su debut en Primera División ocurrió el 9 de septiembre de 1956 en un Superclásico ante River Plate, ingresando de urgencia en reemplazo del ídolo Eliseo Mouriño, quien padecía hepatitis. Aquella tarde, jugando con la muñeca fisurada y un vendaje tras un accidente laboral en el Banco Nación de Tigre, Rattín no solo cumplió, sino que Boca venció por 2 a 1.
«No… que voy a tirar caños. A mí me ponían porque yo entraba y salía gritando y con la camiseta transpirada. Lo mío era la lucha, pero siempre jugaba tranquilo», solía repetir sobre su propio estilo.
A partir de allí, el «5» se adueñó de una camiseta que no soltaría jamás. Rattín defendió únicamente los colores de Boca a lo largo de su carrera profesional. Disputó 27 clásicos oficiales contra River, con un récord notable: apenas sufrió cinco derrotas y solo una en condición de local. Su figura se agigantó en los campeonatos de 1962, 1964 y 1965, conformando una estructura defensiva mítica junto a próceres como Antonio Roma y Silvio Marzolini.
La leyenda de Wembley y la Selección
Su temperamento y jerarquía lo llevaron rápidamente a la Selección Argentina, donde también heredó la cinta de capitán. Disputó el Mundial de Chile 1962 y lideró al equipo que se consagró campeón de la Copa de las Naciones en 1964 en Brasil. Sin embargo, su hito más célebre a nivel internacional ocurrió en el Mundial de Inglaterra 1966.
Durante el polémico partido de cuartos de final ante los locales en el estadio de Wembley, Rattín fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein en una decisión que aún hoy genera controversia. En una muestra de rebeldía histórica, el capitán argentino tardó varios minutos en abandonar el campo de juego, estrujó un banderín de córner británico y se sentó sobre la alfombra roja destinada a la Reina Isabel II, un gesto que quedó grabado para siempre en la mitología del fútbol mundial.
El retiro, la dirección técnica y la política
El final de su carrera como futbolista llegó en 1970, tras arrastrar diversas lesiones que lo marginaron del recordado equipo campeón de 1969 dirigido por Alfredo Di Stéfano. Fiel a su estilo directo y autocrítico, Rattín decidió dar un paso al costado tras un encuentro contra Atlético Tucumán al notar que el paso del tiempo le impedía rendir al máximo nivel:
«Estaba jugando mal. Me di cuenta de dos cosas fundamentales. Primero, que la recibía solo y al darme vuelta, me la habían quitado. Y segundo, que mis compañeros ya no me tenían confianza para entregarme la pelota.»
Posteriormente, tuvo un breve recorrido como director técnico en Estudiantes de Río Cuarto, Gimnasia y Esgrima La Plata y el propio Boca Juniors en 1980, una experiencia que decidió no repetir tras recibir insultos de la parcialidad xeneize. A fines de la década de 1990, incursionó en la política de la mano de Luis Patti, llegando a desempeñarse como Diputado Nacional entre 2001 y 2005, período en el cual presidió la comisión de Deportes.
El recuerdo de una formación rocosa
La huella de aquel Boca de la década de 1960 quedó inmortalizada también en las letras nacionales. El escritor y humorista Roberto Fontanarrosa describió a la perfección la fisonomía de aquel equipo liderado por el «Rata»:
«Pienso que, pocas veces, un equipo ha dado tantos jugadores emblemáticos como aquel Boca que ganó los torneos del 62, 64 y 65. Roma, Silvero y Marzolini, Simeone, Rattín y Orlando eran casi un compacto, una formación rocosa, un bloque distinto que podía recitarse de memoria».
Con su partida, el fútbol argentino despide a un caudillo de raza, un hombre que representaba el corazón de ese bloque. Medía más de un metro noventa, era un cabeceador implacable y, aunque él mismo se definía como «algo descortés en el trato de la pelota», su capacidad para ordenar tácticamente a sus compañeros y presionar a los rivales y árbitros lo convirtió en el alma de una época dorada que los hinchas de Boca jamás olvidarán.

