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Crotoxina: la historia del “milagro argentino” contra el cáncer que dividió a la sociedad

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El 8 de julio de 1986, tres médicos oncólogos anunciaron un descubrimiento que sacudiría a la opinión pública: una sustancia “proveniente de un ofidio, que se aplica en pacientes enfermos de cáncer con buenos resultados”. Ese día, la sociedad argentina escuchó por primera vez el nombre de la crotoxina, una droga derivada del veneno de la serpiente de cascabel que, según se informaba, había sido “descubierta” por el doctor Juan Carlos Vidal, y que prometía una luz de esperanza para miles de personas.

Este anuncio, que comenzó como una cuestión científica, rápidamente se transformó en un fenómeno social de enormes proporciones. “Claramente entre julio y agosto de 1986 se produce el clímax social del caso crotoxina, que movilizó profundamente a la sociedad argentina”, explica Natalia Luxardo, investigadora principal del Conicet y doctora en Ciencias Sociales, quien estudió en profundidad el caso para su tesis doctoral. La crotoxina generó no solo ilusiones, sino también profundas controversias, que incluyeron disposiciones en su contra, marchas de apoyo y batallas judiciales.

El origen del “descubrimiento” y el rol de Vidal

La historia mediática de la crotoxina comenzó el 7 de julio de 1986, cuando el médico Luis Costa anunció en televisión el hallazgo de una droga con “excepcionales propiedades” terapéuticas contra el cáncer. Al día siguiente, Costa, junto a Carlos María Coni Molina y Guillermo Hernández Plata, confirmaron la noticia en una conferencia de prensa. Ellos estudiaban el complejo enzimático derivado del veneno de la serpiente cascabel, conocido como crotoxina.

Aunque Juan Carlos Vidal fue presentado por los medios como el “descubridor” de la crotoxina, Natalia Luxardo aclara que la sustancia ya era objeto de estudio. “Existía en el país una larga tradición del estudio de venenos de serpientes con fines médicos, principalmente en lo que ahora es el Anlis—Malbrán”, señala la investigadora. Vidal se integró en los años 70 al estudio de venenos ofídicos en el Instituto de Neurobiología, dirigido por el doctor Juan Tramezzani, y se interesó en los posibles efectos antitumorales de la crotoxina, lo que derivó en el “escándalo crotoxina” de 1986.

En la conferencia de prensa, se informó que 83 pacientes ya estaban siendo tratados con crotoxina, una droga que se aplicaba vía intramuscular y estaba destinada a “pacientes afectados de cáncer que no hayan tenido respuestas positivas en otros tratamientos”. Testimonios de pacientes y sus familiares, como el de una mujer llamada Ana en LA NACION el 11 de julio de 1986, daban cuenta de supuestas mejoras en el estado de sus seres queridos, alimentando la esperanza generalizada.

La controversia y la prohibición

La decisión de hacer públicos los trabajos con crotoxina no fue un acto espontáneo. Según Luxardo, el anuncio fue una protesta ante la negativa de Juan Tramezzani, director del Instituto de Neurobiología, de seguir suministrando la droga. La suspensión, ocurrida el 4 de julio, se debió a que el estudio carecía de las autorizaciones y reglamentaciones correspondientes. Además, los tratamientos se realizaban en consultorios privados, sin un protocolo formal, y el Ministerio de Salud y Acción Social (a cargo de Conrado Storani, durante el gobierno de Raúl Alfonsín) no estaba al tanto de estas investigaciones.

Ante la magnitud del caso, el Conicet y el Ministerio de Salud crearon comisiones para evaluar la crotoxina. Los informes fueron contundentes: no se encontró evidencia que asegurara la eficacia antitumoral de la droga. “Es claro que se hizo todo mal, metodológica y éticamente”, sentencia Luxardo, citando los informes de las comisiones y los fallos de la Corte Suprema.

Reacciones y consecuencias

La prohibición de la crotoxina generó una fuerte reacción entre los pacientes y sus familiares, quienes reclamaron la intervención del Poder Ejecutivo, denunciaron la existencia de un mercado negro y realizaron manifestaciones en Plaza de Mayo. Acusaban a “oscuros intereses de laboratorios” de boicotear la droga. A fines de julio, el Ministerio de Salud autorizó el suministro de crotoxina a los 83 pacientes ya tratados, pero por “razones humanísticas, no científicas”.

Sin embargo, el 17 de agosto, los médicos Costa, Coni Molina y Hernández Plata publicaron una carta abierta rectificando sus afirmaciones iniciales, admitiendo la falta de evidencia sobre la eficacia de la droga. Ese mismo mes, la cartera de Salud prohibió definitivamente la crotoxina. El doctor Vidal renunció al Conicet y a la UBA y regresó a Estados Unidos. El Instituto de Neurobiología fue disuelto a finales de los 80.

Algunos familiares llevaron el caso a la Justicia, llegando incluso a la Corte Suprema de Justicia. Una madre solicitó la continuidad del suministro de la droga para su hijo menor, apelando al derecho a la vida. Sin embargo, la Corte denegó el pedido, fundamentando su decisión en la necesidad de rigor metodológico en las investigaciones con humanos. Un artículo de Jacobo Brailovsky en LA NACION de octubre de 1986 reveló el destino de los 83 pacientes: 42 habían fallecido, 23 empeorado y el resto no era evaluable o no había concurrido.

La crotoxina después de 1986

Aunque el “escándalo” se cerró en 1986, la crotoxina siguió presente en el imaginario social. Una encuesta de Catteber—Braun de 1989 reveló que el 73% de la gente aún creía en su eficacia. En el ámbito científico, Vidal regresó a Argentina en los 90 y el Conicet autorizó nuevos estudios clínicos en 1996, aunque con protocolos más estrictos. Los resultados no fueron positivos para la remisión de tumores, aunque se observó una mejora subjetiva en la calidad de vida de los pacientes. El doctor Jorge Cura, director de la primera fase de esta investigación, señaló en febrero de 1996 que los estudios aún eran escasos.

Finalmente, la falta de financiamiento y conflictos entre investigadores llevaron a la suspensión de la fase 2 de los estudios, terminando definitivamente con la investigación de la crotoxina en Argentina. Hoy, la Fundación Crotoxina, Esperanza de Vida, que continuó la obra de Vidal (fallecido en 2002), tiene su sede con un gran cartel, pero sin actividad. La Anmat confirmó que la crotoxina no está registrada en el país como Ingrediente Farmacéutico Activo (IFA).

Natalia Luxardo reflexiona que el caso crotoxina no fue “meramente técnico”, sino que conjugó “visiones sociales e identidades colectivas”. Se manifestaron estereotipos del “científico argentino perseguido por intereses extranjeros” versus el “científico sin procedimientos éticos que experimenta con drogas no aprobadas en personas vulnerables”. Cuarenta años después, la crotoxina sigue siendo un caso testigo de las esperanzas, creencias y límites éticos en la medicina y la ciencia.

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