Masacre de San Patricio: a 50 años, la Iglesia sigue reclamando justicia por los tres sacerdotes y dos seminaristas
A medio siglo de la Masacre de San Patricio, la Iglesia Católica argentina volvió a reclamar justicia por el asesinato de los tres sacerdotes y dos seminaristas ocurrido el 4 de julio de 1976. El crimen, perpetrado en la parroquia de Belgrano R, se convirtió en uno de los episodios más crudos de la represión durante la última dictadura militar.
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, ofició este sábado una misa en el templo atestado de gente, en conmemoración de las víctimas. Durante su homilía, García Cuerva enfatizó que los cinco religiosos “no creían en el mesianismo de las armas, de la violencia o de la opresión”. Subrayó que “su única arma fue el Evangelio; su trinchera fue la parroquia, el barrio, el confesionario, el altar y la cercanía con los más pobres”, y concluyó que las lágrimas derramadas quieren ser “fecundas, y regar el suelo de una Nación que sigue clamando justicia”.
La mañana del horror en Belgrano R
La fría mañana dominical del 4 de julio de 1976, feligreses que se acercaban a la iglesia de San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano R, encontraron las puertas cerradas. Ante la inusual situación, un adolescente de 16 años, organista del templo, trepó por un costado y, al ingresar, descubrió la macabra escena: los cuerpos de los sacerdotes Pedro Dufau (76 años), Alfredo “Alfie” Kelly (43) y Alfredo Leaden (57), junto a los seminaristas Salvador Barbeito (25) y Emilio Barletti (24), yacían acribillados, boca abajo y alineados sobre una alfombra roja. En el lugar se contabilizaron 35 vainas servidas y 15 balas calibre 9 milímetros.
Sobre el cuerpo de Barbeito, sus asesinos dejaron un dibujo de Quino en el que Mafalda señalaba un bastón de la policía con la leyenda: “Este es el palito de abollar ideologías”. El mensaje principal, sin embargo, estaba en dos pintadas en la pared: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria” y “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M”, en clara alusión al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
Venganza y complicidad militar
El grupo paramilitar responsable de la masacre buscaba vengar la bomba que Montoneros había hecho estallar dos días antes en el comedor de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal, causando la muerte de 23 personas. Los asesinos insinuaron que los religiosos adoctrinaban a los guerrilleros.
Posteriormente, se supo que en la madrugada del crimen, dos jóvenes habían visto autos sospechosos estacionados frente a la iglesia. Uno de ellos, hijo de un general, alertó a la comisaría. Un oficial se presentó, habló con los ocupantes de uno de los vehículos y, al retirarse, le comunicó al hijo del general un escalofriante mensaje del grupo de tareas: “Si escuchás unos cuetazos no salgás, porque vamos a reventar la casa de unos zurdos”. Una hora después, los jóvenes vieron a varias personas armadas ingresar a la iglesia, pero no escucharon disparos, ya que los asesinos utilizaron silenciadores.
Increíblemente, la dictadura culpó a Montoneros por el atroz ataque, declarando que “elementos subversivos asesinaron cobardemente a los sacerdotes y seminaristas. El vandálico hecho fue cometido en dependencias de la iglesia San Patricio, lo cual demuestra que sus autores, además de no tener Patria, tampoco tienen Dios”. Sin embargo, el padre Alfredo Kelly había escrito en su diario personal tres días antes del crimen sobre “la gravedad de la calumnia que está circulando acerca de mí” y el “peligro en que está mi vida”.
La Iglesia, voz contra la represión
Al día siguiente de los asesinatos, en una misa por los cinco religiosos, el padre Roberto Favre se convirtió en la primera persona en hablar públicamente de las desapariciones, delante de altos jefes militares presentes. “Hay que rogar a Dios no sólo por los muertos –sostuvo-, sino también por las innumerables desapariciones que se conocen día a día”. Incluso, a tres meses del golpe de Estado, abogó por el retorno a la democracia, reclamando “a todos aquellos que tienen alguna responsabilidad, que realicen todos los esfuerzos posibles para que se retorne al Estado de Derecho que requiere todo pueblo civilizado”.
El periodista Eduardo Kimel, en su libro “La Masacre de San Patricio”, señala que el juez interviniente, Guillermo Rivarola, “no tomó en cuenta una serie de elementos decisivos para la dilucidación del asesinato”, lo que impidió identificar a los autores materiales e intelectuales del crimen, que aún hoy sigue impune.

