Cambio de postura: Milei, Santilli y el abrazo que borró viejas acusaciones de corrupción
La designación de Diego Santilli como jefe de Gabinete, en reemplazo de Manuel Adorni, puso de manifiesto una vez más la llamativa flexibilidad del presidente Javier Milei en sus valoraciones públicas sobre figuras políticas. La decisión choca directamente con fuertes acusaciones de corrupción lanzadas por el propio Milei contra Santilli en el pasado, un contraste que no pasó desapercibido tras el acto de asunción donde los tres protagonistas terminaron abrazados.
En enero de 2023, Milei había arremetido contra Santilli en su cuenta de X (antes Twitter), cuestionando su estilo de vida y su supuesta falta de conocimiento en economía. La escalada verbal continuó en julio del mismo año, cuando el actual mandatario fue aún más explícito: “Diego Santilli, el candidato de los TikTok y el boludeo en una provincia gobernada por la inseguridad y los narcos. El tipo que dice abiertamente que vive de su negocio y recibe sonrisas, no preguntas. No hay nadie que diga que no es un corrupto. Es al que le pagaban la fiesta de cumpleaños con la tuya…”, despotricó entonces Milei.
Un patrón de acusaciones y reconciliaciones
Este episodio con Santilli no es un caso aislado. El presidente Milei ha demostrado una tendencia a descalificar duramente a individuos para luego incorporarlos a su círculo o modificar radicalmente su opinión sobre ellos, sin ofrecer explicaciones públicas sobre el cambio. Ejemplos notables incluyen a la actual ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, a quien Milei había acusado de “asesinar chicos poniendo bombas en jardines de infantes”, y al papa Francisco, a quien pasó de llamar “el representante del maligno en la tierra” a “el argentino más importante de la historia”.
Otro caso paradigmático es el de su ministro de Economía, Luis Caputo. Milei lo había criticado por “fumarse 15.000 millones de dólares de reserva irresponsablemente e ineficientemente” y lo responsabilizó por el “despiole de Leliqs”. Sin embargo, hoy lo considera el “mejor de los ministros de la historia”. Incluso el flamante vocero presidencial, el economista Adrián Ravier, fue objeto de descalificaciones previas, siendo tildado de “carecer de velocidad mental” y ser un “imbécil total”.
El impacto en la credibilidad política
Si bien cambiar de opinión puede ser un signo de reflexión, la manipulación de la palabra para descalificar la honorabilidad de las personas a conveniencia, especialmente desde una autoridad política, genera interrogantes sobre la credibilidad. Las palabras del presidente, cargadas de vehemencia y agravios, a menudo no se condicen con sus acciones posteriores, lo que podría erosionar la confianza pública. La facilidad con la que Milei modifica sus posturas sobre figuras clave, acusándolas de delitos sin recurrir a la justicia y luego designándolas en cargos relevantes, plantea dudas sobre la consistencia de sus principios.
La era digital y las redes sociales, donde los archivos están al alcance de todos, magnifican estas contradicciones. La memoria digital permite a cualquier ciudadano contrastar los dichos pasados con las acciones presentes, enriqueciendo el debate público y, al mismo tiempo, exponiendo rápidamente las inconsistencias. Esta dinámica, si bien democratiza el acceso a la información, también convierte a los propios dichos de los dirigentes en un arma de doble filo, especialmente para aquellos que, como Milei, utilizan las redes para atacar y acusar sin pruebas.
La responsabilidad, no obstante, no recae únicamente en el Presidente. Aquellos dirigentes que aceptan cargos tras haber sido blanco de acusaciones graves, sin mediar una explicación o una retractación, también contribuyen a la relativización de la importancia de la palabra en política. En un contexto donde la integridad y la coherencia son pilares fundamentales para la confianza pública, la asunción de que un líder dominante requiere de colaboradores sumisos que pasen por alto imputaciones maliciosas, sugiere que la obtención de poder a menudo prima sobre la firmeza moral en la política vernácula.

