Crisis en el Gobierno: la salida de Manuel Adorni y la llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete
La renuncia de Manuel Adorni a la Jefatura de Gabinete, aunque se presentó como la salida de un funcionario de menor rango, se convirtió en la crisis más traumática y desgastante para el gobierno libertario. El manejo errático de la situación por parte del Presidente Javier Milei, quien defendió a su colaborador hasta último momento, generó un costo político significativo y arruinó parte del capital simbólico de la lucha contra la corrupción.
La suerte de Adorni se selló el jueves pasado, tras la fallida sesión del Senado. Lo que en apariencia fue un triunfo del oficialismo al levantar la convocatoria por falta de quórum, en realidad funcionó como un ultimátum velado de los aliados. El mensaje era claro: el Gobierno tenía una ventana de tiempo para que el propio Presidente desplazara a su jefe de Gabinete, o de lo contrario, se activaría un «pelotón de fusilamiento legislativo» en las semanas siguientes.
La presión del Congreso y el rol de Karina Milei
Esa misma noche, Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, mantuvo una conversación clave con Karina Milei, la secretaria General de la Presidencia. Bullrich le transmitió que no había más margen político en el Congreso para sostener a Adorni, y que solo quedaba una ventana de tiempo hasta el miércoles, fecha en que había sido convocada la comisión de Asuntos Constitucionales. Por primera vez desde el inicio del escándalo, la hermana presidencial aceptó la insostenibilidad de la situación y activó el plan de salida. “Dejame hablarlo con Javier, porque está de viaje”, fue la respuesta que marcó el desenlace.
A pesar de que el Presidente había partido a España con la idea de resistir, la percepción de lo ineludible ya era clara. Los hermanos venían discutiendo el tema en reserva desde hacía al menos tres semanas, pero fue en ese momento cuando acordaron terminar con la sangría, ante el riesgo de que la crisis afectara la gobernabilidad y el normal funcionamiento del Congreso.
Hasta principios de la semana, Karina Milei había hecho esfuerzos por sostener a Adorni, incluso acompañándolo en reuniones en la Casa Rosada con senadores de La Libertad Avanza (LLA) para explicar sus argumentos patrimoniales. Sin embargo, esta puesta en escena resultó contraproducente. El jefe de Gabinete, con frases altaneras y un «desparpajo presupuestario», espantó a sus propios legisladores, quienes describieron la conversación como «rarísima», dada la desconexión con las pruebas ya conocidas. Este episodio, presenciado por Karina, probablemente anticipó el futuro.
«Nos abrieron una ventana, pero si no actuaba Milei, el miércoles lo liquidaban a Manuel».
— Interlocutor de LLA.
El Senado fue el escenario definitivo de la presión. El martes, en labor parlamentaria, se modificó el criterio para las interpelaciones, requiriendo ahora dos tercios de los votos si no contaban con dictamen. El miércoles, el grupo de «los 44» (oficialismo y aliados) debatió la situación. Mientras Martín Goerling (PRO) y Alejandra Vigo (provincial) insistían en la interpelación para el 8 de julio, otros como Eduardo Vischi (UCR) y Carlos Espínola (provincial) propusieron habilitar el tema en la comisión de Asuntos Constitucionales, dándole al Gobierno un margen de tiempo para actuar antes del miércoles. El jueves, el oficialismo forzó el levantamiento de la sesión por falta de quórum, una «coreografía» para cerrar el mensaje ya transmitido.
Fue la mirada pragmática de Karina Milei, por encima del enfoque más emocional de su hermano, la que finalmente convenció al Presidente de la necesidad de «dar vuelta la página», incluso si esto implicaba resignar su narrativa de que todo era una embestida de la prensa y la oposición.
Diego Santilli: pragmatismo y nuevo enfoque
El desembarco de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete, que se oficializará hoy, responde a varios factores. Su habilidad para sintonizar con Karina Milei y asesorarla en los «laberintos de la política» desde su llegada al Gobierno en octubre pasado fue clave. Su bajo perfil público y alineamiento con las directivas del poder fueron valorados, así como su colaboración, junto con Ignacio Devitt (quien continuará en la Casa Rosada, posiblemente a cargo de Interior), para articular con gobernadores e influir en el Senado, un ámbito donde Karina se siente menos cómoda que en Diputados.
Otro punto a favor de Santilli es que su designación no implicaba «desarmar equipos» ni dinámicas de trabajo ya establecidas. A diferencia de otros nombres barajados como Federico Sturzenegger, Horacio Marín o Carlos Guberman, o la ministra Sandra Pettovello, quien había rechazado el salto, Santilli no generaba fricciones. Pablo Quirno, otra alternativa, perdió posiciones en el escándalo «Rufus» por su cercanía con las «Fuerzas del Cielo» de Santiago Caputo.
Finalmente, la designación de Santilli no exacerbaba la interna con Santiago Caputo. Aunque es un hombre de Karina, mantiene un buen diálogo con el asesor. Si bien algunos recuerdan a Caputo expresar que con Santilli el Gabinete sería un «Pro 3.0», más parecido a Juntos por el Cambio, el «pragmatismo» se impuso en este momento.
Este pragmatismo también se refleja en las otras dos designaciones recientes: Adrián Ravier como vocero y Fabián Fernández como secretario de Comunicación y Prensa. Ambas decisiones, una directa del Presidente y otra de la secretaria General, buscan un cambio conceptual en la relación con el periodismo. Santilli venía hablando con Milei sobre la necesidad de bajar la intensidad de la pelea con los medios. Ravier, en su primera aparición como vocero, declaró: “Concibo al periodismo como un eje central en la democracia de nuestro país. Valoro y reivindico el trabajo del periodista”. Esto contrasta con la postura histórica del Gobierno, lo que sugiere un intento de buscar una línea subterránea diferente, apoyada también por Fernández, con diez años de vínculo con la prensa.
Con estos relevos, el Gobierno aspira a «dar una vuelta de página» tras casi cuatro meses de estancamiento, recuperar el control de una agenda más afín, orientada a los logros económicos, y avanzar hacia una relación más consolidada con el ecosistema político de gobernadores y legisladores, renovando la «ilusión del segundo semestre».
El «karma» de la Jefatura de Gabinete
La Jefatura de Gabinete ha sido una posición «incómoda» en el diseño de poder de los Milei, siendo el cargo que más veces cambió en dos años y medio de gestión. Ya va por el cuarto funcionario, en contraste con un solo titular de Economía o Capital Humano, áreas habitualmente más volátiles. Formalmente, su tarea es coordinar ministros, pero en la realidad, debe aceptar su falta de autonomía y la influencia de Karina Milei, quien ejerce una suerte de presidencia «bis» y «jefatura de Gabinete blue», transformándolo en un articulador de internas.
El primer jefe de Gabinete, Nicolás Posse, representó la etapa fundacional, responsable del scouting original y la definición de gran parte del equipo. Fue eyectado a los cinco meses por supuestas situaciones de espionaje y desmanejos. Lo sucedió Guillermo Francos, en un intento por dotar al cargo de mayor experiencia y diálogo político. Sin embargo, su período coincidió con la expansión de poder de Santiago Caputo, generando una «tensión en el triángulo de hierro» que consumió al veterano funcionario.
La llegada de Manuel Adorni representó la «fase Karina del Gobierno», una «estrella fugaz» nacida en el vientre de la hermana presidencial, que marcaba una nueva hegemonía interna. Su fracaso en medio de denuncias por contratistas, jubilaciones y pantallas de videojuegos, dejó una «huella imborrable» para la narrativa anticasta de Milei.
Con Santilli, se produce un regreso a la lógica de la era Francos, con un jefe de Gabinete proveniente de la política y no de la «factoría libertaria». Sin embargo, a diferencia de aquel período, Santilli responde claramente a Karina y asume con equilibrios internos ya desnivelados, lo que podría jugar a su favor. Su reposicionamiento no va en detrimento de su plan personal, ya que la hermana presidencial le reconoció implícitamente su aspiración de ser candidato en la provincia de Buenos Aires, habilitándole un lugar de alta visibilidad para confrontar con Axel Kicillof.
Este fin de semana, Milei cerró el conflicto «autoinflingido» más desgastante de su gestión. Un «pragmatismo de última instancia» que busca obturar una «hemorragia interminable», pero que, según la fuente, no muestra una «curva de aprendizaje» en ciertos planos de la gestión, un «estilo» y «forma de ser» que lo distingue.

