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La Scaloneta, en modo «camaleón»: el nuevo plan de Scaloni para ganar sin depender del «baile»

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La Selección Argentina exhibe sus credenciales de campeón, pero con una nueva piel. Lejos de la búsqueda constante del juego vistoso que la consagró, el equipo de Lionel Scaloni parece abrazar un mantra diferente: aprender a sufrir y dominar múltiples registros. Esta nueva faceta, que prioriza apagar al rival antes que desplegar su admirado fútbol, genera interrogantes y redefine las expectativas sobre el rendimiento de la Albiceleste.

La irregularidad observada en los primeros encuentros post-mundialistas, donde la iniciativa se divide y la dependencia del gol de Lionel Messi en ataque es notoria, sugiere una intención deliberada. Un equipo que maneja diversas formas de jugar, incluso resignando el protagonismo ofensivo, puede ser tan ganador como aquel que busca la superioridad aplastante. Esta adaptabilidad, que algunos interpretan como una evolución y otros como una pérdida de identidad, es la clave del enfoque actual.

De la exhibición al pragmatismo: la evolución del estilo

La memoria colectiva idealizó el “baile” a Brasil en el Monumental o la paliza a Francia durante 70 minutos en la final de Qatar. Sin embargo, el cuerpo técnico parece advertir que esos momentos de perfección no pueden ser la única vara para medir el éxito. En un fútbol cada vez más parejo, la superioridad aplastante es una aspiración, no una constante. De lo contrario, cualquier rendimiento que no alcance esa excelencia podría ser considerado insuficiente.

La historia reciente de la Selección ya mostraba indicios de esta capacidad de adaptación. La final de la Copa América 2021 en el Maracaná, que liberó la mochila de presiones, se ganó con contundencia y pierna fuerte. En el Mundial anterior, la fase de grupos y la semifinal contra Croacia evidenciaron una Argentina dispuesta a resignar la pelota, juntar líneas y apelar a ataques esporádicos. Las últimas Eliminatorias, con partidos complejos de visitante, también forjaron al equipo en la adversidad. El reciente título en la Copa América de Estados Unidos, con rendimientos menos vistosos pero mayor solidez, refuerza esta idea: la Scaloneta está dispuesta a armar trámites más lentos, a defender más y a que “suceda poco”, salvo que sea desde los pies de su capitán.

La defensa como pilar fundamental

A diferencia de la mayoría de las selecciones mundialistas, Argentina se estructura con jugadores de pase, destacándose por su habilidad para manejar la pelota. Pero cuando la pierde, en los partidos recientes, el equipo optó por comprimirse en lugar de presionar. Reduce espacios en su campo y marca con la disciplina de un equipo europeo ordenado, más que con la pasión desordenada que a veces se asocia al fútbol argentino. Esta estrategia podría responder a la necesidad de proteger a los defensores de atacantes veloces o a una versión física reducida del plantel.

El Mundial se gana con una buena defensa.

Esta frase de Scaloni en sus conferencias de prensa resume la filosofía que baja al vestuario. Aunque el Mundial de Qatar no se ganó necesariamente por la mejor defensa sino por el mejor ataque, el técnico está convencido de su postulado. En esta búsqueda, la Selección mostró una mejora defensiva entre el primer y el segundo encuentro, logrando cerrarse mejor y no dejar espacios ante rivales con atacantes desequilibrantes.

Si bien el ideal es siempre disponer de la pelota, que Enzo Fernández despliegue su calidad en campo contrario y que Lautaro Martínez vea más veces de frente al arquero, el desafío actual de la Selección es “ganar después de haber ganado”. Es una tarea tan compleja que los antecedentes mundialistas se remontan a tres cuartos de siglo atrás. Y un escalón más difícil aún: “jugar bien después de haber jugado bien”. Antes de que los rivales le tomaran la mano, la Albiceleste debía apelar a otras virtudes. En ese camino se encuentra, buscando no perder la esencia, pero recordando que siempre estuvo preparada para distintas alternativas.

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