El Mundial que no miramos: Dalia Gutmann recorrió Buenos Aires en el debut de Argentina
Mientras la gran mayoría de los argentinos se congregaba frente al televisor para ver el debut de la Selección en el Mundial, la autora y comediante Dalia Gutmann decidió salir a recorrer las calles de Buenos Aires. Su experiencia, compartida en primera persona, revela una faceta inusual de la capital durante la fiebre mundialista: el silencio y la casi total ausencia de gente en los espacios públicos.
Gutmann, quien se declara ajena al fervor futbolístico, describió cómo el sonido de los partidos se filtraba por cada ventana, transformando las veredas en una extensión de los estadios. Los gritos de gol, provenientes de hogares cercanos, eran el único indicio de la actividad que paralizaba al país. Esta atmósfera la sedujo, imaginando Buenos Aires como un set de filmación desierto, una oportunidad única para observar la ciudad desde otra perspectiva.
El pulso de la ciudad en día de partido
Su recorrido la llevó a la boca de un subte, donde se preguntó si habría actividad. Dentro del vagón, una pequeña encuesta informal a los cinco pasajeros reveló que, si bien algunos compartían su desinterés por el fútbol, otros se dirigían a sus trabajos. «El mundo sigue», sentenció Gutmann, destacando la labor de recolectores, choferes y otras personas que no pueden detenerse, incluso cuando Lionel Messi está en la cancha.
Al llegar a Carlos Pellegrini, la zona del Obelisco, icónico punto de festejo, estaba casi desierta. Fue allí donde otro grito de gol la impulsó a entrar a una pizzería, encontrando a la gente feliz y celebrando. Un mozo le confirmó el segundo gol de Messi. La comediante reflexionó sobre la imposibilidad de escapar a la marea mundialista, incluso para aquellos que prefieren mantenerse al margen.
El beneficio inesperado del Mundial
Decidida a aprovechar la inusual calma, Gutmann recordó una heladería histórica a la que nunca había podido entrar debido a las largas filas. Esta vez, el lugar estaba vacío, atendido por solo cuatro heladeros. Mientras le preparaban su pedido, se escuchó el tercer gol de Messi. La autora concluyó su noche con un helado, un placer que, paradójicamente, pudo disfrutar gracias a la distracción generalizada que generaba el Mundial.
Días después, la rutina mundialista se impuso nuevamente. La noticia de un próximo partido de Argentina, esta vez contra Austria, llegó a través de un comunicado escolar que permitía a los alumnos salir antes para verlo. Gutmann aceptó la realidad: «en tiempos mundialistas las reglas cambian, nos guste o no».

