Manuel Belgrano y su «sorpresa» por el monopolio en la apertura del Real Consulado
El 2 de junio de 1794, un día antes de cumplir los 24 años, el doctor Manuel Belgrano, egresado de Salamanca, presidió la sesión inaugural del Real Consulado de Buenos Aires. El acto se realizó en la sala capitular del Cabildo, ya que el flamante cuerpo no contaba con sede propia. Más allá de la jura de sus miembros y la búsqueda de un lugar adecuado, lo que marcó la jornada fue el encendido discurso de Belgrano, quien puso a la institución bajo la protección de la Virgen María en su Purísima Concepción.
La preocupación de Belgrano no se centró tanto en la logística, sino en la composición humana de la institución. Los miembros eran algunos de los principales comerciantes de Buenos Aires, en su mayoría peninsulares con fuertes lazos con las casas mercantiles de Cádiz. Entre ellos, apellidos que hoy dan nombre a calles porteñas como Lezica, Balbastro, Santa Coloma y Escalada, se mezclaban con otros que iniciaban un rápido ascenso, como Anchorena, Agüero, Arana y Tagle.
La crítica de Belgrano al «comercio monopolista»
En su discurso inaugural, Manuel Belgrano no ocultó su desilusión al constatar la conformación del Consulado:
“Salí de España para Buenos Aires; no puedo decir bastante mi sorpresa cuando conocí a los hombres nombrados por el Rey para la Junta que había de tratar de agricultura, industria y comercio, y propender a la felicidad de las Provincias que componían el virreinato de Buenos Aires; todos eran comerciantes españoles; exceptuando uno que otro, nada sabían más que su comercio monopolista, a saber, comprar por cuatro para vender por ocho con toda seguridad”.
Esta declaración, recogida en su autobiografía, refleja su constante inquietud por el desarrollo económico y social, que contrastaba con el desinterés de la Corona española por la instrucción de sus súbditos coloniales.
Iniciativas educativas frustradas por la Corona
La visión de Belgrano iba más allá de la mera administración comercial. Su autobiografía detalla una serie de iniciativas educativas que impulsó, siempre con el objetivo de fomentar la agricultura, la industria y el comercio. Sin embargo, estas propuestas encontraron una férrea resistencia por parte de las autoridades coloniales.
Entre sus proyectos se destaca la planificación de escuelas, incluyendo una de matemáticas, fundamental ante la escasez de pilotos, y otra de diseño. Ambas fueron establecidas por Belgrano, incluso la de diseño sin costo para el erario, pero ninguna obtuvo la aprobación de la Corte. Belgrano lamentaba que “ni estas ni otras propuestas a la Corte, con el objeto de fomentar los tres importantes ramos de agricultura, industria y comercio, de que estaba encargada la corporación consular, merecieron la aprobación”.
Las justificaciones de la Corona para rechazar estas iniciativas eran que “se decía que todos estos establecimientos eran de lujo y que Buenos Aires todavía no se hallaba en estado de sostenerlos”. Belgrano, frustrado, concluye su relato sobre este período:
“Otros varios objetos de utilidad y necesidad promoví, que poco más o menos tuvieron el mismo resultado, y tocará al que escriba la historia consular, dar una razón de ellos; diré yo, por lo que hace a mi propósito, que desde el principio de 1794 hasta julio de 1806, pasé mi tiempo en igual destino, haciendo esfuerzos impotentes a favor del bien público”.
Este testimonio del historiador Felipe Pigna subraya la visión de futuro de Belgrano y su temprana conciencia sobre la importancia de la educación y el desarrollo productivo para el progreso de las provincias del Virreinato, frente a una estructura colonial que priorizaba el extractivismo y el monopolio.

