Femicidios en mujeres mayores: una realidad “menos visible” que alarma a expertos
La violencia letal contra las mujeres en Argentina presenta una faceta “menos visible” y particularmente preocupante: los femicidios de mujeres mayores. A once años del primer Ni Una Menos, y con un registro de 3.205 víctimas de violencia de género entre 2015 y 2026, según el Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven, los especialistas alertan sobre la necesidad de visibilizar y abordar específicamente los casos que afectan a las adultas mayores.
El doctor en Psicología Ricardo Iacub, especialista en Psicología de la Vejez de la UBA, subraya que estas muertes “escandalizan por el silencio que las rodea”. Los escenarios de estos crímenes suelen ser los propios hogares, involucrando a parejas, hijos o personas del círculo íntimo, en situaciones donde la dependencia, el aislamiento y las necesidades económicas se entrelazan con la violencia.
Cifras que rompen prejuicios sobre la violencia de género
Los datos del Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina de 2025 revelan una cruda realidad: de 200 víctimas directas de femicidio, 33 tenían 60 años o más, lo que representa el 16% del total. Este porcentaje contradice la percepción común de que la violencia de género es un fenómeno predominantemente juvenil o ligado a relaciones recientes.
En el caso de las mujeres mayores, la violencia adopta características distintivas. No solo se limita a parejas o exparejas, sino que también involucra a hijos con consumos problemáticos, trastornos psiquiátricos o necesidades económicas, así como a otros familiares convivientes. El femicidio, en este contexto, emerge como la expresión extrema de una trama doméstica donde el género, la edad, la dependencia emocional y el dinero confluyen de manera trágica.
El informe de Ahora Que Sí Nos Ven destaca que las mujeres adultas mayores sufren agresiones psicológicas, físicas, económicas, simbólicas y sexuales. Esta violencia se sustenta en prejuicios sobre la vejez y en la exclusión de quienes son consideradas “improductivas”. La pregunta que surge es inquietante: ¿qué sucede cuando el hogar, que debería ser un refugio, se convierte en un espacio donde la violencia se acumula sin testigos?
Señales desoídas y la brutalidad de los golpes
Los casos analizados en el informe son elocuentes: femicidios o matricidios que ocurren en situaciones de cuidado o negligencia, con agresores que hostigaban a sus víctimas durante décadas. A menudo, estas mujeres presentaban golpes y moretones en servicios de salud sin que se activaran las alarmas necesarias. Estos incidentes no deben ser vistos como anomalías, sino como señales de una violencia que, en las mujeres mayores, puede ser encubierta bajo explicaciones familiares, supuestos accidentes o problemas de salud.
Un dato particularmente brutal es que el 29,6% de los femicidios de mujeres mayores de 60 años se cometen a golpes. Esta cifra no solo evidencia el método de agresión, sino también la exposición corporal, la fragilidad física y la asimetría extrema de poder frente al agresor. El cuerpo envejecido, en estos casos, es doblemente vulnerado: por ser el cuerpo de una mujer y por ser el de una persona mayor.
Políticas de prevención y el “pacto de silencio”
Para abordar esta problemática, Ricardo Iacub enfatiza la necesidad de ampliar la mirada sobre las políticas de prevención. No bastan las campañas generales contra la violencia de género; se requieren dispositivos específicos para mujeres mayores. Esto implica la detección temprana en servicios de salud, PAMI, centros de jubilados, redes barriales, juzgados de familia y espacios comunitarios. Además, es crucial la formación de profesionales para que no confundan los signos de violencia con “problemas de convivencia”, “abandono familiar” o “deterioro propio de la edad”.
La muerte de una mujer mayor por violencia de género rara vez es un hecho aislado. Suele estar precedida por años de aislamiento, control económico, humillaciones, negligencia, amenazas, miedo, silencios familiares y falta de intervención institucional. Lo que culmina en femicidio, muchas veces fue el resultado de señales desoídas.
“Hablar de mujeres mayores asesinadas obliga a incomodar dos pactos de silencio: el machista y el viejista. El primero naturaliza la dominación masculina; el segundo minimiza la vida de los mayores, como si doliera menos, importara menos o mereciera menos urgencia”, afirma Iacub.
La pregunta que resuena es inquietante: ¿cuántas mujeres mayores están hoy en peligro dentro de sus propias casas sin que nadie las vea? “Ni una menos también debe significar ‘ni una mujer mayor menos’”, concluye el especialista, recordando que la vida no pierde valor con la edad y que una sociedad que no registra la violencia contra sus mayores revela cuánto desprecia el cuidado por aquellos en situaciones de fragilidad, desprotección o desequilibrio de poder.

