El «affaire Michelli» y el presidencialismo: ¿un regreso al patrimonialismo en Argentina?
El reciente rechazo del pliego de Marcela Michelli para un cargo en el Estado, que a primera vista podría parecer un episodio menor, es en realidad un síntoma de un fenómeno más profundo y preocupante en la política argentina. Así lo advierte el historiador Loris Zanatta, profesor de la Universidad de Bolonia, quien compara este suceso con prácticas históricas de ejercicio del poder en Argentina y en el mundo.
Según Zanatta, no hay indicios de que la decisión sobre Michelli se haya basado en razones de mérito. Por el contrario, todo apunta a una «venganza política», con la particularidad de ser una acción transversal: golpear a la funcionaria para enviar un mensaje a su cuñado, un periodista crítico. Este método, calificado por el historiador como un «manual de advertencia mafiosa», revela una concepción del poder que dista de los principios liberales y democráticos.
El poder presidencial sin contrapesos
La interpretación de Zanatta se centra en la idea de que, detrás de este tipo de acciones, subyace una concepción del presidente que «hace lo que se le da la gana», incluso oponiendo la letra al espíritu de la Constitución. El historiador recuerda la frase de Donald Trump, modelo para el actual presidente argentino: «I can do whatever I want as President» (como presidente, puedo hacer lo que quiera).
Esta visión, que en Estados Unidos se conoce como la doctrina del «unitary executive» (gobierno unitario), sostiene que el presidente, al ser elegido por el pueblo, puede disponer a su antojo de los contrapesos constitucionales que no emanan de la elección popular, como jueces, funcionarios y organismos autónomos. Zanatta lo describe como un enfoque «tosco y autoritario», que busca justificaciones intelectuales para exabruptos del poder.
Ecos históricos en Argentina y el mundo
El análisis de Zanatta traza paralelismos históricos para contextualizar esta forma de ejercer el poder. En Estados Unidos, remite al Spoils System del presidente Andrew Jackson en el siglo XIX o a la Gilded Age de William McKinley, ambos modelos de Trump. Para Argentina, el historiador no necesita ir tan lejos en el tiempo, mencionando el «vamos por todo» kirchnerista o la «comunidad organizada» peronista.
Sin embargo, el ejemplo más pertinente para Zanatta es la «democracia delegativa» de Carlos Menem, a quien Guillermo O’Donnell describió como un régimen donde los ciudadanos eligen al gobernante, pero carecen de instituciones robustas para controlarlo entre elecciones. Esta forma de gobierno, hoy conocida como «democracia iliberal», prolifera en países como Rusia, Turquía, India y El Salvador, y para la historia argentina ha sido más una norma que una excepción.
Patrimonialismo: el Estado como propiedad del Señor
El rasgo principal de estas democracias iliberales es, según Zanatta, el patrimonialismo. Este concepto, típico del ancien régime y con raíces profundas en el mundo hispánico, implica que el Estado pertenece al Señor, los bienes públicos son su propiedad personal y los administradores son sus servidores. En este orden, no impera la impersonalidad de la ley, sino la arbitrariedad del poder, manifestándose en el familismo, nepotismo, clientelismo y amiguismo.
El historiador subraya que, aunque se pensó que el patrimonialismo había sido superado por la política moderna, hoy se observan «pulsiones patrimonialistas por todas partes». Incluso, sugiere un vínculo entre el desarrollo de nuevas tecnologías y el retorno de formas primitivas de ejercicio del poder.
Zanatta concluye que si el presidente Javier Milei realmente busca modernizar Argentina, no lo logrará agrediendo los contrapesos al poder presidencial como la prensa, las universidades o la justicia. El caso Michelli, lejos de ser un avance, recorre un camino ya transitado en la historia nacional. La verdadera modernización, inspirada en lo que Trump está destruyendo en Estados Unidos, sería importar el concepto de forbearance o autocontrol: la renuncia del presidente a utilizar un poder legalmente conferido cuando su uso agresivo perjudicaría el sistema en su conjunto. Este autocontrol es, para Zanatta, el ingrediente secreto de toda democracia moderna y lo que los constituyentes de 1853 tenían en mente.

