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Pablo Ramírez, el “hombre de negro” de la moda, revela su historia en «Archivo Ramírez»

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Sentado en su atelier, rodeado de maniquíes que en su infancia le resultaban amenazantes, Pablo Ramírez, el reconocido “hombre de negro” de la moda argentina, parece haber encontrado la calma en el centro de su propio universo estético. Su nombre es hoy sinónimo de una estética monacal y una sofisticación atemporal, plasmada ahora en su flamante libro Archivo Ramírez.

La obra, publicada por Fundación Medifé Edita, es un registro exhaustivo de más de 25 años de trabajo y un viaje íntimo a la vida del diseñador, quien nació en septiembre de 1971 y acaba de recibir a LA NACION para abrir las puertas de su archivo personal y repasar su trayectoria.

“En mi casa no hubo nunca nadie que tuviera que ver con el diseño, aunque siempre me interesó y mi mamá siempre dice que yo le elegía la ropa, ‘esto sí, esto no’”, recuerda Pablo Ramírez.

De Navarro a la pasarela: el camino de un visionario

La infancia de Ramírez transcurrió en Navarro, a 125 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires, un ambiente alejado del mundo del diseño. “Me acuerdo que la acompañaba a las tiendas de Navarro, a El Barato Argentino, la tienda más cara del pueblo. Y eso que sus maniquíes me daban terror, me parecían amenazantes. Al final, terminé trabajando con maniquíes por todas partes”, relata con una sonrisa. Su padre era mecánico y su madre ama de casa, un contexto que lo llevó a buscar horizontes más amplios desde muy joven.

“En los 80, ni siquiera existía el concepto de diseño como ahora. Pero sí me di cuenta de que era distinto, que me gustaban otras cosas… Además, me lo señalaban, algo que en la adolescencia fue doloroso. Todo eso ya está superado, no hay traumas, pero de chico ya quería ser grande para irme de Navarro, donde todos me señalaban y se burlaban”, confiesa Ramírez. Buenos Aires se convirtió en su faro, un destino al que venía con frecuencia junto a su padre para comprar repuestos en Warnes.

Su paso por escuelas de monjas y su breve experiencia como pupilo con los hermanos Maristas en Luján, a donde se autoexilió a los 12 años, marcaron un estilo que hoy se reconoce como monacal. “Sí, obvio. Pero el pupilaje duró un año, porque el lugar cerró. Me dije ‘Vuelvo a Navarro y me meto en el San José, voy a ser el único varón de la clase, con 37 compañeras mujeres’”, recuerda. Fue en el secundario donde sus compañeras ya guardaban sus bocetos, convencidas de su futuro como diseñador famoso.

El punto de inflexión llegó en 1986, cuando una convocatoria de diseño de Alpargatas en LA NACION lo impulsó a presentarse, aunque fue rechazado por ser menor de edad. Años más tarde, la noticia de la creación de la carrera de diseño industrial textil en la UBA fue la señal definitiva. “Dije, ‘este es el lugar’. Yo estaba cursando el quinto años. Cuando terminó el colegio, me vine a Buenos Aires y viví en una pensión tres meses”, detalla. Aunque no se recibió en FADU, la vocación ya estaba forjada.

La muerte de su padre a los 53 años, en 1993, fue un golpe durísimo. “Tenía 22 años y empecé a buscar trabajo. No conseguía nada, fue un año muy complicado. Hasta que en el 94 se vuelve para hacer el concurso de Alpargatas y ahí me dije: ‘Yo consigo trabajo acá, sí o sí‘. Y fue así, tenía el objetivo muy claro», afirma. Su colección de jumpers escolares en jean, inspirada en su pasado católico y en la ropa de trabajo de su padre, le valió la Primera Mención y un contrato en Alpargatas, además de un inesperado premio especial que lo llevó a diseñar en París.

El nacimiento de una marca y colaboraciones icónicas

La experiencia en París fue “fantástica”, aunque breve. De regreso en Argentina, Alan Faena lo convocó para trabajar en Via Vai, donde compartió equipo con Josefina Helguera. Luego, dirigió Gloria Vanderbilt, una marca en expansión. “Yo siempre fui de estar detrás de todo: desde el zapato al peinado, la foto, el estilismo… Yo dibujo todo, siempre fue así”, explica Ramírez.

El sello distintivo de Pablo Ramírez, el color negro, surgió de forma orgánica. “En realidad yo no quería mi nombre en la marca. En las prendas de mi primera colección solo les ponía un alfiler de gancho, que se pudiera sacar o poner”, cuenta, comparando su enfoque inicial con el de Martin Margiela. Sin embargo, la gente comenzó a identificar sus diseños como “un Ramírez”, y una nota de LA NACION titulada “El regreso de un tal Ramírez” consolidó su nombre como marca.

Su talento trascendió las pasarelas para vestir a íconos de la música argentina. En 1999, antes de su primera colección, Fito Páez confió en él para el Abre Tour. “Fito tuvo una confianza y una generosidad conmigo… porque yo era un atrevido y le dije, ‘¿Y los músicos qué se van a poner? Van todos de blanco y vos todo de rojo’”, recuerda. Para Gustavo Cerati, diseñó el icónico look “Principito” para la grabación de su CD en vivo en el Teatro Avenida. “Sentí que la manera de protegerlo era con un tapado. Y justo había hecho la colección Patria, así que tomé la idea de un tapado sanmartiniano con un guiño pop”, explica. El abrigo de jean azul, forrado en satén rojo, camisa blanca y pantalón negro cobró vida en escena, una experiencia “muy impresionante” para el diseñador.

Una vida personal y profesional sin fronteras

Después de muchos años en San Telmo, Pablo Ramírez trasladó su atelier a Recoleta, buscando un espacio más accesible. Su visión de la moda se alinea con la de Azzedine Alaïa: “Yo hago clásicos, no tienen vencimiento”. A pesar de las oportunidades en el exterior, Ramírez siempre eligió Argentina. “La veces que estuve afuera, en París o en Nueva York, me di cuenta de que no es para mí. Yo extraño mucho. Siento que mi idiosincrasia, mi forma de ser, es argentina. Y hay algo en el destierro que no es para mí”, reflexiona.

En junio de 2024, tras ser homenajeado en la Legislatura porteña como Personalidad Destacada de la Cultura, Ramírez formalizó su relación de veinte años con Gonzalo Barbadillo en el Registro Civil. Su historia es tan singular como su carrera. Se conocieron en el CBC, pero Gonzalo estaba en una relación y provenía de una familia del Opus Dei. “En el año 95 o 96, Gonzalo me invita a su casamiento. ¡Sí, se casó!”, relata Ramírez, recordando su llamativa aparición en la iglesia con un atuendo de borcegos con taco, palazzo de hilo de seda, blazer de terciopelo y una boa de marabú, todo de negro.

A pesar del matrimonio de Gonzalo, la conexión perduró. En el 2000, Gonzalo le pidió ayuda en el backstage de un desfile de Ramírez. “Él siguió casado, pero como había estudiado diseño e indumentaria en FADU, le ofrecí trabajo como asistente para mi segunda colección. Ahí, hasta el día de hoy. Somos recontra complementarios, porque somos muy opuestos”, concluye sobre su pareja y colaborador, con quien comparte su vida y su trabajo.

El color negro, su distintivo, tiene un significado profundo para Ramírez: “Para mí, en el negro hay algo tranquilizador. Yo siento que tengo tanta cosa en la cabeza, tanta imagen, y cosas que no sé… en el negro hay algo zen, como muy japonés”.

La publicación de Archivo Ramírez, un “regalo absoluto” para el diseñador, compila más de 25 años de trabajo, incluyendo cuadernos del secundario, bocetos inéditos, notas y correspondencia, ofreciendo una mirada íntima a la historia y el proceso creativo de un ícono de la moda argentina.

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